Los bienhechores

colavidaAlrededor de marzo de 1862, el obispo de Barcelona, Antonio Palau y Térmens, fue acometido por una enfermedad que le producía agudísimos dolores. A pesar de los tratamientos realizados, su estado de salud empeoraba rápidamente.

Al caer la tarde del 8 de julio, el obispo Palau sintió que le faltaban pocas horas de vida física. Ante la muerte próxima e inevitable, buscó prepararse cumpliendo todas las formalidades de su culto religioso. Se confesó y se comulgó de manera solemne y fervorosa. Cuando su estado se agravó más, recibió la unción del óleo y escuchó las exhortaciones que se acostumbran dirigir en las últimas horas. En sus últimos momentos de vida física, vestido de pontifical, recibió la visita de varias autoridades religiosas, civiles y militares. Incluso el Papa Pío IX se hizo representar enviándole una medalla por medio del párroco de San Miguel del Puerto.

Habían pasado nueve meses desde la consumación del auto de fe de Barcelona cuando el obispo Palau, después de intenso sufrimiento, expiró. La prensa de la época dejó registrados los momentos finales de la vida física del obispo, que estuvieron marcados por el prestigio del cual él disfrutaba: El virtuoso obispo de Barcelona falleció a las ocho y media de la noche del martes, según nos anunció el telégrafo. Hasta los últimos momentos conservó sus facultades intelectuales empleándolas en orar y despedirse de sus amigos. Todos los prelados que había en aquella ciudad estuvieron alrededor del lecho del moribundo hasta que espiró. Los funerales «fueron correspondientes a la estimación que Barcelona le profesaba» y contaron con la presencia de obispos de América y de España. Varios periódicos españoles publicaron elogios a su memoria.

El obispo de Barcelona pasó para la historia terrena como uno de los «eclesiásticos más célebres por sus virtudes y talentos» y uno de los «hombres importantes que se han distinguido en España en todos los ramos del saber». Sin embargo, al manifestarse como Espíritu, se presentó de manera diferente. Luego de su muerte física, Antonio Palau le dictó espontáneamente a uno de los médiums de la Sociedad Parisiense de Estudios Espíritas la siguiente comunicación:

Ayudado por vuestro jefe espiritual, he podido venir a enseñaros por medio de mi ejemplo y deciros: «No rechacéis ninguna de las ideas anunciadas, pues un día, un día que durará y pesará como un siglo, esas ideas amontonadas gritarán como la voz del ángel: “¿Caín, qué has hecho de tu hermano? ¿Qué has hecho de nuestro poder, que debía consolar y elevar a la humanidad?” La persona que voluntariamente vive ciega y sorda de espíritu, como otras lo son de cuerpo, sufrirá, expiará y renacerá para recomenzar la labor intelectual que su pereza y su orgullo le han hecho evitar; y esa terrible voz me ha dicho: “Has quemado las ideas y las ideas te quemarán”. Orad por mí; orad, pues Le es agradable a Dios la oración que Le dirige el perseguido por el perseguidor». Aquel que fue obispo y que no es más que un penitente.

La comunicación de Antonio Palau reveló el despertar de su conciencia. En lugar de apegarse al poder y al prestigio de los cuales había disfrutado en la existencia física, se liberaba, con la fuerza de la humildad, para vivir la realidad espiritual, realizando un auto-análisis sincero y asumiendo su verdadera condición. Ya no era el obispo, sino el penitente, que pedía oraciones, no a sus aduladores del pasado, sino a sus perseguidos. Según Allan Kardec sintetizó: «Hermosa imagen de las dignidades terrestres dejadas al borde de la tumba, para presentarse a Dios tal como se es, sin la ostentación que impresiona a las personas».

Allan Kardec le envió el mensaje de Antonio Palau a José María Fernández Colavida, informándole que ese Espíritu estaría presente cuando la comunicación fuera leída en el centro espírita en Barcelona, lo que sucedió, según la declaración de los médiums videntes. No tardó para que Antonio Palau se manifestara en el propio centro espírita dirigido por Fernández Colavida.

En su primer mensaje, transmitido en París, había revelado su arrepentimiento. En Barcelona, demostró que ya se encontraba en una etapa más avanzada de su proceso de perfeccionamiento espiritual: la de la reparación. De hecho, ante Fernández Colavida, Antonio Palau no solamente expresó su incentivo al trabajo espírita, sino también se comprometió a ayudar: ¿Qué importan estas puerilidades en vista de la gloria que os espera? No olvidéis la noble misión que tenéis de destruir el fanatismo, en el mismo sitio en donde ha jugado tan grande papel; yo mismo os ayudaré en vuestra noble empresa.

En la misma ocasión, Antonio Palau anunció que, en la Ciudadela de Barcelona, donde hizo quemar las publicaciones espíritas, se pasarían a cultivar jardines, que sustituirían los tristes recuerdos de los terribles actos de represión cometidos en aquel sitio. La previsión de Antonio Palau se confirmó. En 1868, el Gobierno atendió a la voluntad del pueblo barcelonés y determinó la demolición de la fortaleza. En su lugar, se construyó un parque con hermosos jardines, que le suscitaron a Fernández Colavida profundas reflexiones: La formidable ciudadela erizada de armas destructoras ha desaparecido y se ha transformado en amenos jardines, en donde el poeta podrá recibir la verdadera inspiración de los Espíritus; y las ideas que escaparon de la hoguera, caerán como rocío benéfico sobre su alma embriagada de placer al cantar la paz universal entre todos los hombres de buena voluntad. Los tiempos llegarán también, en que se verán cumplidas aquellas palabras de Isaias: Las Naciones se convencerán y de sus espadas forjarán arados y de sus lanzas, hoces.

Fue en el Parque de la Ciudadela donde ocurrió, en 1888, la Exposición Universal. En el mismo año, se realizó, también en Barcelona, el Primer Congreso Internacional Espiritista. Así como pasaron a surgir encantadores jardines en lo que había sido una opresora Ciudadela, el auto de fe de Barcelona fue un campo fértil para el cultivo de elevados sentimientos tanto por Antonio Palau como por Fernández Colavida.

Para Antonio Palau, el auto de fe constituyó el factor desencadenante para que él, después de la muerte física, despertara su conciencia, se despojara de la intolerancia y, con humildad, les manifestara a sus perseguidos su arrepentimiento sincero y su disposición a la reparación, comprometiéndose a ayudarlos en las tareas espíritas.

En cuanto a Fernández Colavida, además de los beneficios para su trabajo de divulgación del Espiritismo, la prueba de fuego que fue el auto de fe representó una valiosa oportunidad de progreso espiritual, al posibilitarle la práctica de virtudes y el desarrollo íntimo de cualidades morales. Para Fernández Colavida, Antonio Palau no fue un verdugo. Además de la elevación moral revelada en sus comunicaciones espirituales, Antonio Palau fue, aunque de manera involuntaria, un colaborador en la divulgación del Espiritismo, al haber ordenado el auto de fe, que tuvo amplia repercusión. Sin embargo, independientemente de esa conducta de Antonio Palau, él podría ser considerado, no un verdugo, sino un bienhechor por el sólo hecho de haber sido, para Fernández Colavida, un instrumento de su progreso espiritual.

En realidad, los verdugos somos nosotros mismos cuando, al no vivenciar el Espiritismo, no aprovechamos las actitudes ajenas para nuestro perfeccionamiento espiritual, impidiendo, de ese modo, que los demás sean nuestros bienhechores. El ejemplo de Fernández Colavida le enseña al divulgador espírita considerar a todas las demás personas como bienhechoras, es decir, utilizar las actitudes ajenas, sean cuales sean, para progresar espiritualmente, profundizando el autoconocimiento, la transformación moral y la adquisición de elevados conocimientos, trabajando más y mejor para la Doctrina Espírita.

Extraído del libro “Divulgación del Espiritismo”
Simoni Privato Goidanich

Deja un comentario

*

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.