El buen ladrón

Humberto-de-CamposAlgunos días antes de la prisión del Maestro, los discípulos, en sus discusiones naturales, comentaban el problema de la fe, con el deseo desordenado de cuantos se aproximan a los asuntos graves de la vida, intentando, apresuradamente, llegar a una solución.

— ¿Cómo será esa virtud? ¿De qué forma la conservaremos intacta en el corazón? — preguntaba Leví, con atormentados pensamientos. Tengo la convicción de que solamente el hombre culto puede conocer toda la extensión de sus beneficios.

— No tanto así — decía Santiago, su hermano —, creo que basta nuestra voluntad, para que la confianza en Dios esté viva en nosotros.

— Pero, ¿será la fe una virtud para los que apenas desean? — preguntaba uno de los hijos de Zebedeo.

En una esquina, como distante de aquellos duelos de palabras, Jesús parecía meditar. En cierto instante, solicitado al esclarecimiento, respondió con suavidad:

— La fe pertenece, sobretodo, a los que trabajan y confían. Tenerla en el corazón es estar siempre listo para Dios. No importan la salud o la enfermedad del cuerpo, no tienen significado los infortunios o los acontecimientos felices de la vida material. El alma fiel trabaja confiando en los designios del Padre, que puede dar los bienes, retirarlos y devolverlos en tiempo oportuno, caminando siempre con serenidad y amor, por todos los senderos a través de los cuales la generosa mano del Señor quiera conducirlos.

— Pero, Maestro — respondió Levi, en respetuosa actitud —, ¿cómo discernir la voluntad de Dios, en lo que nos sucede? He observado gran número de criaturas criminales atribuir a la Providencia sus hechos delictuosos y una legión de personas inertes que clasifican a la pereza como fatalidad divina.

— La voluntad de Dios, más allá de la que conocemos a través de su ley y de sus profetas, a través del consejo sabio y de las inclinaciones naturales para el bien, es también la que se manifiesta, a cada instante de la vida, mezclando la alegría con las amarguras, concediendo la dulzura o retirándola, para que la criatura pueda recoger la experiencia luminosa en el camino más espinoso. Tener fe, por lo tanto, es ser fiel a esa voluntad, en todas las circunstancias, ejecutando el bien que ella nos determina y siguiéndole su ruta sagrada, en las menores sinuosidades del camino que nos toca recorrer.

— Entretanto — observó Tomás —, creo que esa virtud excepcional debe ser atributo del espíritu más cultivado, porque el hombre ignorante no podrá pensar en la adquisición de semejante patrimonio.

El Maestro observó al apóstol con amor y esclareció:

— Todo hombre de fe será, ahora o más tarde, el hermano dilecto de la sabiduría y del sentimiento; pero, esa virtud será siempre la del hijo leal al Padre que está en los cielos.

El discípulo sonrió y objetó:

— Todavía, ¿quién tendrá en el mundo tan perfecta lealtad como esa?

— Nadie puede juzgar en absoluto — dijo Cristo con bondad —, a no ser el criterio definitivo de Dios; pero, si esa conquista del alma no es común a las criaturas de conocimiento parcial o de posición vulgar, es bien posible que la encontremos en el pecho exhausto de los más infelices o rechazados del mundo.

El apóstol sonrió desilusionado, en su escepticismo de hombre práctico. Dentro de poco, la pequeña comunidad se dispersaba por la aproximación del oscuro manto de la noche. En la sombría hora de la cruz, disfrazado con vestiduras diferentes, Tomás acompañó, paso a paso, el coraje del Mesías.

Extrañas reflexiones surgieron en su espíritu. Su razón de hombre del mundo no le proporcionaba elementos para la comprensión de toda la verdad. ¿Dónde estaba aquél Dios amoroso y bueno, sobre quien reposaban sus esperanzas? ¿Poseía su amor tan sólo una cruz para ofrecerla a su hijo predilecto? ¿Por qué motivo no se rasgaban los horizontes, para que las legiones de ángeles salvasen del crimen de la multitud inconsciente y furiosa al Maestro amado? ¿Qué providencia era aquella que no se manifestaba en el momento oportuno? Durante tres años consecutivos habían creído que Dios guardaba todo el poder sobre el mundo; no conseguía, pues, explicar cómo toleraba aquél espectáculo sangriento en el que su enviado, cariñoso y amoroso, era conducido hacia la infamante cruz, bajo insultos y pedradas. ¿El premio de Cristo era entonces aquél monte de la desolación, reservado a los criminales?

Ansioso, el discípulo contempló aquellas manos que habían sembrado el bien y el amor, ahora pegadas a la cruz como dos flores ensangrentadas. La frente aureolada de espinas era una nota irónica en su figura sublime y respetable. Su pecho temblaba, jadeante, sus hombros debían estar magullados y dolorosos. ¿Valió la pena haber distribuido, entre los hombres, tantas gracias del cielo? El malhechor que asaltaba el prójimo era, ahora, a su manera de ver, el dueño de compensaciones más duraderas.

Tomás se sentía como ahogado. Deseó encontrar a alguno de los compañeros para intercambiar impresiones, entretanto, no vio ni uno sólo de ellos. Trató de observar si los beneficiados por el Mesías asistían a su humillante martirio, en la hora final, recordando los que aún en la víspera se mostraban tan reconocidos y felices con su santa presencia. A nadie encontró. Aquellos leprosos que habían recuperado el don precioso de la salud, los ciegos que consiguieron ver nuevo el cuadro precioso de la vida, los inválidos que habían cantado hosannas después de la cura de sus cuerpos defectuosos, estaban ahora ausentes, escapaban al testimonio. ¿Valió la pena practicar el bien? El apóstol, hundido en dolorosos y sombríos pensamientos, dejaba absorberse por extrañas interrogaciones.

Notó que alrededor del madero estallaban carcajadas que reportaban ironías. El Maestro, a pesar de todo, guardaba en la semblanza una serenidad no superable. De vez en cuando, su mirada se extendía por sobre la multitud, como queriendo descubrir un rostro amigo. Bajo las vociferaciones de la turba amotinada, a Tomás le parecía escuchar aún el ruido inolvidable de los clavos del suplicio. Mientras las lanzas y los vituperios se cruzaban en los aires, observó a los dos malhechores que la justicia del mundo había condenado a la última pena. Se aproximó a la cruz y vio que el Mesías depositaba en él los ojos amorosos, como en los tiempos más tranquilos. Notó que un sudor mezclado con sangre corría del rostro venerable, uniéndose con el rojo vivo de las llagas abiertas y dolorosas. Con aquella mirada inolvidable, Jesús le mostró las úlceras abiertas, como la señal del sacrificio.

Penosa emoción dominó el alma sensible del discípulo. Con los ojos nublados de llanto, recordó los radiantes días del Tiberíades. Las escenas más simples del apostolado resurgían ante su imaginación. Súbitamente, se recordó de la tarde en que habían comentado el problema de la fe, pareciéndole escuchar aún las elucidaciones del Maestro, al respecto de la lealtad perfecta a Dios. Reflexiones instantáneas sacudieron su corazón. ¿Quién habría sido más fiel al Padre que Jesús? Entretanto, ¡su recompensa era la cruz del martirio! Absorto en singulares pensamientos, el apóstol observó que el Mesías lanzaba ahora sus tiernos ojos sobre uno de los ladrones, que lo miraba afectuosamente.

En ese instante, percibió que la débil voz del condenado se elevaba para el Maestro, en tono de profunda sinceridad:

— ¡Señor! — Dijo él, jadeante — ¡acuérdate de mí, cuando entres a tu Reino!…

El discípulo observó que Jesús le dirigía, entonces, una mirada cariñosa, al mismo tiempo que a sus oídos llegaban los ecos de su palabra suave y esclarecedora:

— ¿Ves, Tomás? ¡Cuando todos los hombres de la ley no me comprendieron y cuando mis propios discípulos me abandonaron, he que encuentro la confianza leal en el pecho de un ladrón!…

Inquieto, el discípulo meditó en la lección recibida y, por horas, contempló el doloroso espectáculo, hasta el momento en que el Maestro fue retirado de la cruz de la última agonía. Comenzaba, entonces, a comprender la profunda esencia de sus enseñanzas inmortales. Como si su espíritu fuese transportado a la cumbre de alto monte, le pareció observar desde allí la pesada marcha humana. Vio conspicuos hombres de la ley, repasando los libros divinos; doctores con el fatuo del orgullo pasaban erectos, exhibiendo los razonamientos más complicados. Hombres de sólidas convicciones integraban el cuadro, demostrando la fisionomía satisfecha. Mujeres vanidosas o fanáticas allá iban, igualmente, revelando sus dilectos títulos.

En seguida, venían los directamente beneficiados por el Divino Maestro. Era la legión de los que se habían levantado de la miseria física y de las ruinas morales. Eran los leprosos de Jerusalén, los ciegos de Cafarnaúm, los enfermos de Sidón, los seguidores aparentemente más sinceros, al lado de los propios discípulos que desfilaban, avergonzados, y se dispersaban, indecisos, en la hora extrema.

Poseído de viva emoción, Tomás comenzó a llorar íntimamente. Fue entonces que creyó escuchar unos pasos delicados y casi imperceptibles. Sin poder explicar de qué se trataba, juzgó divisar, a su lado, la inolvidable figura del Maestro, que le colocó las manos livianas y amigas sobre la frente atormentada, repitiéndole al corazón las palabras que le había dirigido desde la cruz:

— ¿Ves, Tomás? ¡Cuando todos los hombres de la ley no me comprendieron y los propios discípulos me abandonaron, he que encuentro la confianza leal en el pecho de un ladrón!…

Espíritu Humberto de Campos
Médium Francisco Cándido Xavier
Extraído del libro “Buena Nueva”
Traducido por Dr Luis M Coirnejo A.

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