La oración del huerto

oracionDespués del acto de humildad extrema, de haber lavado los pies de todos los discípulos, volvió Jesús al lugar que ocupaba en la mesa del simple banquete y, antes de que se retiraran, elevó los ojos al cielo y oró así, fervorosamente, de acuerdo al relato del Evangelio de Juan:

— ¡Padre santo, es llegada mi hora! Acógeme con tu amor, eleva a tu hijo, para que él pueda elevarte, entre los hombres, en el supremo sacrificio. Te glorifiqué en la Tierra, dejé testimonio de tu magnanimidad y sabiduría y consumo ahora la obra que me confiaste. ¡En este instante, pues, Padre mío, ampárame con la luz que me diste, mucho antes que este mundo existiese!…

Y fijando su amorosa mirada sobre la comunidad de los discípulos, que, silenciosos, acompañaban su ruego, continuó:

— Manifesté tu nombre a los amigos que me diste; eran tuyos y me los confiaste, para que recibiesen tu palabra de sabiduría y de amor. ¡Todos ellos ahora saben que cuanto les he dado proviene de ti! En este supremo instante, Padre, no ruego por el mundo, que es obra tuya y cuya perfección se verificará algún día, porque eso está en tus designios insondables; pero, te pido particularmente por ellos, por los que me confiaste, teniendo en cuenta el esfuerzo a que los obligará el Evangelio, que permanecerá en el mundo sobre sus generosos hombros. ¡Yo ya no soy de la Tierra; pero te ruego que mis amados discípulos se unan los unos con los otros, como yo soy uno contigo! Les di tu palabra para el santo trabajo de la redención de las criaturas; así, pues, que ellos comprendan que, en esa grandiosa tarea, el mayor testimonio es el de nuestro sacrificio propio por tu causa, comprendiendo que están en este mundo, sin pertenecer a sus convenciones ilusorias, por pertenecer sólo a ti, ya que de tu amor vinimos todos para regresar a tu magnanimidad y sabiduría, cuando hallamos edificado el buen trabajo y vencido en la lucha provechosa. Que mis discípulos, Padre, no hagan de mi presencia personal el motivo de su alegría inmediata; que me sientan sinceramente en sus aspiraciones, a fin de que sientan mi júbilo completo en sí mismos. Junto a ellos, otros trabajadores del Evangelio despertarán para tu verdad. El futuro estará lleno de esos obreros dignos del salario celeste. ¡Será, de alguna forma, la posteridad del Evangelio del Reino la que se perpetuará en la Tierra, para glorificar tu revelación! ¡Protégelos a todos, Padre! ¡Qué todos reciban tu bendición, abriendo sus corazones a las claridades renovadoras! ¡Padre justo, el mundo aún no te conoció; pero, yo, te conocí y les hice conocer tu nombre y tu infinita bondad, para que el amor con que me has amado esté en ellos y yo en ellos esté!…

Finalizada la oración, acompañada en religioso silencio por parte de los discípulos, Jesús se retiró en compañía de Simón Pedro y de los dos hijos de Zebedeo para el Monte de los Olivos, donde acostumbraba meditar. Los demás compañeros se dispersaron, impresionados, mientras Judas, alejándose con pasos vacilantes, no conseguía aplacar la tempestad de sentimientos que le desbastaba el corazón.

Comenzaba a caer sobre el cielo claro el crepúsculo. A pesar del radiante sol de la tarde que iluminaba el paisaje, soplaba el viento en ráfagas muy frías. Después de algunos instantes, el Maestro y los tres compañeros alcanzaron el monte poblado de frondosos árboles que invitaban al pensamiento contemplativo.

Acomodando a los discípulos en asientos naturales que las plantas del camino se encargaban de adornar, les habló el Maestro, en tono sereno y resuelto:

— ¡Esta es mi última hora con vosotros! ¡Orad y vigilad conmigo, para que tenga yo la glorificación de Dios en el supremo testimonio!

Así diciendo, se alejó, a pequeña distancia, en donde permaneció en oración, cuya sublimidad los apóstoles no podían observar. Pedro, Juan y Santiago estaban profundamente sensibilizados por lo que veían y oían. Nunca el Maestro les había parecido tan solemne, tan convencido, como en aquel instante de penosas recomendaciones. Rompiendo el silencio que se hizo, Juan ponderó:

— Oremos y vigilemos, de acuerdo a la recomendación del Maestro, pues, si él aquí nos ha traído, sólo a nosotros tres en su compañía, eso debe significar para nuestro espíritu la grandeza de su confianza en nuestra ayuda.

Se pusieron a meditar silenciosamente. Entretanto, sin que lograsen explicar el motivo, adormecieron en el transcurso de la oración. Pasados algunos minutos, despertaron, escuchando al Maestro que les decía:

— ¡Despertad! ¿No os recomendé que vigilaseis? ¿No podréis velar conmigo, ni un minuto?

Juan y los compañeros se restregaron los ojos, reconociendo la propia falta. Entonces, Jesús, cuya mirada parecía iluminada por extraño fulgor, les contó que había sido visitado por un ángel de Dios, que lo conformó para el supremo martirio. Una vez más les pidió que orasen con el corazón y nuevamente se alejó. Con todo, los discípulos, insensiblemente, cediendo a los imperativos del cuerpo y olvidando las necesidades del espíritu, de nuevo adormecieron en el medio de la meditación. Despertaron con el Maestro que les repetía:

— Entonces, ¿no conseguisteis orar conmigo?

Los tres discípulos despertaron aturdidos. El desolado paisaje de Jerusalén se adentraba en la sombra. Pero, antes que pudiese nuevamente justificar su falta, un grupo de soldados y gentes del pueblo se aproximó, viniendo Judas al frente. El hijo de Iscariote avanzó y depositó en la frente del Maestro el beso combinado, mientras Jesús, sin demostrar ninguna debilidad y dejando la lección de su coraje y de su afecto a los compañeros, preguntó:

— Amigo, ¿a qué has venido?

Todavía, su interrogación no recibió ninguna respuesta. Los mensajeros de los sacerdotes lo prendieron y amarraron sus manos, como si se tratase de un vulgar salteador. Después de las escenas descritas con fidelidad en los Evangelios, observamos las disposiciones psicológicas de los discípulos, en el momento doloroso. Pedro y Juan fueron los últimos que se separaron del Maestro bien amado, después de intentar débiles esfuerzos por su liberación.

Al día siguiente, los criminales movimientos de la turba disminuyeron el entusiasmo y el devotamiento de los compañeros más enérgicos y decididos en la fe. Las penas impuestas a Jesús eran excesivamente severas para que fuesen tentados a seguirlo. De la Corte Provincial al palacio de Antipas, se vio condenado y expuesto al insulto y a la burla. Con excepción del hijo de Zebedeo, que se conservó al lado de María hasta el último instante, todos los que integraban el reducido colegio del Señor se escondieron. Recelosos de persecución, algunos se ocultaron en los sitios próximos, mientras que otros, cambiando las túnicas habituales, seguían, de lejos, el inolvidable cortejo, vacilando entre la dedicación y el temor.

El Mesías, no obstante, coronando su obra con el sacrificio máximo, tomó la cruz sin una queja, dejándose inmolar, sin la mínima reprobación para los que lo habían abandonado en su última hora. Sabiendo que cada criatura tiene su momento de testimonio, en el camino de la redención de su existencia, observó a las piadosas mujeres que lo cercaban, bañadas en lágrimas:

— » ¡Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí; llorad por vosotras mismas y por vuestros hijos!…»

Ejemplificando su fidelidad a Dios, aceptó serenamente los designios del cielo, sin que una expresión menos blanda contradijera su tarea purificadora. A pesar de la demostración de heroísmo y de inigualable amor, que ofreció desde arriba de la cruz, los discípulos continuaron subyugados por la duda y por el temor, hasta que la resurrección les trajo himnos de incomparables alegrías.

Juan, sin embargo, en sus meditaciones acerca del Mesías, comenzó a reflexionar maduramente sobre la oración del Huerto de los Olivos, preguntándose a sí mismo la causa de aquel sueño inesperado, cuando deseaba atender al deseo de Jesús, orando con su espíritu hasta el final de las duras pruebas. ¿Por qué había adormecido, él que tanto lo amaba, en el instante en que su amoroso corazón más necesitaba de asistencia y de afecto? ¿Por qué no pudo acompañar a Jesús en aquella última oración, cuando su alma parecía apuñalada por angustia intraducible, en las más dolorosas expectativas? La visión de Cristo resucitado lo vino a encontrar absorto en esos amargos pensamientos. En silenciosa oración, Juan se dirigía muchas veces al adorado Maestro, casi en lágrimas, implorándole perdón por su descuido de la hora extrema. Algún tiempo pasó, sin que el hijo de Zebedeo pudiese olvidar la falta de vigilancia de la víspera del martirio.

Cierta noche, después de las acostumbradas reflexiones, sintió él que un sueño blando anestesiaba sus centros vitales. Como en una atmósfera de sueños, verificó que el Maestro se aproximaba. Toda su figura se destacaba en la sombra, con divino resplandor. Precediendo a sus palabras de la serena sonrisa de los tiempos pasados, le dijo Jesús:

— ¡Juan, mi soledad en el huerto es también una enseñanza del Evangelio y una ejemplificación y Ella significará, para todos los que nos sigan, que cada espíritu en la Tierra tiene que ascender solo al calvario de su redención, muchas veces con la despreocupación de los seres más amados del mundo! ¡Frente a esa lección, el discípulo del futuro comprenderá que su marcha tiene que ser solitaria, una vez que sus familiares y compañeros de confianza se entregan al sueño de la indiferencia! ¡De aquí por delante, pues, aprendiendo la necesidad del valor individual en el testimonio, nunca dejéis de orar y vigilar!

Espíritu Humberto de Campos
Médium Francisco Cándido Xavier
Extraído del libro “Buena Nueva”
Traducido por Dr Luis M Coirnejo A.

Deja un comentario

*

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.