La última cena

lavado-piesReunidos los discípulos en compañía de Jesús, en el primer día de las fiestas de Pascua, el Maestro, como en otras ocasiones, partió el pan con la habitual ternura. Su mirada, con todo, aunque no traicionaba su serenidad acostumbrada, presentaba misterioso fulgor, como si su alma, en aquel instante, vibrase aún más con los altos planos de lo invisible.

Los compañeros comentaban con simplicidad y alegría los sentimientos del pueblo, mientras el Maestro meditaba, silencioso. En cierto instante, habiendo ocurrido larga pausa entre los amigos conversadores, el Mesías acentuó con firmeza impresionante:

— Amados: es llegada la hora en que se cumplirá la profecía de la Escritura. Humillado y herido, tendré que enseñar en Jerusalén la necesidad del sacrificio propio, para que no triunfe apenas una especie de victoria, tan pasajera como las edificaciones del egoísmo o del orgullo humanos. Los hombres han aplaudido, en todos los tiempos, las tribunas doradas, las retumbantes marchas de los ejércitos que se glorificaron con despojos sangrientos, los grandes ambiciosos que a la fuerza dominaron el espíritu inquieto de las multitudes; entretanto yo vine de mi Padre para enseñar como triunfan los que caen en el mundo, cumpliendo un deber sagrado de amor, como mensajeros de un mundo mejor, en donde reinan el bien y la verdad. Mi victoria es la de los que saben ser derrotados entre los hombres, para triunfar con Dios, en la construcción divina de sus obras, inmolándose, con alegría, para la gloria de una vida mayor.

Ante la expresa resolución de aquellas firmes palabras, los compañeros se entreojearon, ansiosos.

El Mesías continuó:

— ¡No os perturbéis con mis afirmaciones, porque, en verdad, uno de vosotros me traicionará!… Las manos, que yo acaricié, se vuelven ahora contra mí. Pero mi alma está lista para la ejecución de los designios de mi Padre.

La pequeña asamblea se tornó lívida. Con excepción de Judas, que ya había entablado negociaciones particulares con los doctores del Templo, faltando apenas el acto del beso, para que ocurriese su defección, nadie contaba con las amargas palabras del Mesías. Penosa sensación de malestar se estableció entre todos. El hijo de Iscariote hacía lo posible para disimular sus dolorosas impresiones, cuando los compañeros se dirigieron a Cristo con angustiosas preguntas:

— ¿Quién será el traidor? — dijo Felipe, con extraño brillo en los ojos.

— ¿Seré yo? — indagó ingenuamente Andrés.

— Pero, al final — objetó Santiago, hijo de Alfeo, en voz alta —, ¿dónde está Dios que no conjura semejante peligro?

Jesús, que se había mantenido en silencio ante las primeras interrogaciones, levantó la mirada hacia el hijo de Cleofás y advirtió:

— Santiago, haz callar la voz de tu poca confianza en la sabiduría que rige nuestros destinos. Una de las mayores virtudes del discípulo del Evangelio es la de estar siempre listo al llamado de la Divina Providencia. No importa dónde y cómo sea el testimonio de nuestra fe. Lo esencial es que revelemos nuestra unión con Dios, en todas las circunstancias. Es indispensable que no olvidemos nuestra condición de siervos de Dios, para que atendamos bien su llamada, en las horas de tranquilidad o de sufrimiento.

En ese momento, habiendo callado nuevamente el Mesías, Juan intervino, preguntando:

— Señor, comprendo vuestra exhortación y ruego al Padre la necesaria fortaleza de ánimo; pero, ¿por qué motivo será justamente uno de vuestros discípulos el traidor de vuestra causa? Ya nos enseñaste que, para eliminar del mundo los escándalos, otros escándalos se hacen necesarios; a pesar de todo, aún no he podido atinar con la razón de un posible traidor en nuestro propio colegio de edificación y de amistad.

Jesús posó en su interlocutor los ojos serenos y acentuó:

— En verdad, me cumple afirmar que no me será posible deciros todo ahora; entretanto, más tarde enviaré el Consolador, que os esclarecerá en mí nombre, como ahora os hablo en nombre de mi Padre.

Y, deteniéndose un poco a reflexionar, continuó en particular para el discípulo:

— Escucha, Juan: los designios de Dios, si son impenetrables, también son invariablemente justos y sabios. El escándalo aparecerá en nuestro propio círculo bien amado, pero servirá de lección a todos aquellos que vengan después de nuestros pasos, en el divino servicio del Evangelio. Ellos comprenderán que para llegar a la puerta estrecha de la renuncia redentora han de encontrar, muchas veces, el abandono, la ingratitud y la incomprensión de sus seres más queridos. Esto revelará la necesidad de que cada cual se afirme en su camino para Dios, por más espinoso y sombrío que éste sea.

El apóstol se impresionó vivamente con las últimas palabras del Maestro y pasó a meditar sobre sus enseñanzas.

Las sensaciones de extrañeza permanecían en toda la asamblea. Jesús, entonces, se levantó y, ofreciendo a cada compañero un pedazo de pan, exclamó:

— ¡Tomad y comed! Este es mi cuerpo.

En seguida, sirviendo a todos con una pequeña jarra de vino, acrecentó:

— ¡Bebed! Porque esta es mi sangre, dentro del Nuevo Testamento, que confirma las verdades de Dios.

Los discípulos acogieron su suave recomendación, naturalmente sorprendidos, y Simón Pedro, sin disimular su incomprensión del simbolismo, interrogó:

— ¿Maestro, qué viene a ser eso?

— Amados — dijo Jesús, con emoción —, muy próximo está nuestro último instante de trabajo en conjunto y quiero reiteraros mis recomendaciones de amor, efectuadas desde el primer día del apostolado. Este pan significa el banquete del Evangelio; este vino es la señal del espíritu renovador de mis enseñanzas. Constituirán el símbolo de nuestra comunión perenne, en el sagrado idealismo del amor, con que trabajaremos en el mundo hasta el último día. Todos los que participen con nosotros, a través del tiempo, de ese pan eterno y de ese vino sagrado del alma, tendrán el espíritu fecundado por la gloriosa luz del Reino de Dios, que representa el santo objetivo de nuestros destinos.

Ponderando sobre la intensidad del esfuerzo a ser empleado y aludiendo a las multitudes espirituales que se conservan bajo su amorosa dirección, fuera de los círculos de la carne, en las esferas más próximas de la Tierra, Cristo acrecentó:

— ¡Inmenso es el trabajo de la redención, inclusive porque tengo otras ovejas que no son de este rebaño; pero el Reino nos espera con su eternidad luminosa!…

Altamente sensibilizados por su solemnes exhortaciones y sin embargo, maravillados aún más con las promesas de aquel reinado venturoso y sin fin, que aún no podían comprender claramente, la mayoría de los discípulos comenzó a discutir sobre las aspiraciones y conquistas del futuro.

Mientras Jesús se entretenía con Juan, en observaciones afectuosas, los hijos de Alfeo examinaban con Santiago las posibles realizaciones de los tiempos venideros, anticipando opiniones sobre cuál de los compañeros podría ser el mayor de todos, cuando llegase el Reino con sus grandiosidades inauditas. Felipe afirmaba a Simón Pedro que, después del triunfo, todos debían entrar en Nazaret para revelar a los doctores y a los ricos la ciudad su superioridad espiritual.

Levi se dirigía a Tomás y le hacía sentir que, verificada la victoria, era obligatorio que marchasen hacia el Templo ilustre, donde exhibirían sus supremos poderes. Tadeo esclarecía que su intención era dominar a los más fuertes e impenitentes del mundo, para que aceptasen, de cualquier forma, la lección de Jesús.

El Maestro interrumpió su diálogo íntimo con Juan, observándolos: las discusiones progresaban con acérrimo. Las palabras «mayor de todos» sonaban insistentemente a sus oídos. Parecía que los componentes del sagrado colegio estaban en la víspera de la división de una conquista material y, como los triunfadores del mundo, cada uno deseaba la mayor parte de la presa. Con excepción de Judas, que se cerraba en su silencio sombrío, casi todos discutían con vehemencia. Sintiendo su incomprensión, el Maestro parecía contemplarlos con entristecida piedad.

En ese instante, los apóstoles observaron que él se levantaba. Con espanto de todos, se quitó su simple túnica y se amarró con una toalla alrededor de los riñones, a la manera de los esclavos más íntimos, a servicio de sus señores. Y como si fuesen dispensables las palabras, en aquella hora decisiva de ejemplificación, cogió un recipiente de agua perfumada y, arrodillándose, comenzó a lavar los pies de los discípulos. Ante la protesta general frente a ese acto de suprema humildad, Jesús repitió su inmortal enseñanza:

— Vosotros me llamáis Maestro y Señor y decís bien, porque lo soy. Si yo, Señor y Maestro, os lavo los pies, debéis igualmente lavaros los pies los unos a los otros en el camino de la vida, porque en el Reino del Bien y de la Verdad el mayor será siempre aquel que se hizo sinceramente el menor de todos.

Espíritu Humberto de Campos
Médium Francisco Cándido Xavier
Extraído del libro “Buena Nueva”
Traducido por Dr Luis M Coirnejo A.

 

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