Un poco de sol en la oscuridad de la habitación

madresMadre es un poco de sol en la oscuridad de la habitación…, dijo una vez un poeta inspirado, al homenajear a esa figura inigualable que el Creador escogió para recibirnos en la Tierra. Todavía hay tanta oscuridad en las habitaciones de nuestra alma… que cualquier rayo de sol hace un verdadero claro de esperanza.

Hay tanta incertidumbre, tanto miedo, tanto odio, tantos vicios… en una medianoche que parece congelada en el reloj. El tiempo de la oscuridad parece que pasa lento… o no pasa.

Algunos desisten de todo, pero luego descubren que es imposible huir de sí mismos, y la oscuridad continúa… continúa… Pero Dios no desea la oscuridad, por cierto, para Él ella es sólo la luz que aún no es – lo que va a ser luz. Por eso, envió a las madres al mundo… suaves rayos de sol en la oscuridad de nuestras vidas.

El amor de madre, de madre verdadera, es el más cercano que encontramos del amor del Creador, por eso es tan luminiscente. En primer lugar él recibe, él acoge, sea a quien sea, sin juzgar, sin cuestionar, sin medir esfuerzos. Ese amor sustenta, no desampara, cuida, mira, amamanta, protege. Más tarde, orienta, educa, dirige, enseña. Muchas veces socorre, atiende, ampara. Y mientras lo hace, sin pedir nada a cambio, va mostrando al mundo cómo se debe amar.

El rayo de sol, además de iluminar, va despertando en cada uno la voluntad de ser luz, como si nos recordase que somos hechos para brillar, o hechos para amar. Quien pasa por la experiencia de la maternidad nunca más es la misma. Tiene la oportunidad de vivir el amor en un grado absolutamente encantador.

Muchos odios de siglos se deshacen a través de la maternidad bien atendida. Resentimientos milenarios pierden fuerzas, día a día, mediante la envergadura moral de ese tipo de amor, un amor sin retorno, que nunca se olvida. Incluso viviendo diversas vidas, siempre te acordarás de esa que hoy es tu abnegada madre. Son amores que quedan grabados en las pantallas del alma, como la pintura de los grandes artistas, de las cuales uno nunca se olvida. Son fotografías que tomamos con el corazón y coleccionamos a través de los siglos y, cuantos más álbumes de madres tenemos, más agradecidos somos a la vida, al Creador.

Madre es un poco de sol en la oscuridad de la habitación. Y quien no abraza esa misión con la seriedad y pasión que ella merece, pierde la oportunidad inestimable de la existencia. Pierde la oportunidad de servir al mundo como Cristo tan bien ha servido, sin intereses propios, sin egoísmo, sin ningún tipo de orgullo.

Llevar a alguien en los brazos, mientras ese alguien todavía no sabe caminar, es un gesto grandioso, es un gesto divino. También es simbólico. Simboliza el amor de aquel que es más grande, llevando al más pequeño, no desmereciéndolo, no humillándolo, sino promoviéndolo y luego, a su tiempo, enseñándolo a caminar por sí mismo. Jesús lo hizo con nosotros.

Jesús es el hermano mayor, y al mismo tiempo padre y madre, por la experiencia y por la seguridad que transmite. Él todavía está con nosotros y sonríe emocionado cada vez que percibe la grandeza del amor en el corazón de una madrecita del mundo.

Redacción del Momento Espírita.

Deja un comentario

*

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.