Los quinientos de Galilea

bfbdda_leprosoDespués del Calvario, una vez verificadas las primeras manifestaciones de Jesús en el simple cenáculo de Jerusalén, se posesionó de todos los amigos sinceros del Mesías una inmensa nostalgia de su palabra y de su convivencia. La mayoría de ellos se apegaba a los discípulos, como queriendo con ello retener las últimas expresiones de su mensaje cariñoso e inmortal.

El ambiente era un vasto depósito de adorables recuerdos. Los que eran agraciados con las visiones del Maestro se sentían desbordantes de las alegrías más puras. Los compañeros íntimos e inseparables se entretenían en largos comentarios sobre sus reminiscencias imborrables.

Fue cuando Simón Pedro y algunos otros alentaron la necesidad de retornar a Cafarnaúm, para las labores indispensables a la vida. En pocos días, las viejas redes de nuevo se hundían en el Tiberíades, entre los cantos rústicos de los pescadores. Cada ola más ancha y cada detalle del servicio sugerían recuerdos siempre vivos en el tiempo. Las comidas al aire libre recordaban el contentamiento de Jesús al partir el pan; el trabajo, cuando más intenso, como que avivaba su recomendación de buen ánimo; la noche silenciosa reclamaba su bendición amiga.

Embebidos en la poesía de la Naturaleza, los apóstoles organizaban los más elevados proyectos, en relación al futuro del Evangelio. La modesta residencia de Cefas, obedeciendo a las tradiciones de las primitivas enseñanzas, continuaba siendo el parlamento amistoso, donde cada uno exponía sus principios y sus confidencias más escondidas. Pero, al pie del monte donde Cristo se hizo escuchar algunas veces, exaltando las bellezas del Reino de Dios y de su justicia, se reunían invariablemente todos los antiguos seguidores más fieles, que se habían habituado al dulce alimento de su palabra inolvidable. Los discípulos no eran extraños a esos recuerdos cariñosos acompañando, al caer la tarde, a la pequeña corriente popular por la vía de la memoria afectuosa.

Vagamente se decía que el Maestro volvería al monte para despedirse. Algunos de los apóstoles aludían a las visiones en que el Señor prometía hacer su palabra nuevamente oída en uno de los lugares predilectos de sus predicaciones de otros tiempos. En una tarde de azul profundo, la reducida comunidad de amigos del Mesías, al lado de una pequeña multitud, se reunió en oraciones, en el lugar solitario. Juan había comentado las promesas del Evangelio, mientras en la ladera se amontonaba la asamblea de los fieles seguidores del Maestro. Allí se veían algunas centenas de rostros deslumbrados y ansiosos. Eran romanos mezclados con judíos desconocidos, mujeres humildes conduciendo a los hijos pobres y descalzos, ancianos respetables, cuyos cabellos mostraban la nieve de los repetidos inviernos de la vida.

En ese día, como que la antigua atmósfera se sentía más fuertemente. Por instinto, todos tenían la impresión de que el Maestro volvería a enseñar las bienaventuranzas celestiales. Los vientos parecían cargar suave perfume, trayendo las armonías del lago próximo. Desde el cielo muy azul, como en fiesta pare recibir la claridad de las primeras estrellas, parecía bajar una inmensa tranquilidad que envolvía todas las cosas. Fue en ese instante de inenarrable grandiosidad, que la figura de Cristo se asomó en la cumbre iluminada por los últimos rayos del sol.

Era Él. Su sonrisa aparecía tan tierna como en los gloriosos tiempos de sus primeras prédicas, pero de toda su figura se irradiaba una luz tan intensa que los más fuertes doblaron las rodillas. Algunos lloraban suspirando de júbilo, presos a las emociones más bellas de sus vidas. Las manos del Maestro tomaron la actitud de quien bendecía, mientras un divino silencio parecía penetrar el alma de las cosas. La palabra articulada no tomó parte en aquel banquete de luz inmaterial; sin embargo, todos notaron la amorosa despedida, escuchando, en lo más íntimo del alma, la exhortación magnánima y profunda:

— » ¡Amados — a cada uno se le figuró escuchar en la cámara secreta del corazón —, tomo de nuevo la vida en mi Padre para regresar a la luz de mi Reino!… Envié mis discípulos como ovejas en medio de lobos y os recomiendo que les sigáis los pasos en el accidentado camino. Después de ellos, es a vosotros que confío la sublime tarea de la redención por las verdades del Evangelio. Ellos serán los sembradores, vosotros seréis el fermento divino. Os instituyo como los primeros trabajadores, los herederos iniciales de los bienes divinos. Para que entréis en posesión del tesoro celestial, muchas veces experimentaréis el martirio de la cruz y la hiel de la ingratitud… En conflicto permanente con el mundo, estaréis en la Tierra, fuera de sus leyes implacables y egoístas, hasta que las bases de mí Reino de concordia y justicia se establezcan en el espíritu de las criaturas. Negaos a vosotros mismos, como negué mi propia voluntad en la ejecución de los designios de Dios, y tomad vuestra cruz para seguirme. «Siglos de luchas os esperan en el camino universal. Es necesario inmunizar el corazón contra todos los engaños de la vida transitoria, para la soberana grandeza de la vida inmortal. Vuestras sendas estarán repletas de fantasmas de aniquilamiento y de visiones de muerte. El mundo entero se levantará contra vosotros, en espontánea obediencia a las tenebrosas fuerzas del mal, que aún le dominan las fronteras. Seréis insultados y aparentemente desamparados; el dolor asolará vuestras esperanzas más queridas; andaréis olvidados en la Tierra, en supremo abandono del corazón. No participaréis del venenoso banquete de las posesiones materiales, sufriréis la persecución y el terror, tendréis el corazón cubierto de cicatrices y ultrajes. La llaga es vuestra señal, la corona de espinas vuestro símbolo, la cruz el dichoso recurso de la redención. Vuestra voz será la del desierto, provocando muchas veces, el desprecio y la negación de parte de los que dominan en la carne perecedera. «Pero, en la evolución de las batallas incruentas del corazón, cuando todos los horizontes estén opacados por las sombras de la crueldad, os daré de mi paz, que representa el agua viva. En la existencia o en la muerte del cuerpo, estaréis unidos a mi Reino. ¡El mundo os cubrirá de golpes terribles y destructores pero, de cada una de vuestras heridas, retiraré el trigo luminoso para los graneros infinitos de la gracia, destinados a la sustentación de las más ínfimas criaturas!… Hasta que mi Reino se establezca en la Tierra, no conoceréis el amor en el mundo; yo, no obstante, llenaré vuestra soledad con mí asistencia incesante. Gozaré en vosotros, como gozaréis en mí, el júbilo celeste de la ejecución fiel de los designios de Dios. Cuando caigáis, bajo las arremetidas de los hombres aún pobres e infelices, yo os levantaré en el silencio del camino, con mis manos dedicadas a vuestro bien. ¡Seréis la unión donde exista la separatividad, sacrificio donde haya el falso goce, claridad donde predominen las tinieblas, puerto amigo, edificando en la roca de la fe viva, donde amenacen las sombras de la desorientación! ¡Seréis mi refugio en las más extrañas iglesias de la Tierra, mi esperanza entre las locuras humanas, mi verdad donde se perturbe la incompleta ciencia del mundo!… «Amados, ved que también os envío como ovejas a caminos oscuros y ásperos. ¡Entretanto, no temáis nada! ¡Sed fieles a mi corazón, como yo os soy fiel, y el buen ánimo representará vuestra estrella! ¡Id al mundo, donde tendremos que vencer al mal! ¡Perfeccionemos nuestra escuela milenaria, para que allí sea interpretada y puesta en práctica la ley de amor de Nuestro Padre, en obediencia feliz a su augusta voluntad!» Sagrada emoción se enseñoreó de las almas en éxtasis de ventura. Fue entonces que observaron al Maestro, rodeado de luz, como elevándose al cielo, en demanda de su gloriosa esfera del Infinito.

Los primeros astros de la noche brillaban en lo alto, como radiantes flores del Paraíso. En el monte galileo, cinco centenas de corazones palpitaban, arrebatados por intraducible júbilo. Viejos temblorosos y arrugados bajaron la pendiente, unidos unos a los otros, como solidarios, para siempre, en el mismo trabajo de grandeza inmortal. Ancianas de pasos vacilantes, coronadas por la nieve de las experiencias de la vida, se abrazaban a hijas y nietas, jóvenes y dichosas, tomadas de indefinible embriaguez del alma. Romanos y judíos, ricos y pobres confraternizaban, contentos, adivinando la necesidad de cooperación en la santa tarea. Los antiguos discípulos, cercando la figura de Simón Pedro, lloraban de felicidad y esperanza.

En aquella noche de imborrables recuerdos, fue confiado a los quinientos de Galilea el glorioso servicio de la evangelización de las colectividades terrestres, bajo la inspiración de Jesucristo. Mal sabían ellos, en su mísera condición humana, que la palabra del Maestro alcanzaría los siglos del porvenir. Y fue así que, representando el fermento renovador del mundo, ellos reencarnaron en todos los tiempos, en los más diversos climas religiosos y políticos del planeta, enseñando la verdad y abriendo nuevos caminos de luz, a través de los eternos bastidores del Tiempo. Fueron ellos los primeros que transmitieron la sagrada vibración del coraje y la confianza a los que cayeron en los campos del martirio, sembrando la fe en el pervertido corazón de las criaturas.

En los circos de la vanidad humana, en las hogueras y en los suplicios, enseñaron la lección de Jesús, con resignado heroísmo. En las artes y en las ciencias, plantaron nuevas concepciones de desprendimiento del mundo y de bellezas del cielo, continuando, en el seno de las más variadas religiones de la Tierra, la revelación de los deseos de Cristo, que son los de unión y amor, fraternidad y concordia. En su condición de discípulos sinceros y bien amados, bajaron a los abismos más tenebrosos, redimiendo el mal con sus sacrificios purificadores, convirtiendo, con las luces del Evangelio, a la cadena de la redención, los espíritus más empedernidos. Abandonados y desprotegidos en la Tierra, pasan en ella, edificando en el silencio las magnificencias del Reino de Dios, en los países de los corazones y, multiplicando las notas de su cántico de gloria entre los que se constituyen instrumento sinceros del bien con Jesucristo, forman la sublime caravana que nunca se disolverá.

Espíritu Humberto de Campos
Médium Francisco Cándido Xavier
Extraído del libro “Buena Nueva”
Traducido por Dr Luis M Cornejo A.

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