La mujer y la resurrección

resureccionLas alegres aguas del Tiberíades se aquietaban, lentamente, como tocadas por una fuerza invisible de la Naturaleza, cuando la barca de Simón, conduciendo al Señor, llegó dulcemente a la playa. El viejo apóstol, abandonando los remos, dejaba notar en los trazos fisionómicos las contradictorias emociones de su alma, mientras Jesús lo observaba, adivinando sus más ocultos pensamientos.

— ¿Qué te sucede, Simón? — preguntó el Maestro, con su mirada penetrante y amiga.

Sorprendido con la palabra del Señor, el viejo Cefas hizo percibir, por un gesto, sus recelos y sus aprensiones, como si encontrase dificultad en olvidar totalmente la ley antigua, para penetrar en los umbrales de la nueva idea, en su ancho camino de amor, de luz y de esperanza.

— Maestro — respondió con timidez —, la ley que nos rige manda lapidar a la mujer que pervirtió su existencia.

Conociendo, anticipadamente, el pensamiento del pescador y observando sus escrúpulos en retirarle una leve advertencia, Jesús le respondió con blandura:

— Casi siempre, Simón, no es la mujer la que se pervierte a sí misma: es el hombre el que le destruye la vida.

— Entretanto — volvió el apóstol, respetuosamente —, nuestros legisladores siempre ordenaron severidad y rigor con las caídas. Observando nuestras costumbres, Señor, es que temo por vos, acogiendo tantas meretrices y mujeres de mala vida, en las predicaciones del Tiberíades…

— Nada temas por mí, Simón, porque yo vengo de mi Padre y no debo tener otra voluntad, a no ser la de cumplir sus designios sabios y misericordiosos.

Así se manifestó el Maestro, lleno de bondad, y, extendiendo la mirada compasiva sobre las aguas, levemente onduladas por el beso de los vientos del crepúsculo, continuó, en una mezcla de energía y dulzura:

— Pero, ¡escucha, Pedro! La antigua ley manda apedrear a la mujer que fue pervertida y desamparada por los hombres; entretanto, también determina que amemos a nuestros semejantes, como a nosotros mismos. Y mi enseñanza es el cumplimiento de la ley, por el amor más sublime sobre la Tierra. ¿Podríamos culpar a la fuente, cuando un animal ensucia sus aguas? De acuerdo con la ley, debemos amar a una y a otro, ya sea por la expresión de su ignorancia, o sea por la de sus sufrimientos. ¡Y el hombre es siempre débil y la mujer siempre sufridora!…

El viejo pescador recibía la exhortación con un nuevo brillo en los ojos, como si fuese tocado en las fibras más íntimas de su espíritu.

— Maestro — respondió, altamente sorprendido —, vuestra palabra es la revelación divina, ¿Queréis entonces decir, que la mujer es superior al hombre, en su misión terrestre?

— Una y otro son iguales frente a Dios — esclareció Cristo, amorosamente — y las tareas de ambos se equilibran en el camino de la vida, complementándose perfectamente, para que exista, en todas las ocasiones, el más santo respeto mutuo. Todavía, necesitamos considerar, que la mujer recibió la sagrada misión de la vida. Habiendo avanzado más que su compañero en el camino del sentimiento, está, por eso, más cerca de Dios que, muchas veces, le toma el corazón por instrumento de sus mensajes, llenos de sabiduría y misericordia. En todas las realizaciones humanas, hay siempre el trazo de la ternura femenina, levantando obras imperecederas en la edificación de los espíritus. En la historia de los hombres, solamente quedan los nombres de los políticos, de los filósofos y de los generales; todos ellos son hijos de la gran heroína que pasa, en el silencio, desconocida de todos, muchas veces dilacerada en sus sentimientos más íntimos, o exterminada en los sacrificios más pungentes. Pero, también Dios, Simón, pasa ignorado en todas las realizaciones del progreso humano y nosotros sabemos que el ruido es propio de los hombres, mientras que el silencio es de Dios, síntesis de toda la verdad y de todo el amor. Por eso, las mujeres más desventuradas aún poseen en el corazón el germen divino, para la redención de la humanidad entera. Su sentimiento de ternura y humildad será, en todos los tiempos, la gran guía para la iluminación del mundo, porque, sin el tesoro del sentimiento, todas las obras de la razón humana pueden parecer como un castillo de falsos esplendores.

Simón Pedro escuchaba al Maestro, tomado de profundo deleite y santificado fervor de admiración.

— ¡Tenéis razón, Señor! — murmuró, entre humilde y satisfecho.

— Sí, Pedro, tenemos razón — replicó Jesús, con bondad. — Y será aún a la mujer a quien confiaremos la misión más sublime en la construcción evangélica dentro de los corazones, en el supremo esfuerzo de iluminar al mundo.

El apóstol del Tiberíades escuchaba las últimas palabras del Divino Maestro, tomado de sorpresas. Se conservó, no obstante, en silencio, ante la dulce sonrisa del Mesías. Muy distante, el último beso del Sol agregaba un reflejo dorado en la sábana móvil de las aguas que las claras corrientes del Jordán enriquecían. Simón Pedro, fatigado de las labores diarias, se preparó para descansar, con su alma iluminada por las nuevas revelaciones de la palabra del Señor, las cuales, llenas de luz y esperanza divinas, disipaban las oscuridades de la ley de Moisés.

Habían pasado dos días desde el doloroso drama del Calvario, en cuya cruz de indesignable martirio se sacrificó el Maestro, por el bien de todos los hombres. Penosa situación de duda reinaba dentro de la pequeña comunidad de los discípulos. Casi todos habían vacilado en la hora extrema. El frágil razonamiento del hombre luchaba por comprender la finalidad de aquel sacrificio. ¿No era Jesús el poderoso Hijo de Dios que habían consolado a los tristes, resucitado muertos, sanado enfermos de molestias incurables? ¿Por qué no conjuró la traición de Judas con sus fuerzas sobrenaturales? ¿Por qué se humilló así, sangrando de dolor, en las calles de Jerusalén, sometiéndose al ridículo y las burlas? Entonces, ¿el emisario del Padre Celestial debía ser crucificado entre dos ladrones?

Mientras estas cuestiones eran examinadas, de boca en boca, el recuerdo del Mesías quedaba relegado a un plano inferior, olvidado su ejemplo y la grandeza de sus enseñanzas. El barco de la fe no zozobró completamente, porque allí estaban las lágrimas del corazón materno, traspasado de amarguras. Sin embargo, el Mesías revivido, observaba la incomprensión de sus discípulos, como el pastor que contempla su rebaño desorientado. Deseaba hacer oír su divina palabra, dentro de los corazones atormentados; pero, sólo la fe ardiente y el ardiente amor consiguen vencer los abismos de sombra entre la Tierra y el Cielo. Y todos los compañeros se dejaban abatir por las ideas negativas.

Fue entonces, cuando, en la mañana del tercer día, la ex-pecadora de Magdala se acercó del sepulcro con perfumes y flores. Quería, aún otra vez, aromatizar aquellas manos inertes y frías; quería, una vez más, contemplar al Maestro adorado, para cubrirlo con el llanto de su amor purificado y ardiente. En su corazón estaba aquella fe radiante y pura que el Señor le enseñó y, sobretodo, aquella dedicación divina, con la que había podido renunciar a todas las pasiones que la seducían en el mundo. María Magdalena iba a la tumba con amor y sólo el amor puede realizar los supremos milagros.

Estupefacta, por no encontrar el cuerpo, ya se retiraba entristecida, para dar cuenta de lo verificado a los compañeros, cuando una voz cariñosa y suave exclamó blandamente a sus oídos:

— ¡María!

Ella pensó ser amonestada por el jardinero; pero, en breves instantes reconocía la conocida voz del Maestro que la contemplaba con su sonrisa inolvidable. Quiso echarse a sus pies, besarle las manos en un suave transporte de afectos, como hacía en las predicaciones del Tiberíades; pero, con un gesto de soberana ternura, Jesús la alejó, esclareciendo:

— ¡No me toques, pues aún no fui a mi Padre que está en los cielos!…

Instintivamente, Magdalena se arrodilló y recibió la mirada del Maestro, en un trasbordamiento de lágrimas de inmensa ventura. Era la promesa de Jesús que se cumplía. La realidad de la resurrección era la esencia divina, que daría eternidad al Cristianismo.

El mensaje de alegría resonó, entonces, en la comunidad entera. ¡Jesús había resucitado! El Evangelio era la verdad inmutable. En todos los corazones se encontraba una divina embriaguez de luz y júbilos celestiales. Se levantaba la fe, se renovaba el amor, moría la duda y se levantaba el ánimo de nuevo en todos los espíritus. En la amplitud de la vibración amorosa, otros ojos pudieron verlo y otros oídos escucharon su voz dulce y persuasiva, como en los días gloriosos de Jerusalén o de Cafarnaúm. Desde esa hora, la familia cristiana se movió en el mundo, para nunca más olvidar el ejemplo del Mesías.

La luz de la resurrección, a través de la fe y el amor ardiente de María Magdalena, había bañado de inmensa claridad el camino cristiano, para todos los siglos terrestres. Es por eso que todos los historiadores de los orígenes del Cristianismo paran de escribir, asombrados ante la fe profunda de los primeros discípulos que se dispersaron por el desierto de las grandes ciudades para la predicación de la Buena Nueva, y, observando la serena confianza de todos los mártires que se han sacrificado en el rastro infinito del Tiempo por la idea de Jesús, preguntan espantados, como Ernest Renan, en una de sus obras:

— ¿Dónde está el sabio de la Tierra que ya dio al mundo tanta alegría como la cariñosa María de Magdala?

Espíritu Humberto de Campos
Médium Francisco Cándido Xavier
Extraído del libro “Buena Nueva”
Traducido por Dr Luis M Coirnejo A.

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