La lección de la vigilancia

HcamposAproximándose el final de su paso por los caminos de la Tierra, reunió Jesús a los doce discípulos, con la finalidad de consolidar en sus corazones los santificados principios de su doctrina de redención.

En aquel crepúsculo de oro, por feliz coincidencia, todos se encontraban en Cesarea de Filipo, donde el paisaje maravilloso descansaba bajo las bendiciones del cielo. Jesús miró serenamente a los compañeros y, al cabo de larga conversación, en que les había hablado confidencialmente de los grandiosos servicios del futuro, preguntó con interés afectuoso:

— Y ¿qué dicen los hombres a mi respecto? ¿Habrán de algún modo comprendido la substancia del mis prédicas?…

Juan respondió que sus amigos lo tomaban como Elías, que regresaba al escenario del mundo después de haberse elevado al cielo en un carro de fuego; Simón, el Zelote, relató los pareceres de algunos habitantes de Tiberíades, que creían que el Maestro era el mismo Juan Bautista resucitado; Santiago, hijo de Cleofás, contó lo que había escuchado de los judíos en la Sinagoga, los cuales presumían en el Señor al profeta Jeremías. Jesús escuchó las observaciones con el cariño habitual e inquirió:

— ¿Los hombres se dividen en sus opiniones; pero, vosotros, que habéis comulgado conmigo todos los instantes, ¿quién decís que soy?

Cierta perplejidad sacudió a la pequeña asamblea: Simón Pedro, sin embargo, dejando percibir que estaba impulsado por una energía superior, exclamó, conmovidamente:

— Tú eres el Cristo, el Salvador, el Hijo de Dios Vivo.

— Bienaventurado eres tú, Simón — le dijo Jesús, envolviéndolo en una amorosa sonrisa —, porque no fue la carne que te reveló estas verdades, sino mi Padre que está en los cielos. En este momento, entregaste a Dios el corazón y hablaste por su voz. Bendito seas, pues comienzas a edificar en el espíritu la fuente de la fe viva. Sobre esa fe edificaré mi doctrina de paz y esperanza, porque contra ella jamás prevalecerán los desastrosos engaños del mundo.

Mientras Simón sonreía, confortado con lo que consideraba un triunfo espiritual, el Maestro prosiguió, esclareciendo a la comunidad sobre la revelación divina, en el santuario interior del espíritu del hombre, sobre cuya grandeza desconocida el Cristianismo asentaría sus bases en el futuro. En el mismo instante, preparando a los compañeros para los próximos acontecimientos, el Mesías continuó, diciendo:

— Amados, es importante que yo os esclarezca el corazón, con el fin de que las horas tormentosas que se aproximan no lleguen a confundir vuestro entendimiento. A través de la palabra de Simón, tuvisteis la claridad reveladora. Cumpliendo las profecías de la Escritura, soy aquel Pastor que viene a Israel con el propósito de reunir las ovejas perdidas del inmenso rebaño. Vengo a buscar los dracmas extraviados del tesoro de Nuestro Padre. Y ¿cuál es el pastor que no da testimonio de su tarea al dueño del rebaño? Es pues, indispensable que yo sufra. No ha de tardar mucho el escándalo que me envolverá en sus sombrías redes. ¡Se hace necesario el cumplimiento de la palabra de los grandes instructores de la revelación de los cielos, que me precedieron en el camino!… Está escrito que yo padeceré y no escaparé al testimonio.

Haciendo pequeña pausa en su alocución, Felipe aprovechó para interrogar, emocionado:

— Maestro, ¿cómo puede ser eso, si sois el supremo modelo de la bondad? ¿El sufrimiento será, entonces, el premio a vuestras obras de amor y sacrificio?

Jesús, no obstante, sin traicionar la serenidad de sus sentimientos, respondió:

— Vine al mundo para el buen trabajo y no puedo tener otra voluntad, sino la que corresponda a los sabios designios de Aquel que me envió. Además de todo, mi acción se dirige a los que están esclavizados, en el cautiverio del sufrimiento, del pecado, de la expiación. Instituyendo en la Tierra la lucha perenne contra el mal, tengo que ofrecer el testimonio legítimo de mis esfuerzos. En la consideración de mis trabajos, necesitamos ponderar que las palabras de las enseñanzas solamente son justas cuando están selladas con la plena demostración de los valores íntimos. ¿Creéis que un náufrago pudiese sentir el consuelo de un compañero que se limitase apenas a dirigirle la voz amiga, desde la seguridad de la playa? Para salvarlo, será indispensable enseñarle el mejor camino para librarse de la vorágine destructora, nunca tan solo con exhortaciones, sino, zambulléndose igualmente en las olas, compartiendo los mismos peligros y sufrimientos. El fardo que sobrecarga los hombros de un amigo habrá siempre aumentado su peso, si nos ponemos a examinarlo, muchas veces guiados por observaciones inoportunas; él, entretanto, se volverá suave y leve para quien amamos, si lo tomamos con nuestro esfuerzo sincero, enseñándole cómo se puede atenuar su peso en las curvas del camino.

Los apóstoles se entreojearon, sorprendidos, y el Maestro continuó:

— No esperéis por triunfos, que no los tendremos sobre la Tierra de ahora. Nuestro reino aún no es, ni puede ser, de este mundo… Por esa razón, en breves días, no obstante mis aparentes victorias, entraré en Jerusalén para sufrir las más penosas humillaciones. ¡Los príncipes de los sacerdotes coronarán mi frente con suprema ironía; seré arrastrado por la turba como un simple ladrón! ¡Escupirán en mi rostro, me darán vinagre y amargura, cuando manifieste sed, para que se cumplan las Escrituras; experimentaré las angustias más dolorosas, pero sentiré, en todas las circunstancias, el amparo de Aquél que me envió!.. En los últimos y más difíciles testimonios, tendré mi espíritu vuelto hacia su amor y conquistaré con el sufrimiento la victoria sagrada, porque enseñaré a los menos fuertes el paso por la puerta estrecha de la redención, revelando a cada criatura que sufre lo que es necesario hacer, para atravesar las sendas del mundo, demandando las claridades eternas del plano espiritual.

El Maestro calló, conmovido. La pequeña asamblea dejaba translucir su sorpresa indefinible, sin comprender la amplitud de las advertencias divinas. Fue, entonces, que Simón Pedro, modificando la actitud mental del primer momento y dejando conducirse en el rastro de las concepciones falibles de su sentimiento de hombre, se aproximó al Mesías y le dijo en particular:

— Maestro conviene que no exageréis vuestras palabras. No podemos creer que tendréis que sufrir semejantes martirios… ¿Dónde estaría Dios, entonces, con la justicia de los cielos? ¡Los hechos que nos dejáis entrever vendrían a demostrar que el Padre no es tan justo!…

— ¡Pedro, retira esas palabras! — exclamó Jesús, con enérgica serenidad. — ¿También quieres tentarme, como los adversarios del Evangelio? ¿Será que tú tampoco me entiendes, comprendiendo solamente las cosas de los hombres, lejos de las revelaciones de Dios? ¡Apártate de mí, pues en este instante hablas por el espíritu del mal!..

Verificando que el pescador se había emocionado hasta las lágrimas, el Maestro se preparó para la retirada y dijo a los compañeros:

— Si alguno quiere venir en pos de mí, renuncie a sí mismo, tome su cruz y sígame.

Al día siguiente, la pequeña comunidad iniciaba su camino, vivamente impresionada con las revelaciones de la víspera. Simón seguía humilde y cabizbajo. No conseguía comprender por qué motivo había sido Jesús tan severo con él. En verdad, había ponderado mejor sus irreflexivas expresiones reconociendo que el Maestro lo había perdonado, pues observaba que eran sinceras la sonrisa y la mirada compasiva que lo envolvían en una nueva alegría. Pero, sin poder serenar sus emociones, el viejo discípulo se aproximó nuevamente a Jesús e interrogó:

— Maestro: ¿por qué razón mandaste retirar las palabras con que os demostré mi celo de discípulo sincero? Algunos minutos antes, ¿no habíais afirmado que yo traía a los compañeros la inspiración de Dios? ¿Por qué motivo, poco después, me designasteis como intérprete de los enemigos de la luz?

— Simón — respondió el Mesías, bondadosamente —, aún no aprendisteis toda la extensión de la necesidad de vigilancia. La criatura en la Tierra necesita aprovechar todas las oportunidades de iluminación interior, en su marcha hacia Dios. ¡Vigila tu espíritu a lo largo del camino! ¡Basta un pensamiento de amor para que te eleves al cielo; pero, en la jornada del mundo, también basta, a veces, una palabra fútil o una consideración menos digna, para que el alma del hombre sea conducida al estacionamiento o a la desesperación de las tinieblas, por su propia imprevidencia! En este terreno, Pedro, el discípulo del Evangelio tendrá siempre inmenso trabajo que realizar, porque, por el Reino de Dios, es necesario resistir a las tentaciones de los seres más amados en la Tierra, los cuales, aunque ocupen nuestro corazón, aún no pueden entender las conquistas santificadas del cielo.

Acabando Cristo de hablar, Simón Pedro calló y se entregó a meditar.

Espíritu Humberto de Campos
Médium Francisco Cándido Xavier
Extraído del libro “Buena Nueva”
Traducido por Dr Luis M Coirnejo A.

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