¿Cómo adorar a Dios?

MediumnicoEn todas las épocas, todos los pueblos practicaron, a su manera, actos de adoración a un Ente Supremo, lo que demuestra que la idea de Dios es innata y universal. En efecto, jamás hubo quien no reconociese íntimamente su flaqueza, y la consecuente necesidad de recurrir a Alguien, todopoderoso, buscando Su apoyo, el bienestar y la protección, en los trances más difíciles de esta tan atribulada existencia terrena. Hubo tiempos en que cada familia, cada tribu, cada ciudad y cada raza tenían sus dioses particulares, en cuyo honor ardía el fuego divino constantemente en el hogar o en los altares de los templos que les eran dedicados. Retribuyendo esos homenajes (así se creía), los dioses lo hacían todo por sus adoradores, llegando hasta ponerse al frente de los ejércitos de las comunas o de las naciones a las que pertenecían, ayudándolas en guerras defensivas o de conquista.

En su inmensa ignorancia, los hombres siempre imaginaron que, tal como los jefes tribales o los reyes y emperadores que los dominaban aquí en la Tierra, también los dioses fuesen sensibles a las manifestaciones del culto exterior, y de ahí la pomposidad de las ceremonias y de los ritos con que los consagraban. Por otro lado, los imaginaban celosos de su autenticidad o de su hegemonía y, de vez en cuando, los adeptos de una divinidad entraban en conflicto con los de otra, sometiéndola a pruebas, siendo entonces considerada vencedora aquella que consiguiese realizar un efecto más sorprendente.

Sírvanos de ejemplo el episodio que figura en el III Libro de los Reyes, cap. 18, v. 22 al 40. Allí se describe el desafío propuesto por Elías a los adoradores de Baal, para saber cuál era el dios verdadero. Colocadas las carnes de un buey sobre el altar de los sacrificios, dijo Elías a sus rivales: “Invocad vosotros, primero, los nombres de vuestros dioses, y yo invocaré, después, el nombre de mi Señor; y el dios que atienda, mandando fuego, ese sea el Dios”. Dice el relato bíblico que por más que los baalitas invocasen a su dios, con los brazos en alto y cortándose con cortaplumas y bisturís, según su costumbre, no consiguieron nada. Llego el turno del dios de Israel, este hizo caer del cielo un fuego terrible, que devoró no sólo a la víctima y la leña, sino hasta las propias piedras del altar. Ante eso, auxiliado por el pueblo, Elías agarró a los seguidores de Baal y, arrastrándolos hacia la orilla de un río, allí los decapitó.

El monoteísmo, después de mucho tiempo, se impuso, al final, al politeísmo, y sería de creerse que, con ese progreso, comprendiendo que el Dios adorado por todas las religiones es uno sólo, los hombres pasasen, por lo menos, a respetarse mutuamente, ya que las diferencias, ahora, serían sólo en cuanto a la forma de rendir culto a ese mismo Dios. No fue eso, sin embargo, lo que sucedió. Y los propios “cristianos”, siglos tras siglos, contrastando frontalmente con las piadosas enseñanzas de Cristo, apresados por el fanatismo de la peor especie, no dudaron en matar cruelmente, a hierro y fuego, a millares y millares de “herejes” e “infieles”, “para mayor honra y gloria de Dios.” – como si Aquél que es el Señor de la Vida pudiese sentirse honrado y glorificado con tan nefastos asesinatos… Actualmente, el sectarismo religioso, bastante debilitado, comienza a derrumbarse, lo que constituye un preanuncio seguro de mejores días, de ahora en adelante. Creemos, incluso que, gracias a la rápida aceptación que la Doctrina Espírita viene alcanzando por todas partes, en breve habremos de comprender que todos, sin exclusión, somos de origen divino e integrantes de una y sola gran familia. Y puesto que Dios es Amor, no hay cómo adorarlo si no “amándonos unos a los otros”, pues, como sabiamente nos enseña Juan, el apóstol (I Epístola, 4:20), “el que no ama a su hermano, al que ve, no puede amar a Dios, al que no ve”. (Cap. II, preg. 649 y siguientes Libro de los Espíritus)

Rodolfo Calligaris
Extraído del libro “Las leyes morales”

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