El siervo bueno

ZaqueoLa condenación de las riquezas se afirmó en el espíritu de los discípulos, con profundas raíces, a tal punto que, en varias ocasiones, Jesús fue obligado a intervenir de forma a poner fin a contiendas injustificables. De vez en cuando, Tadeo parecía querer imponer a los asistentes a las predicaciones del lago, la entrega de todos los bienes a los necesitados; Felipe no dudaba en afirmar que nadie debía poseer más que una camisa, constituyendo una obligación dividir todo con los infortunados, privándose cada cual de lo indispensable a la vida.

— ¿Y cuándo el pobre nos surge solamente por las apariencias? — replicaba juiciosamente Leví. —Conozco hombres acomodados que lloran en la colecturía de Cafarnaúm, como miserables mendigos, apenas con la finalidad de eximirse de los impuestos. Sé de otros que extienden las manos a la caridad pública y son propietarios de tierras extensas. ¿Estaríamos edificando el Reino de Dios, si favoreciésemos la explotación?

— Todo eso es verdad — respondía Simón Pedro. -Entretanto, Dios nos inspirará siempre, en los momentos oportunos, y no es por esa razón que deberemos abandonar a los realmente desamparados.

Leví, sin embargo, no se daba por vencido y discutía:

— La necesidad sincera debe ser objeto incesante de nuestro cariñoso interés; pero, tratándose de los falsos mendigos, es necesario considerar que la palabra de Dios nos ha venido por el Maestro, que nunca se cansa de aconsejarnos vigilancia. Es imprescindible que no viciemos el sentimiento de piedad, al punto de perjudicar a nuestros hermanos en el camino de la vida.

El antiguo cobrador de impuestos exponía, así, su forma de ver; pero Felipe, sujetándose a la letra de las enseñanzas, replicaba con énfasis:

— Continuaré creyendo que es más fácil el paso de un camello por el ojo de una aguja que la entrada de un rico en el Reino de los Cielos.

Jesús no participaba de esas discusiones, pero sentía las dudas que permanecían en el corazón de los discípulos y, dejándolos entregarse a sus propios razonamientos, aguardaba oportunidad para un esclarecimiento general.

Pasaba el tiempo y las pequeñas controversias permanecían vivas. Sin embargo, llegó el día en que el Maestro se ausentaría de Galilea para el último viaje a Jerusalén. Su postrero viaje a Jericó, antes del suplicio, era esperado con inmensa curiosidad. Grandes multitudes se apiñaban en los caminos.

Un publicano acomodado, de nombre Zaqueo, conocía el renombre del Mesías y deseaba verlo. Jefe de prestigio en su ciudad, hombre rico y enérgico, Zaqueo era, no obstante, de pequeña estatura, tanto así que, buscando satisfacer su vivo deseo trató de acomodarse sobre un sicómoro, llevado por la ansiosa expectativa con que esperaba por el paso de Jesús. Corazón inundado de curiosidad y de sensaciones alegres, el jefe publicano, al aproximarse el Mesías, admiró su porte noble y simple, sintiéndose magnetizado por su simpatía indefinible. Altamente sorprendido, verificó que el Maestro paró a su lado y le decía con acento íntimo:

— Zaqueo, baja de ese árbol, porque hoy necesito de tu hospitalidad y de tu compañía.

Sin que pudiese traducir lo que ocurría en su corazón, el publicano de Jericó bajó de su galería improvisada, poseído de inmenso júbilo. Se abrazó a Jesús con placer espontáneo y ordenó todo lo necesario para que el querido huésped y su comitiva fuesen recibidos en su casa con la mayor alegría. El Maestro dio el brazo al publicano y escuchaba, atento, sus observaciones más insignificantes con gran escándalo de la mayoría de los discípulos.

— «¿No se trataba de un rico que debía ser condenado?» — Se preguntaba Felipe a sí mismo. Y Simón Pedro reflexionaba íntimamente: — «¿Cómo justificar todo esto, si Zaqueo es un hombre de dinero y pecador frente a la ley?»

Pero después de breves instantes, toda la comitiva penetraba en la residencia del publicano, que no ocultaba su gran alegría. Jesús había conquistado sus atenciones, tocándole las fibras más íntimas del Espíritu, con su presencia generosa. Se trataba de un huésped bien amado, que permanecería eternamente en su corazón. Se aproximaba el crepúsculo, cuando Zaqueo mandó ofrecer una leve comida a todo el pueblo, en señal de alegría, sentándose con Jesús y sus discípulos bajo un vasto patio cubierto. La palabra versaba sobre la nueva doctrina y, sabiendo que el Maestro no perdía oportunidad de condenar las riquezas criminales del mundo, el publicano esclarecía, con toda la sinceridad de su alma:

— Señor, es verdad que he sido visto como un hombre de vida reprobable; pero, desde hace muchos años, he venido empleando el dinero de forma que represente beneficios para todos los que me rodean en la vida. Comprendiendo que aquí en Jericó había muchos padres de familia sin trabajo, organicé múltiples servicios de crianza de animales y de permanente cultivo de la tierra. ¡Hasta de Jerusalén, muchas familias ya vinieron a buscar en mis trabajos, los indispensables recursos para la vida!…

— ¡Bendito sea tu esfuerzo! — replicó Jesús, lleno de bondad.

Zaqueo recibió nuevas fuerzas y murmuró:

— Los siervos de mi casa nunca me encontraron sin la sincera disposición de servirles.

— Me regocijo contigo — exclamó el Mesías —, porque todos nosotros somos siervos de Nuestro Padre.

El publicano, que tantas veces había sido injustamente acusado, sintió gran satisfacción. La palabra de Jesús era una valiosa recompensa a su conciencia dedicada al bien colectivo. Extasiado, se levantó y extendiendo a Cristo las manos, exclamó alegremente:

— ¡Señor! ¡Señor! ¡Tan profunda es mi alegría, que repartiré hoy, con todos los necesitados, la mitad de mis bienes, y, si en algo he perjudicado a alguien, lo indemnizaré cuadriplicadamente!

Jesús lo abrazó con una hermosa sonrisa y respondió:

— Bienaventurado eres tú que ahora contemplas en tu casa la verdadera salvación.

Algunos de los discípulos, especialmente Felipe y Simón, no conseguían ocultar sus deducciones desagradables. Más o menos aferrados a las leyes judaicas y entendiendo solamente el sentido literal de las lecciones del Mesías, extrañaban aquella amabilidad de Jesús, aprobando los actos de un rico del mundo, confesadamente publicano y pecador. Y como el dueño de la casa se ausentó de la reunión por algunos minutos, con el propósito de providenciar la venida de sus hijos para que conocieran al Mesías, Pedro y otros iniciaron una lluvia de pequeñas preguntas: ¿Por qué tan gran aprobación a un rico mezquino? ¿Las riquezas, no eran condenadas por el Evangelio del Reino? ¿Por qué no se hospedaban en una casa humilde y, sí, en aquella vivienda suntuosa, en contraposición a las enseñanzas de la humildad? ¿Podría alguien servir a Dios y al mundo pecador?

El Maestro dejó que finalizasen las interrogaciones y esclareció con generosa firmeza:

— Amigos, por acaso ¿creéis, que el Evangelio ha venido al mundo para transformar a todos los hombres en miserables mendigos? ¿Cuál es la mayor limosna: la que socorre las necesidades de un día o la que adopta providencias para una vida entera? En el mundo viven los que atesoran en la Tierra y los que atesoran en el Cielo. Los primeros esconden sus posibilidades en el cofre de la ambición y del egoísmo, tirando, a veces, doradas monedas al hambriento que pasa, tratando de librarse de su presencia; los segundos unen sus existencias a numerosas vidas, haciendo de sus siervos y de los ayudantes de esfuerzos la continuación de su propia familia. Estos últimos saben emplear el sagrado depósito de Dios y son sus fieles mayordomos, frente al mundo.

Los apóstoles lo escuchaban, espantados. Felipe, deseoso de justificarse, después de la incisiva argumentación de Cristo, exclamó:

— Señor, yo no lo comprendía bien, porque había fijado mi pensamiento en los pobres que vuestra bondad nos enseñó a amar.

— Entretanto, Felipe — elucidó el Maestro —, es necesario que no nos perdamos en vicios del sentimiento. ¿Nunca escuchaste hablar de una tierra pobre, de un árbol pobre, de animales desamparados? Y encima de todo, en esos cuadros de la naturaleza que Zaqueo trata de atender, ¿no ves al hombre, nuestro hermano? ¿Quién será el más infeliz; el mendigo sin responsabilidad, a no ser las de su propio mantenimiento, o un padre cargado de hijitos que le piden pan?

Como Andrés lo observaba, con gran brillo en los ojos, maravillado con sus explicaciones, el Maestro acentuó:

— ¡Sí amigos! ¡Dichosos los que reparten sus bienes con los pobres; pero, bienaventurados también los que consagren sus posibilidades a los movimientos de la vida, seguros de que el mundo es un gran necesitado, y que así saben, servir a Dios con las riquezas que les fueron confiadas!

En seguida, Zaqueo mandó servir una gran mesa al Señor y a los discípulos, donde Jesús partió el pan, participando de la alegría general. Impulsado por un júbilo sereno, el jefe publicano de Jericó presentó sus hijos a Jesús y mandó que sus siervos festejasen aquella noche memorable para su corazón.

En los amplios espacios de la casa, niños y viejos felices cantaron himnos de acariciantes venturas, mientras jóvenes en gran número tocaban flautas, llenando de armonías el ambiente. Fue entonces que Jesús, con todos reunidos, contó la hermosa parábola de los talentos, de acuerdo a la narración de los apóstoles, y fue también que, posando tierna y generosa mirada sobre la figura de Zaqueo, sus divinos labios pronunciaron las inmortales palabras:

— «¡Bienaventurado seas tú, siervo bueno y fiel!»

Espíritu Humberto de Campos
Médium Francisco Cándido Xavier
Extraído del libro “Buena Nueva”
Traducido por Dr Luis M Coirnejo A.

Deja un comentario

*

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.