Juana de Cusa

HumbertoEntre la multitud que invariablemente acompañaba a Jesús en las predicaciones del lago, se encontraba siempre una mujer de rara dedicación y noble carácter, de las más altamente colocadas en la sociedad de Cafarnaúm. Se trataba de Juana, consorte de Cusa, intendente de Antipas, en la ciudad donde se unían intereses vitales de comerciantes y pescadores.

Juana poseía verdadera fe; con todo, no consiguió escaparse de las amarguras domésticas, porque su compañero de luchas no aceptaba las claridades del Evangelio. Considerando sus íntimos sinsabores, la noble dama buscó al Mesías, en una ocasión en que él descansaba en casa de Simón, y le expuso la larga serie de sus contrariedades y padecimientos. El esposo no toleraba la doctrina del Maestro. Alto funcionario de Herodes, en perenne contacto con los representantes del Imperio, repartía sus preferencias religiosas alternativamente, o con los intereses de la comunidad judía, o con los dioses romanos, lo que le permitía vivir en tranquilidad fácil y rentosa.

Juana confesó al Maestro sus temores, sus luchas y disgustos en el ambiente doméstico, exponiendo sus amarguras de acuerdo a las divergencias religiosas existentes entre ella y el compañero. Después de escuchar su larga exposición, Jesús ponderó:

— Juana, sólo hay un Dios, que es Nuestro Padre, y sólo existe una fe para nuestras relaciones con su amor. En el mundo, ciertas manifestaciones religiosas, muchas veces no pasan de vicios populares en los hábitos exteriores. Todos los templos de la Tierra son de piedra; yo vengo, en nombre de Dios, a abrir el templo de la fe viva en el corazón de los hombres. Entre el sincero discípulo del Evangelio y los errores milenarios del mundo, comienza a trabarse el combate sin sangre de la redención espiritual. Agradece al Padre el haberte juzgado digna de buen trabajo, desde ahora. ¿Tu esposo no comprende tu alma sensible? Algún día lo hará. ¿Es irreflexivo e indiferente? Ámalo, aun así. No te encontrarías unida a él si no hubiera para eso razón justa. Sirviéndolo con amorosa dedicación, estarás cumpliendo la voluntad de Dios. Me hablas de tus recelos y tus dudas. Debes, por el Evangelio, amarlo aún más. Los sanos no necesitan de médico. Además de eso, no podemos recoger uvas de los espinos, pero podemos abonar el suelo que produjo cardos venenosos, para cultivar en él mismo, la maravillosa vid del amor y de la vida.

Juana dejaba entrever en el suave brillo de los ojos la satisfacción íntima que aquellos esclarecimientos le causaban; pero, patentando todo su estado de alma, interrogó:

— Maestro, vuestra palabra alivia mi espíritu atormentado; entretanto, siento extrema dificultad para un entendimiento recíproco en el ambiente de mi hogar. ¿No juzgáis correcto que luche por imponer vuestros principios? ¿Actuando así, no estaré reformando a mi esposo para el cielo y para vuestro reino?

Cristo sonrió serenamente y respondió:

— ¿Quién sentirá más dificultad en extender las manos fraternas, será el que llegó a las márgenes seguras del conocimiento con el Padre, o aquél que aún se debate entre las olas de la ignorancia o la desolación, de la inconstancia o de la indolencia del espíritu? En cuanto a la imposición de las ideas — continuó Jesús, acentuando la importancia de sus palabras —, ¿por qué motivo Dios no impone su verdad y su amor a los tiranos de la Tierra? ¿Por qué no fulmina con un rayo al conquistador desalmado que extiende la miseria y la destrucción, con las fuerzas siniestras de la guerra? La sabiduría celeste no extermina las pasiones: las transforma. Aquél que sembró el mundo de cadáveres, despierta, a veces, para Dios, apenas con una lágrima. El Padre no impone la reforma a sus hijos: los esclarece en el momento oportuno. Juana, el apostolado del Evangelio es el de colaboración con el cielo, en los grandes principios de la redención. Sé fiel a Dios, amando a tu compañero del mundo, como si fuera tu hijo. No pierdas tiempo en discutir lo que no sea razonable. Dios no entra en contiendas con sus criaturas y trabaja en silencio, por toda la Creación. ¡Anda!… ¡Esfuérzate también en el silencio y, cuando convocada al esclarecimiento, haz uso del verbo dulce o enérgico de la salvación, según las circunstancias! ¡Vuelve al hogar y ama a tu compañero como el material divino que el cielo colocó en tus manos para que talles una obra de vida, sabiduría y amor…

Juana de Cusa experimentaba un alivio blando en el corazón. Enviando a Jesús una mirada de cariñoso agrádecimiento, aún escuchó sus últimas palabras:

— ¡Anda, hija!… ¡Sé fiel!

Desde ese día, memorable para su existencia, la mujer de Cusa experimentó en el alma la claridad constante de una resignación siempre lista al buen trabajo y siempre activa para la comprensión de Dios. Como si la enseñanza del Maestro estuviese ahora grabada indefinidamente en su alma, consideró que, antes de ser esposa en la Tierra, ya era hija de aquél Padre que, del Cielo, conocía su generosidad y sacrificios. Su espíritu divisó en todas las labores una luz sagrada y oculta. Trató de olvidar todas las características inferiores del compañero, para observar solamente lo que poseía él de bueno, desarrollando, en las menores oportunidades, el embrión vacilante de sus virtudes eternas. Más tarde, el cielo le envió un hijito, que vino a duplicar sus trabajos; ella, sin embargo, no olvidando las recomendaciones de fidelidad que Jesús le había hecho, transformaba sus dolores en un himno de triunfo silencioso en cada día.

Los años pasaron y el esfuerzo perseverante le multiplicó los bienes de la fe, en la marcha laboriosa del conocimiento y de la vida. Las persecuciones políticas aparecieron sobre la existencia de su compañero. Con todo, Juana se mantenía firme. Torturado por las ideas odiosas de venganza, por las deudas insaldables, por las vanidades heridas, por las molestias que le achacaban el cuerpo, el ex-intendente de Antipas volvió al plano espiritual, en una noche de sombras tempestuosas. Su esposa, todavía, soportó los sinsabores más amargos, fiel a sus ideales divinos edificados en la confianza sincera.

Obligada por las necesidades más duras, la noble dama de Cafarnaúm buscó trabajo para mantenerse con el hijo que Dios le confió. Algunas amigas le llamaron la atención, tomadas de respeto humano. Juana, no obstante, buscó esclarecerlas, alegando que Jesús igualmente había trabajado, haciendo callosas sus manos con las sierras de modesta carpintería y que, sometiéndose ella a una situación de subalternidad en el mundo, se dedicaba primeramente a Cristo, de quien se había hecho devota esclava.

Llena de sincera alegría, la viuda de Cusa olvidó el confort de la nobleza material, se dedicó a los hijos de otras madres, se ocupó con los más bajos quehaceres domésticos, para que su hijito tuviese pan. Más tarde, cuando la nieve de las experiencias del mundo le encaneció los primeros cabellos de la frente, una galera romana la conducía en su interior, en calidad de humilde sierva.

En el año 68, cuando las persecuciones al Cristianismo eran intensas, vamos a encontrar, en uno de los espectáculos sucesivos del circo, a una vieja discípula del Señor amarrada a un poste de martirio, al lado de un hombre nuevo, que era su hijo. Ante el vociferar del pueblo, fueron ordenadas las primeras flagelaciones.

— ¡Abjura!… — exclama un ejecutor de las órdenes imperiales, de mirada cruel y sombría.

La antigua discípula del Señor contempla el cielo, sin una palabra de negación o de queja. Entonces el látigo vibra sobre el joven semidesnudo, que exclama, entre lágrimas: «— ¡Repudia a Jesús madre mía!… ¿¡No ves que nos perdemos?! ¡Abjura! ¡Por mí, que soy tu hijo!..»

Por la primera vez, de los ojos de la mártir corrió una fuente abundante de lágrimas. Los ruegos del hijo son espadas de angustia que le destrozan el corazón.

— ¡Abjura!… ¡Abjura!

Juana escucha aquellos gritos, recordando su vida entera. El hogar feliz y festivo, las horas de ventura, los disgustos domésticos, las emociones maternales, los fracasos del esposo, su desesperación y su muerte, la viudez, la desolación y las más duras necesidades… En seguida, ante los apelos desesperados del hijo, recordó que María también había sido madre y, viendo a su Jesús crucificado en el madero de la infamia, supo conformarse con los designios divinos. Sobre todo los recuerdos, como alegría suprema de su vida, le pareció escuchar aún al Maestro, en casa de Pedro, diciéndole:

— » ¡Anda hija! ¡Sé fiel!»

Entonces, poseída de fuerza sobrehumana, la viuda de Cusa contempló a la primera víctima ensangrentada y, fijando en el joven una mirada profunda e inexpresable, en su dolor y en su ternura, exclamó firmemente:

— ¡Calla hijo mío! Jesús era puro y no despreció el sacrificio. ¡Sepamos sufrir en la hora dolorosa, porque, antes de todas las felicidades transitorias del mundo, es necesario ser fiel a Dios!

En ese momento, con los aplausos delirantes del pueblo, los verdugos incendiaron a su alrededor, leñas impregnadas de resinas inflamables. En pocos instantes, las llamaradas llegaron a su cuerpo envejecido. Juana de Cusa contempló con serenidad la masa popular que no entendía su sacrificio. Los gemidos de dolor morían ahogados en el pecho oprimido. Los verdugos de la mártir la insultaban aún en la hoguera:

— ¿Tu Cristo supo apenas enseñarte a morir? — preguntó uno de los hombres.

La vieja discípula, concentrando su capacidad de resistencia, tuvo aún fuerzas para murmurar:

— ¡No apenas a morir, sino también a poder amarlos!…

En ese instante, sintió que la mano consoladora del Maestro le tocaba suavemente los hombros, y escuchó su voz cariñosa e inolvidable:

— ¡Juana, ten buen ánimo!… ¡Yo estoy aquí!..

Espíritu Humberto de Campos
Médium Francisco Cándido Xavier
Extraído del libro “Buena Nueva”
Traducido por Dr Luis M Coirnejo A.

1 comentario en “Juana de Cusa”

  1. Es interesante y muy edificante encontrar OBRAS de tan alto valor espiritual que solo pueden ser concedidas por Dios para satisfacer la ansiedad de quienes las necesitan para creer en DIOS

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