El testimonio de Tomás

tomasCuenta la narración de Marcos que, volviendo Jesús de una de sus excursiones, se encaminó hacia el territorio de Dalmanuta, donde varios fariseos se pusieron a discutir con él, para probarlo. Demostrando el dolor que le causaba la incomprensión del ambiente, el Maestro exclamó con su serena energía:

— «¿Por qué pide esta generación una señal del Cielo?»

Era frecuente que buscasen al Mesías con la exclusiva preocupación de lo maravilloso. Algunos exigían los milagros más extravagantes, en el aire, en el firmamento, en las aguas. ¿¡Jesús no afirmaba ser el Hijo de Dios?!… En el ejercicio de su ministerio, ¿no había expulsado espíritus malignos, no había curado paralíticos y leprosos?

Los fariseos, principalmente, eran los que deseaban creer en las nuevas enseñanzas, pero, dentro de las normas del viejo egoísmo humano, reclamaban previas compensaciones de lo sobrenatural que apoyasen el día siguiente. De todos los discípulos, era Tomás el que más se preocupaba con la dilatación, que le parecía necesaria, de la zona de influencia del Señor sobre los hombres considerados más importantes y más ricos. No raramente, insistía con Jesús para que atendiese las exigencias de los fariseos bien provistos de autoridad y riquezas. En aquél día de breve reposo en Dalmanuta, el Maestro descansaba en la choza de un viejo pescador de nombre Zacarías, cuando el discípulo surgió inesperadamente, reclamando su atención en estos términos:

— ¡Señor, numerosos hombres de importancia están en la localidad y desean una señal de vuestra misión divina!

Reparando que Jesús guardaba silencio, Tomás continuó hablando, deseoso de encender entusiasmo en torno a su iniciativa.

— Son altos funcionarios de Herodes, acompañados por doctores de Jerusalén, que visitan estos parajes… Además de eso, están junto a patricios romanos, interesados en conocer el lago y sus aldeas más importantes. ¡Esos ilustres viajeros me hicieron portador de una invitación atenta y amable, pues os esperan en casa del centurión Cornelio Cimbro!.. .

Jesús, entretanto, después de largo silencio, en el cual pareció examinar detenidamente la actitud mental del interlocutor, preguntó con serenidad, pero en tono algo doloroso:

— ¿Qué desean de mí?

— ¡Quieren conoceros, Maestro! — replicó el apóstol, más sereno.

— No es necesario que me vean a mí, sino que sientan la verdad que traigo de Nuestro Padre — respondió Jesús, con tranquila firmeza.

Dejando notar el disgusto que aquella respuesta le causaba, Tomás insistió:

— Maestro, Maestro, ¡atendedlos!… ¿Qué será del Evangelio del Reino y de nosotros mismos, sin el apoyo de los influyentes de prestigio? ¿Creéis en la victoria sin el amparo de las energías que dominan el mundo? ¡Mostraos a esos hombres, reveladles vuestro divino poder, puesto que, ellos apenas desean conoceros de cerca!…

— Tomás — exclamó el Señor, con energía —, Dios no exige que los hombres lo conozcan sino en el santuario del conocimiento perfecto de sí mismos. Yo vengo de mi Padre y tengo que enseñar las verdades divinas. ¡Nunca reclamé homenajes de mis discípulos, solamente les he recomendado a todos que se amen, recíprocamente, a través de la vida! Y, deshaciendo las descabidas suposiciones del discípulo, continuó:

— ¿Juzgas, entonces, que el Evangelio del Reino sea una causa de hombres perecibles? Si así fuese, nuestras verdades serían tan mezquinas como las precarias edificaciones del mundo, destinadas a la renovación por la muerte, en los eternos caminos del tiempo. Los patricios romanos y los doctores de Jerusalén ¿no tendrán que entregar el alma a Dios, algún día? ¿Quién será, de esta forma, el más fuerte y poderoso: Dios, que es el Padre de la sabiduría infinita, en la eternidad de su gloria, o un césar romano, que tendrá que caer de su trono adornado de púrpura, al polvo tenebroso de la sepultura?!

Tomás lo escuchaba, sorprendido y entristecido; sin embargo, con el propósito de justificarse, acrecentó conmovido:

— Maestro, comprendo vuestras observaciones divinas; no obstante, esos forasteros deseaban apenas una señal de Dios en los cielos.

— Pero, si son incapaces de percibir la presencia de Nuestro Padre, ¿cómo podrán reconocer una simple señal suya? — preguntó Jesús, con todo el vigor de su convicción.— Los padres humanos saben que sin su esfuerzo, o sin la generosa cooperación de alguien que los substituya al frente de la familia, no sería posible el desarrollo de sus hijos, en lo que se refiere a la asistencia material; con todo, los hombres del mundo encuentran la casa edificada de la naturaleza, con la exactitud de sus leyes, y mantienen su terquedad en negar la asistencia de la Providencia Divina. ¡Anda, Tomás, y diles que el Evangelio del Reino no se destina a los que se encuentren satisfechos y conformados en la Tierra; justamente se destina a los corazones que aspiran a una vida mejor!

Ante la firmeza de las aclaraciones, el apóstol no insistió más, pero, aún interrogó con incertidumbre:

— Maestro, ¿cuál será entonces nuestra señal? ¿Cómo probar a las criaturas que nuestro esfuerzo está con Dios?

— Una sola lágrima, que consuele y esclarezca un corazón atormentado — explicó Jesús —, vale más que una inmensa señal en el cielo, destinada solamente a impresionar los miserables sentidos de la criatura. Nuestra señal, Tomás, es nuestro propio ejemplo, en la humildad y en el trabajo. Cuando busques esclarecer el espíritu de alguien, nunca le muestres que sabes algo; pero, sufre con sus dolores y cosecharás resultados. La redención consiste en amar intensamente. ¡Si te interesas por un amigo, soporta sus infortunios e imperfecciones, andas en su compañía en los días amargos y dolorosos! Nuestra señal es el amor que eleva y santifica, porque sólo él tiene la luz que atraviesa los grandes abismos. ¡Anda y no descreas, porque no triunfaremos en el mundo solamente por lo que hagamos, sino también por lo que dejemos de hacer, en el ámbito de sus falsas grandezas!…

Desde ese día, el apóstol Tomás reformó su concepción sobre los mensajes del cielo, en el capítulo de los milagros; entretanto, no conseguía escapar a pequeñas indecisiones, en materia de fe. No podía excluir de su imaginación el deseo de una victoria amplia y fácil del Evangelio, por la renovación inmediata del mundo. Sin embargo, dentro de poco, la ola de persecuciones vendría a terminar la suave y divina ventura. El Maestro había sido preso. Con excepción de Juan, que se conservó junto a su madre, todos los discípulos se alejaron presos de pavor. Tampoco él resistió a las grandes vacilaciones del triste momento. Había huido. Sin embargo, después, sentiría el corazón compungido de acerbos remordimientos.

Deseaba contemplar al querido Maestro, escuchar, si fuera posible, por última vez, una palabra de reprobación de sus divinos labios. Disfrazándose, entonces, de manera a tornarse irreconocible, para poder librarse de las iras de la multitud, se incorporó en las movimentadas calles, al ruidoso cortejo. Su corazón latía acelerado. Rompió la masa popular y se aproximó al Mesías, que caminaba bajo la cruz a vacilantes pasos, seguido de cerca por los soldados que lo protegían de los ataques de la plebe. Sintió que una gran angustia le dilaceraba las fibras más delicadas del alma. Con todo, siguió siempre, hasta que fue levantado el madero, exhibiendo al sentenciado bajo los rayos del Sol claro, en la cima de una colina, como para presentar el espectáculo a la vista del mundo entero.

Tomás contempló fijamente al Maestro y notó que su espíritu se mantenía firme. Su fisonomía serena, no obstante el martirio de esos momentos, no reflejaba sino el amor profundo que le había conocido en los días más lindos y tranquilos. Sus pies, que tanto habían caminado para la sembradura del bien, estaban ensangrentados. Sus manos generosas y acariciadoras eran dos rosas rojas, goteando la sangre del suplicio. Su frente, en que se habían acogido los más puros pensamientos del mundo, se mostraba aureolada de espinas. Tomás comenzó a llorar discretamente; pero, luego, como si la mirada del Maestro lo buscase, entre millares de criaturas reunidas, observó que Jesús lo había fijado y, magnetizado por su divino semblante, avanzó, dudoso. Deseaba escuchar de aquellos labios adorados la reprobación franca y sincera que merecía su condenable procedimiento, escapando al testimonio de la hora extrema. Se aproximó jadeante de la cruz y, dejando percibir que apenas cedía a una necesidad espiritual en aquel supremo instante, escuchó a Jesús decirle en voz casi imperceptible:

— ¡Tomás, en el Evangelio del Reino, la señal del cielo tiene que ser el sacrificio completo de nosotros mismos!…

El apóstol comprendió sus palabras y lloró amargamente. No obstante la advertencia del Mesías, hecha de lo alto de la cruz de la humillación y del sufrimiento, el discípulo continuaba en aquella actitud que se caracterizaba por dudas casi invencibles. Consideraba a Cristo la más alta figura de la Humanidad, tratándose del amor que ilumina los escabrosos caminos de la vida material; pero, en lo que se refería al razonamiento, Tomás mantenía ciertas restricciones. Su alma se dejaba sorprender por innumerables indecisiones, cuando la fulgurante noticia de la resurrección apareció en Jerusalén, entre vivas manifestaciones de alegría.

María de Magdala, Pedro, Juan, así como otros compañeros, habían visto al Señor, le habían escuchado la palabra consoladora y divina. Incierto de sí mismo, casi vencido por su escasa fe, el discípulo buscó los dilectos amigos, ansiando por la manifestación del adorado Maestro. Reunida la pequeña comunidad, después de las oraciones habituales, Jesús penetró en la humilde sala con serena sonrisa, deseando a los compañeros paz y buen ánimo, como en los días venturosos y risueños de la Galilea.

Tomás, sintiendo el corazón latirle precipitado, levantó los ojos. El Señor, sabiendo de sus pensamientos más ocultos, se aproximó al discípulo de fe vacilante y lo invitó a tocar sus llagas. Después de pronunciar las palabras que las narraciones apostólicas registraron, acrecentó bondadosamente:

— «Tomás, pon tu mano en mis llagas y no te olvides de que ellas son la señal…»

Entonces, la fría razón del apóstol notó que una nueva claridad invadía y penetraba en su alma. Comprendió finalmente que el martirio del corazón que ama se reviste de misterioso poder. Tocado por la humildad del Maestro revivido, se arrodilló y lloró. Sus lágrimas eran de ventura y le proporcionaban al espíritu un júbilo para cuyo precio todos los tronos de la Tierra eran miserables y pequeños. Su alma acababa de vencer una gran batalla. El corazón había triunfado sobre el cerebro, el sentimiento le acrisoló la fe.

Espíritu Humberto de Campos
Médium Francisco Cándido Xavier
Extraído del libro “Buena Nueva”
Traducido por Dr Luis M Coirnejo A.

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