María

MariaJunto a la cruz, el agobiado bulto de María ocasionaba dolorosa e inolvidable impresión. Con el pensamiento ansioso y torturado, ojos fijos en el madero de las perfidias humanas, la ternura materna volvía al pasado en amargos recuerdos. Allí estaba, en su hora extrema, el hijo bien amado.

María se dejaba transportar por la corriente sin fin de los recuerdos. Eran las maravillosas circunstancias en que el nacimiento de Jesús le fue anunciado, la amistad de Isabel, las profecías del viejo Simón, reconociendo que la asistencia de Dios se tornó incontestable en los menores detalles de su vida. En aquel supremo instante, parecía volver a ver el establo en su belleza campestre, sintiendo que la Naturaleza parecía querer dejarle oír nuevamente el cántico de gloria de aquella noche inolvidable. A través del velo espeso de las lágrimas, repasó, una por una, las escenas de la infancia del hijo querido, observando la alarma interior de las más dulces reminiscencias.

En las menores cosas, reconocía la intervención de la Providencia celestial; entretanto, en aquella hora, su pensamiento también vagaba por el vasto mar de las más aflictivas interrogaciones. ¿Qué había hecho Jesús para merecer penas tan amargas? ¿No lo vio crecer de sentimientos inmaculados, bajo el calor de su corazón?

Desde los más tiernos años, cuando lo conducía a la tradicional fuente de Nazaret, observaba el cariño fraterno que dispensaba a todas las criaturas. Frecuentemente, iba a buscarlo en las calles empedradas, donde su palabra cariñosa consolaba a los transeúntes desamparados y tristes. Viajeros miserables venían a su modesta casa a loar su hijito idolatrado, que sabía distribuir las bendiciones del Cielo. ¡Con qué deleite recibía a los huéspedes inesperados que sus minúsculas manos conducían a la carpintería de José!… Recordaba bien que, un día el divino niño guio a la casa a dos malhechores públicamente reconocidos como ladrones del valle de Mizhep. Y era de verse la amorosa solicitud con que su pequeño cuidaba de los desconocidos, como si fuesen sus hermanos. Muchas veces, comentó la excelencia de aquella virtud santificada, recelando por el futuro de su adorable hijito.

Después del agradable ambiente doméstico, era la misión celestial, dilatándose la misma, en cosecha de frutos maravillosos. Eran paralíticos que retomaban los movimientos de la vida, ciegos que se reintegraban en los sagrados dones de la vista, criaturas hambrientas de luz y de amor que se saciaban en su lección de infinita bondad. ¿Qué profundos designios habían llevado a su hijo adorado al suplicio de la cruz? Una voz amiga le hablaba a su espíritu, dialogando sobre las determinaciones impenetrables y justas de Dios, que necesitan ser aceptadas para la redención divina de las criaturas. Su corazón reventaba en tempestades de lágrimas irreprimibles; con todo, en el santuario de la conciencia, repetía su afirmación de sincera humildad:

— » ¡Que se haga en la esclava la voluntad del Señor!».

De alma angustiada, notó que Jesús había llegado al último límite de sus inenarrables padecimientos. Algunos de las gentes más exaltadas multiplicaban los golpes, mientras las lanzas rayaban el aire, en audaces y siniestras amenazas. Mordaces ironías eran proferidas de repente, dilacerando su alma sensible y afectuosa.

En medio de algunas mujeres piadosas, que la acompañaban en el angustioso trance, María sintió que alguien le posaba levemente las manos sobre los hombros. Se encontró con la figura de Juan que, venciendo la pusilanimidad criminal en que se habían hundido los demás compañeros, le extendía los brazos amorosos y reconocidos. Silenciosamente, el hijo de Zebedeo se abrazó a aquel triturado corazón maternal. María se dejó acoger por el discípulo querido y ambos, al pie del leño, en gesto de súplica, buscaron ansiosamente la luz de aquellos ojos misericordiosos, en el cúmulo de los tormentos. Fue entonces que la frente del divino martirizado se movió lentamente, revelando percibir la ansiedad de aquellas dos almas en extremo desaliento.

— » ¡Hijo mío! ¡Hijo mío!…» — exclamó la mártir, en aflicción delante de la serenidad de aquella mirada de intraducible melancolía.

El Cristo pareció meditar en el auge de sus dolores, pero, como si quisiera demostrar, en el último instante, la grandeza de su coraje y su perfecta comunión con Dios, replicó con significativo movimiento de los ojos vigilantes:

—» ¡Madre, he ahí tu hijo!…» — Y dirigiéndose, de forma especial, con un leve saludo, al apóstol, dijo: —» ¡Hijo, he ahí a tu madre!»

María se envolvió en el velo de su doloroso llanto, pero el gran evangelista comprendió que el Maestro, en su lección final, enseñaba que el amor universal era el sublime coronamiento de su obra. Entendió que, en el futuro, la claridad del Reino de Dios revelaría a los hombres la necesidad del fin de todo egoísmo y que, en el santuario de cada corazón, debería existir la más abundante cuota de amor, no sólo para el círculo familiar, sino también para todos los necesitados del mundo, y que en el templo de cada habitación permanecería la fraternidad real, para que la asistencia recíproca se practicase en la Tierra, sin ser necesarios los edificios exteriores, consagrados a una solidaridad claudicante. Por mucho tiempo, se conservaron aún allí, en oraciones silenciosas, hasta que el Maestro, exánime, fue arrancado de la cruz, antes que la tempestad hundiese el castigado paisaje de Jerusalén en un diluvio de sombras.

Después de la separación de los discípulos, que se dispersaron por lugares diferentes, para la difusión de la Buena Nueva, María se retiró para Batanea, donde algunos parientes más próximos la esperaban con especial cariño. Los años comenzaron a pasar, silenciosos y tristes, para la angustiada nostalgia de su corazón. Tocada por grandes sinsabores, observó que, en tiempo rápido, los recuerdos del hijo amado se convertían en elementos de ásperas discusiones, entre sus seguidores. En Batanea, se pretendía mantener una cierta aristocracia espiritual, por causa de los lazos de consanguinidad que allí la prendían, en virtud de su unión con José. En Jerusalén, se combatían los cristianos y los judíos, con vehemencia y acidez. En Galilea, los antiguos cenáculos simples y amorosos de la Naturaleza se encontraban tristes y desiertos.

Para aquella madre amorosa, cuya alma digna observaba que el generoso vino de Caná se transformaba en el vinagre del martirio, el tiempo era siempre una nostalgia mayor en el mundo y una esperanza cada vez más elevada en el cielo. Su vida era una devoción incesante al inmenso rosario de la añoranza, de los más queridos recuerdos. Todo lo que el pasado feliz había construido en su mundo interior revivía en la imagen de su memoria, con minucias solamente conocidas del amor y le alimentaban la savia de la vida. Recordaba a su Jesús pequeñito, como en aquella noche de belleza prodigiosa, en que lo recibió en los brazos maternales, iluminado por el más dulce misterio. Aún se le figuraba escuchar el balido de las ovejas que venían, presurosas, a acercarse a la cuna que se formó de improviso. ¿Y aquél primer beso, hecho de cariño y de luz? Las reminiscencias envolvían la realidad lejana de bellezas singulares para su corazón sensible y generoso. En seguida, era el río de los recuerdos desembocando, sin cesar, en su alma rica de sentimientos y ternura. A su imaginación volvía Nazaret, con sus paisajes de felicidad y de luz. La casa simple, la fuente amiga, la sinceridad de los afectos, el lago majestuoso y, en el medio de todos los detalles, el hijo adorado, trabajando y amando, en la formación de la más elevada concepción de Dios, entre los hombres de la Tierra. De vez en cuando, le parecía verlo en sus sueños repletos de esperanzas; Jesús le prometía el júbilo encantador de su presencia y participaba de la felicidad de sus recuerdos.

En ese tiempo, el hijo de Zebedeo, teniendo en cuenta las observaciones que el Maestro le había hecho desde la cruz, surgió en Batanea, ofreciendo a aquél espíritu nostálgico de madre, el refugio amoroso de su protección. María aceptó el ofrecimiento con inmensa satisfacción. Y Juan le contó su nueva vida. Se había instalado definitivamente en Éfeso, en donde las ideas cristianas ganaban terreno entre almas devotas y sinceras. Nunca había olvidado las recomendaciones del Señor y en lo íntimo, guardaba aquel título filial como una de las más altas expresiones de amor universal para con aquella que recibió al Maestro en los brazos venerables y cariñosos.

María escuchaba sus confidencias, con una mezcla de reconocimiento y ventura. Juan continuaba exponiéndole sus planes más insignificantes. La llevaría consigo; ambos comulgarían en la misma asociación de intereses espirituales. Sería su hijo desvelado, mientras recibiría de su generosa alma la ternura maternal, en los trabajos del Evangelio. El hijo de Zebedeo explicó, que se demoró en venir, porque le faltaba una cabaña, en donde pudiesen abrigarse; entretanto, uno de los miembros de la familia real de Adiabene, convertido al amor de Cristo, le donó una casita pobre, al Sur de Éfeso, distando alrededor de tres leguas de la ciudad. La habitación, simple y pobre estaba en un promontorio, de donde se divisaba el mar. En lo alto de la pequeña colina, lejos de los hombres y en el imponente altar de la Naturaleza, se reunirían ambos para cultivar el recuerdo permanente de Jesús. Establecerían un hospedaje y refugio para los desamparados, enseñarían las verdades del Evangelio a todos los espíritus de buena voluntad y, como madre e hijo, iniciarían una nueva era de amor, en la comunidad universal.

María aceptó alegremente. Dentro de poco tiempo, se instalaron en el seno amigo de la Naturaleza, en frente del océano. Éfeso quedaba poco distante; sin embargo, todas las adyacencias se poblaban de nuevos núcleos de habitaciones alegres y modestas. Al cabo de algunas semanas, la casa de Juan se transformó en un punto de asambleas adorables, en donde los recuerdos del Mesías eran cultivados por espíritus humildes y sinceros. María exteriorizaba sus memorias. Hablaba sobre Él con enternecimiento maternal, mientras, el apóstol comentaba las verdades evangélicas, apreciando las enseñanzas recibidas. Innumerables veces, la reunión sólo terminaba a altas horas de la noche, cuando las estrellas tenían mayor brillo. Y no fue solamente esto. Pasados algunos meses, grandes hileras de necesitados llegaban al lugar simple y generoso. La noticia de que María descansaba, ahora, entre ellos, había expandido una claridad de esperanzas para todos los sufridores. Al paso que Juan predicaba en la ciudad las verdades de Dios, ella atendía, en el pobre santuario doméstico, a los que la buscaban exhibiéndole sus ulceraciones y necesidades. Su cabaña era, entonces, conocida por el nombre de «Casa de la Santísima».

El hecho tuvo origen en cierta ocasión, cuando un miserable leproso, después de aliviado de sus llagas, le besó las manos, murmurando reconocidamente:

— » ¡Señora, sois la madre de nuestro Maestro y nuestra Madre Santísima!»

La tradición creó raíces en todos los espíritus. ¿Quién no le debía el favor de una palabra maternal en los momentos más duros? Y Juan consolidaba el concepto, acentuando que el mundo le sería eternamente grato, pues había sido por su grandeza espiritual que el Emisario de Dios pudo penetrar la atmósfera oscura y pestilente del mundo para balsamizar los sufrimientos de la criatura. En su sincera humildad, María se esquivaba de los afectuosos homenajes de los discípulos de Jesús, pero aquella confianza filial con que le reclamaban su presencia era para su alma un blando y delicioso tesoro del corazón. El título de maternidad hacía vibrar en su espíritu los más dulces cánticos. Diariamente, llegaban los desamparados, suplicando su asistencia espiritual. Eran viejos enclenques y desengañados del mundo, que venían a oír sus palabras confortadoras y afectuosas, enfermos que invocaban su protección, madres infortunadas que pedían la bendición de su cariño.

— «Madre mía — decía uno de los más afligidos -¿cómo podré vencer mis dificultades? Me siento abandonado en el oscuro camino de la vida…»

María le enviaba la amorosa mirada de su bondad, dejando en ella aparecer toda la tierna dedicación de su espíritu maternal.

— «¡Eso también pasa! — decía ella, cariñosamente – sólo el Reino de Dios es lo bastante fuerte para nunca pasar de nuestras almas, como eterna realización del amor celestial.»

Sus palabras ablandaban el dolor de los más desesperados, tranquilizaban el oscuro pensamiento de los más desanimados.

La iglesia de Éfeso exigía de Juan la más alta expresión de sacrificio personal, por lo que, con el pasar del tiempo, casi siempre María estaba sola, cuando la humilde legión de los necesitados bajaba el promontorio desadornado, rumbo a los hogares más confortados y felices. Los días y las semanas, los meses y los años pasaron incesantes, trayéndole los recuerdos más tiernos. Cuando sereno y azulado, el mar hacía que volviese a su memoria el distante Tiberíades. Sorprendía en el aire aquellos vagos perfumes que llenaban el alma de la tarde, cuando su hijo, de quien ni un instante se olvidaba, reuniendo a los discípulos amados, transmitía al corazón del pueblo las lozanías de la Buena Nueva. La edad avanzada no le trajo ni cansancios ni amarguras. La seguridad de la protección divina le proporcionaba consuelo ininterrumpido. Como quien atraviesa el día en labores honestas y provechosas, su corazón experimentaba grato reposo, iluminado por la luz de la esperanza y por las estrellas fulgurantes de la creencia inmortal. Sus meditaciones eran suaves coloquios con las remembranzas del hijo muy amado.

Súbitamente recibió noticias de que un período de dolorosas persecuciones se había abierto para todos los que fuesen fieles a la doctrina de su Jesús divino. Algunos cristianos expulsados de Roma traían a Éfeso las tristes informaciones. En obediencia a los más injustos edictos, se esclavizaban a los seguidores de Cristo, se destruían sus hogares y eran sujetos a hierros en las prisiones. Se hablaba de fiestas públicas, en que sus cuerpos eran ofrecidos como alimento a fieras insaciables, en horrorosos espectáculos. Entonces, en un crepúsculo lleno de estrellas, María se entregó a sus oraciones, como de costumbre, pidiendo a Dios por todos aquellos que se encontrasen en angustias del corazón, por amor a su hijo.

A pesar de la soledad del ambiente, no se sentía sola: una especie de fuerza singular le bañaba toda el alma. Brisas suaves soplaban del océano, extendiendo los aromas de la noche que se poblaba de astros amigos y afectuosos, participando en pocos minutos, igualmente la luna, en ese concierto de armonía y de luz. Concentrada en sus meditaciones, María vio que se aproximaba el bulto de un mendigo.

— Madre mía — exclamó el recién llegado, como tantos otros que recurrían a su cariño —, vengo a hacerte compañía y recibir tu bendición.

Maternalmente, ella lo invitó a entrar, impresionada con aquella voz que le inspiraba profunda simpatía. El peregrino le habló del cielo, confortándola delicadamente. Comentó las bienaventuranzas divinas que aguardan a todos los devotos y sinceros hijos de Dios, dando a entender que comprendía sus más tiernas nostalgias del corazón. María se sintió asaltada por especial sorpresa. ¿Qué mendigo sería aquél que calmaba los dolores secretos de su alma nostálgica, con bálsamos tan dulces? Hasta entonces nadie había surgido en su camino para dar; era siempre para pedir alguna cosa. No obstante, aquel viajero desconocido derramaba en su interior los más santos consuelos. ¿Dónde había ella escuchado en otros tiempos aquella voz delicada y cariñosa? ¿Qué emociones eran aquellas que hacían pulsar su corazón con tanta caricia? Sus ojos se humedecieron de ventura, sin que consiguiese explicar la razón de su tierna emotividad. Fue cuando el huésped anónimo le extendió las manos generosas y le dijo con profundo acento de amor:

— » ¡Madre mía, ven a mis brazos!»

En ese instante, observó las manos nobles que se le ofrecían, en un gesto de la más bella ternura. Tomada de profunda conmoción, vio en ellas dos llagas, como las que su hijo revelaba en la cruz y, por instinto, dirigió la mirada ansiosa para los pies del peregrino amigo, divisando también allí las úlceras causadas por los clavos del suplicio. No pudo más. Comprendiendo la visita amorosa que Dios le enviaba al corazón, exclamó con infinita alegría:

— » ¡Hijo mío! ¡Hijo mío! ¡Las úlceras que te hicieron!…»

Y precipitándose hacia él, como madre cariñosa y desvelada, quiso cerciorarse, tocando la herida que le fue producida por el último lancetazo, cerca del corazón. Sus manos tiernas y solícitas lo abrazaron en la sombra visitada por los rayos de la luna, buscando impacientemente la úlcera que tantas lágrimas provocó a su cariño maternal. La llaga lateral también allá estaba, bajo la caricia de sus manos. No consiguió dominar su intenso júbilo. En un ímpetu de amor, trató de hacer el movimiento de arrodillarse. Quería abrazarse a los pies de su Jesús y besarlos con ternura. Él, sin embargo, cercado de un halo de luz, la levantó y se arrodilló a sus pies, y besándole las manos, dijo en cariñoso transporte:

— » ¡Sí, madre mía, soy yo!… Vengo a buscarte, pues mi Padre quiere que seas en mi reino la Reina de los Ángeles…»

María osciló, tomada de inexpresable ventura. Quería hablar de su felicidad, manifestar su agradecimiento a Dios; pero el cuerpo como que se le paralizó, mientras a sus oídos llegaban los suaves ecos de los saludos del Ángel, como si se entonasen mil voces cariñosas, entre las armonías del cielo.

Al otro día, dos mensajeros humildes bajaban a Éfeso, de donde regresaron con Juan, para asistir a los últimos instantes de aquella que era para ellos la devota Madre Santísima. María ya no hablaba. En una inolvidable expresión de serenidad, por largas horas aún esperó la ruptura de los últimos lazos que la prendían a la vida material.

La alborada extendía su hermoso abanico de luz cuando aquella alma electa se elevó de la Tierra, en donde tantas veces llegó a llorar de júbilo, de nostalgia y esperanza. No veía más a su hijo bien amado, que con seguridad la esperaría, con las bienvenidas, en su reino de amor; pero, extensas multitudes de seres angelicales la cercaban cantando himnos de glorificación.

Sintiendo la sensación de estarse alejando del mundo, deseó volver a ver Galilea con sus sitios preferidos. Bastó la manifestación de su voluntad para que la llevasen a la región del lago Genesaret, de maravillosa belleza. Volvió a ver todos los cuadros del apostolado de su hijo y, sólo ahora, observando el paisaje desde lo alto, notaba que el Tiberíades, en sus suaves contornos, presentaba la forma casi perfecta de una cítara. Entonces recordó, que en aquél instrumento de la Naturaleza Jesús cantó el más bello poema de vida y amor, en homenaje a Dios y a la humanidad. Aquellas aguas mansas, hijas del Jordán caudaloso y tranquilo, habían sido las cuerdas sonoras del cántico evangélico.

Dulces alegrías invadían su corazón y ya la caravana espiritual se disponía a partir, cuando María recordó a los discípulos perseguidos por la crueldad del mundo y deseó abrazar a los que permanecerían en el valle de las sombras, en espera de las claridades definitivas del Reino de Dios. Emitiendo ese pensamiento, imprimió nuevo impulso a las multitudes espirituales que la seguían de cerca. En pocos instantes, su mirada divisaba una ciudad soberbia y maravillosa, extendida sobre colinas adornadas de carros y monumentos que provocaron su asombro. Los más ricos mármoles resplandecían en las magníficas vías públicas, en donde las literas patricias pasaban sin cesar, exhibiendo joyas y pieles, sustentadas por esclavos miserables. Después de algunos momentos su mirada descubría otra multitud trancada a hierros en oscuros calabozos. Penetró las sombrías cárceles del Esquilino, donde centenares de rostros amargados retrataban atroces padecimientos. Los condenados experimentaron en el corazón un consuelo desconocido.

María se aproximó a uno por uno, participó de sus angustias y oró con sus plegarias, llenas de sufrimiento y confianza. Se sintió madre de aquella asamblea de torturados por la injusticia del mundo. Extendió la claridad misericordiosa de su espíritu entre aquellas fisonomías, pálidas y tristes. Eran ancianos que confiaban en Cristo, mujeres que por él habían despreciado el bienestar del hogar, jóvenes que depositaban en el Evangelio del Reinó todas sus esperanzas. María les alivió el corazón y, antes de partir, deseó sinceramente dejarles en los espíritus abatidos un recuerdo perenne. ¿Qué poseía para darles? ¿Debería suplicar a Dios para ellos la libertad? ¡Pero, Jesús había enseñado que con él, todo yugo es suave y todo fardo ligero, pareciéndole mejor la esclavitud con Dios que la falsa libertad en los desvaríos del mundo!

Recordó que su hijo dejó la fuerza de la oración como un poder sin contraste entre los discípulos amados. Entonces, rogó al Cielo que le brindase la posibilidad de dejar entre los cristianos oprimidos la fuerza de la alegría. Fue cuando, aproximándose a una joven encarcelada, de rostro descarnado y flaco, le dijo al oído:

— » ¡Canta, hija mía! ¡Tengamos buen ánimo!… ¡Convirtamos nuestros dolores de la Tierra en alegría para el Cielo!…»

La triste prisionera nunca sabría comprender el porqué de la emotividad que le hizo vibrar súbitamente el corazón. De ojos extáticos, contemplando el luminoso firmamento, a través de los fuertes barrotes, ignorando la razón de su alegría, cantó un himno de profundo y tierno amor a Jesús, en que traducía su gratitud por los dolores que le eran enviados, transformando todas sus amarguras en consoladoras rimas de júbilo y esperanza. De allí a instantes, su canto melodioso era acompañado por las centenas de voces de los que lloraban en la cárcel, aguardando el glorioso testimonio.

Luego, la caravana majestuosa condujo al Reino del Maestro la bendita entre las mujeres y, desde ese día, en los más duros tormentos, los discípulos de Jesús han cantado en la Tierra, expresando su buen ánimo y su alegría, guardan do la suave herencia de nuestra Madre Santísima.

***

¡Por esta razón, mis hermanos, cuando escuchéis el cántico en los templos de las diversas familias religiosas del Cristianismo, no os olvidéis de hacer en el corazón un suave silencio, para que la Rosa Mística de Nazaret extienda allí su perfume!

Espíritu Humberto de Campos
Médium Francisco Cándido Xavier
Extraído del libro “Buena Nueva”
Traducido por Dr Luis M Coirnejo A.

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