Misionero de la paz

colavidaParalelamente a la crisis en el movimiento espírita desencadenada por el episodio de las fotografías producidas por Édouard Buguet, ocurría, en España, la Tercera Guerra Carlista. Por tercera vez, en menos de cuarenta años, la lucha fratricida se clavaba en el suelo español y hería dolorosamente a aquel pueblo. Mientras los ejércitos se enfrentaban en batallas estruendosas, José María Fernández Colavida trabajaba incansablemente por la paz. En su residencia en Barcelona, donde componía y distribuía publicaciones espíritas que invadían el mundo, Fernández Colavida también llenaba cestos con impresos pacificadores y los expedía a los lugares donde la lucha estaba más encarnizada a fin de convocar a los soldados para que dejaran las armas y se dieran la mano haciendo reinar la fraternidad en España. Inmenso era el sacrificio financiero que la impresión y la distribución de esos escritos pacificadores le generaban, pero Fernández Colavida las costeaba sin la ayuda de nadie, contando solamente con el modesto sueldo que su actividad profesional le proporcionaba. Cuando el Estado trató de recompensarlo enviándole remesas de fondos, él se las devolvió.

La labor de Fernández Colavida por la paz nada tenía que ver con intereses políticos. Hacía parte de su desinteresado trabajo de divulgación espírita. De hecho, el Espiritismo está fuertemente vinculado a la paz, empezando por la paz interior, según Fernández Colavida enfatizó en sus escritos: La gran misión del Espiritismo es la Paz, y por consiguiente los Espiritistas de todas naciones no han de parar hasta alcanzar el reinado de la fraternidad universal, legando a las generaciones futuras tan noble misión. Vengan, pues, a nosotros, los afligidos, los desheredados, los de corazón sencillo y los que sufren; agrúpense a la sombra de ese árbol santo del Espiritismo que ha de regenerar el mundo y encontrarán la paz y la calma que el alma necesita para subir la pendiente de la vida y alcanzar de Dios el reinado de su justicia.

[El Espiritismo es] una manifestación divina que puede acogerla todo el que quiera dar paz a su espíritu, y esperanza a su corazón, y luz a su razón. Según Fernández Colavida también resaltaba, el Espiritismo, al promover la paz interior, conduce a la mansedumbre y a la paz en los pueblos. Solamente esa razón ya sería suficiente para explicar la necesidad de la más amplia divulgación de la Doctrina Espírita en el mundo:

[…] Cuando todos nos convenzamos de estos principios, fáciles de comprobar experimentalmente, la mansedumbre ocupará, en el individuo y en los pueblos, el lugar que le ha arrebatado la violencia. Entonces se verá claramente que la guerra es un crimen de lesa-humanidad, y de ella huiremos como de las perversas compañías. Mas ¿cuándo, cuándo llegará ese suspirado momento? – se nos preguntará. –Cuando el verdadero Cristianismo, es decir, el Espiritismo cristiano, haya penetrado en la mayoría, por lo menos, de las humanas conciencias. Él es el que está directamente llamado a evidenciar los sublimes y verdaderos triunfos de la mansedumbre; él, que basándose en la caridad, nos solicita sin cesar al bien y provecho de todos los hombres; él, que abriéndonos las puertas de la vida de ultra-tumba, nos presenta a Job en medio de inefables delicias y a Cain rodeado de atroces dolores; él, que abriéndonos las doradas puertas de ese otro mundo, llamado la reencarnación, nos prueba que al que odiamos como enemigo puede haber sido, o puede ser, andando el tiempo, nuestro hermano, nuestro hijo, nuestro padre; él, en fin, que exclama a cada momento, como exclamaba Cristo después de su resurrección: Pax vobis!, y demuestra con hechos visibles, tangibles que de los pobres de Espíritu es el reino de los cielos, y de los mansos el dominio de la tierra. Procuremos, pues, que el Espiritismo cubra toda la faz de la tierra, pues sólo él puede librarnos de esos terribles sacudimientos morales que hoy contemplamos en casi todos los pueblos del orbe que llamamos civilizado. Dios, que quiere que ninguno de sus hijos se pierda, como aseguró el divino Maestro; Dios nos ayuda en esta obra verdaderamente sacrosanta. Adelante, adelante siempre, sin detenernos nunca; ésta es la ley.

Sin embargo, los carlistas, que contaban con el apoyo de la Iglesia, incitaban al pueblo a la guerra, tergiversando el Cristianismo. Sin dejarse intimidar por fuerzas políticas y religiosas, Fernández Colavida, en su campaña pacificadora, aclaraba y difundía la falta de fundamento cristiano para toda y cualquier guerra:

Nunca hubo razón para hacer la guerra en nombre de Dios, llevando por estandarte la cruz que simboliza la paz, la fraternidad, la caridad; en una palabra, la redención de la humanidad. No hay nadie que haya probado nunca con razones sólidas e indestructibles, que pueda hacerse la guerra y derramarse la sangre del hermano en nombre del sagrado símbolo de la Cruz, sin dejar de ser cristiano, sin faltar a la ley de Dios y a los preceptos del crucificado. Solo en los tiempos de barbarie y estupidez pudo consagrarse y santificarse esa terrible infracción de la divina ley, que llevamos escrita con caracteres indelebles en nuestra conciencia. Echaríamos un velo sobre nuestras aberraciones pasadas, causas justas de nuestros males presentes, si algunos seres mal avenidos con su conciencia, poco conformados con los decretos de la Providencia y casi siempre subyugados por el diablo del orgullo y de la ambición, no lanzaran el grito de guerra y exterminio a la sombra de ese símbolo sagrado del que sufrió martirio para que aprendiéramos a amarnos los unos a los otros y a pedir al Padre que se cumpla su voluntad y no la nuestra.

[…] Si con la cruz y en nombre de la cruz sembráis el luto y la desolación ¿cómo os atrevéis a subir al templo a orar? Cómo interpretáis los libros santos? De qué manera queréis haceros dignos del nombre de cristianos? creéis acaso que la sangre que se derrama por causa vuestra, no ha de caer gota a gota sobre vuestras cabezas?

[…] Si en vuestra conciencia llegaseis a creer en la justicia de vuestra causa, dejadlo al fallo de la Providencia y pedid que se cumpla la voluntad del Padre y no la vuestra; porque el Padre no ha menester que sus hijos se devoren para que la luz de la verdad y de la justicia brille con toda la pureza de su gloria. No olvidéis el ejemplo que el Maestro nos dejó cuando dijo a uno de sus discípulos que sacó la espada para herir a un siervo del Pontífice: «–Vuelve tu espada a su lugar: porque todos los que tomaren espada, a espada morirán.» –«¿Por ventura piensas que no puedo rogar a mi Padre, y me dará ahora mismo mas de doce legiones de ángeles?» (San Mateo XXVI, v. 52 y 53).

Además de la campaña belicista para influenciar la opinión pública, los carlistas actuaban para contar, una vez más, con aquel que había sido el principal combatiente de sus huestes en las dos guerras anteriores: el General Ramón Cabrera y Griñó. A fin de convencerlo para que participara en la guerra, intentaban reavivar, en Ramón Cabrera, el resentimiento por el fusilamiento de su madre con ocasión de la Primera Guerra Carlista. No obstante, Fernández Colavida, con su amistad y consejos, contribuyó significativamente para que Ramón Cabrera decidiera no participar en la Tercera Guerra Carlista y trabajara por la paz. Fernández Colavida llegó a ejercer una influencia directa para que Ramón Cabrera publicara su célebre Manifiesto a la Nación por el término de la guerra, en cuya redacción intervino. De ese modo, el mismo general que, aproximadamente cuarenta años antes, en la Primera Guerra Carlista, se había vuelto implacable contra sus adversarios después del fusilamiento de su inocente madre, no cedió, con ocasión de la Tercera Guerra Carlista, al sentimiento inferior de venganza y dio un gran ejemplo de perdón a los enemigos al escribir a todo el pueblo español, en su Manifiesto, que: La fe me enseña y el corazón me dice que yo, como el ser querido [mi madre], a quien profanamente aluden, debo morir perdonando a mis enemigos; y yo sé, yo veo que aquel ser querido me dice desde el cielo que hago bien.

Menos de un año después del Manifiesto a la Nación del General Cabrera, estaba terminada la Tercera Guerra Carlista. El gobierno español le ofreció a Fernández Colavida, con los honores y la retribución correspondientes, el retiro de coronel, grado que había alcanzado durante su participación en la Primera Guerra Carlista. A pesar del empeño de importantes personajes en ello y de sus dificultades financieras, él rehusó todo. Fiel a sus principios, Fernández Colavida no aceptó recibir ninguna ventaja proveniente de la guerra. Como misionero de la paz, era la paz la única recompensa que siempre deseó.

El trabajo de Fernández Colavida por la paz evidencia el papel que el divulgador del Espiritismo debe desempeñar como agente de transformación de la sociedad. Según enseña el ejemplo de Fernández Colavida, Doctrina Espírita y política no deben mezclarse. No le corresponde al divulgador del Espiritismo estar al servicio de intereses políticos, sino trabajar por el progreso moral de la humanidad. Según explica Allan Kardec:

[…] apartad con cuidado, en vuestras reuniones, todo lo que se refiere a la política y a las cuestiones irritantes; las discusiones, bajo ese aspecto, no llevan a nada, solamente os suscitan dificultades, mientras que nadie encuentra algo que condenar de la moral cuando ésta es buena. Buscad, en el Espiritismo, aquello que os puede mejorar: eso es lo esencial; cuando las personas sean mejores, las reformas sociales verdaderamente útiles serán la consecuencia completamente natural de ese mejoramiento; al trabajar por el progreso moral, estableceréis los verdaderos y más sólidos fundamentos de todos los mejoramientos y dejad a Dios el cuidado de hacer suceder las cosas a su tiempo.

La verdadera transformación de la sociedad es la que se opera mediante la vivencia de los valores morales del Cristianismo, explicados racionalmente por la Doctrina Espírita.

Extraído del libro “Divulgación del Espiritismo”
Simoni Privato Goidanich

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