La doble vista. Conocimiento de porvenir

kardecSi en estado sonambúlico las manifestaciones del alma se hacen hasta cierto punto ostensible, sería absurdo imaginar que en estado normal estuviese aquella confinada en su envoltura de un modo absoluto, como el caracol en su concha. No es la influencia magnética la que la desarrolla, sino que la hace patente por la acción que ejerce en sus órganos. El estado sonambúlico no es siempre una condición indispensable para semejante manifestación, pues las facultades que hemos visto producirse en aquel estado se desarrollan a veces espontáneamente en estado normal en ciertos individuos. De aquí resulta para ellos la facultad de ver más allá del límite de los sentidos; perciben las cosas ausentes donde quiera que el alma extiende su acción; ven, si podemos servirnos de esta expresión, a través de la vista ordinaria, y los cuadros que describen, los hechos que relatan, se les presentan como por efecto de un espejismo. Este es el fenómeno conocido bajo el nombre de «doble vista».

En el sonambulismo, la clarividencia es producida por la misma causa, con la única diferencia de que, en ese estado, es limitada, independiente de la vista corporal, mientras que en los que están dotados de ella en estado de vela es simultánea. Casi nunca es permanente la doble vista; por punto general se produce espontáneamente, en ciertos momentos dados, sin ser efecto de la voluntad, y provoca una especie de crisis que a veces modifica sensiblemente el estado físico. La vista tiene algo de vaga, parece que se mira sin ver, y toda la fisonomía refleja una especie de exaltación.

Es de notar que las personas que gozan de esa facultad no se aperciben de ello; les parece natural como la de ver con los ojos; la consideran como un atributo de su ser, sin que bajo ningún concepto la reputen excepcional. Además, el olvido sigue a menudo a esa lucidez pasajera, cuyo recuerdo, haciéndose más y más vago, concluye por desaparecer como el de un sueño. Hay grados infinitos en la intensidad de la doble vista, desde la sensación confusa, hasta la percepción tan clara y neta como en el sonambulismo. Fáltanos un término para expresar este estado especial, y sobre todo para designar a los individuos que de él son susceptibles. Se ha empleado la palabra «vidente», y aunque no exprese exactamente la idea, la adoptaremos hasta nueva orden, a falta de otra mejor.

Si comparamos ahora los fenómenos de la clarividencia sonambúlica con la doble vista, compréndese que el vidente pueda tener percepción de las cosas ausentes; como el sonámbulo, ve a distancia, sigue el curso de los acontecimientos, juzga de su tendencia, y puede en ciertos casos, prever su resultado. Este don de la doble vista es el que, en estado rudimentario, da a ciertas personas el tacto, la perspicacia, una especie de seguridad en sus actos, que puede llamarse la certeza del golpe de vista moral. Más desarrollado despierta los pensamientos; algo más aún, presenta los acontecimientos, realizándose o a punto de realizarse, y llegado, en fin, a su apogeo, es el éxtasis en estado de vela.

Según dejamos dicho, el fenómeno de la doble vista es casi siempre natural y espontáneo; pero parece que tiene lugar con más frecuencia bajo la influencia de ciertas circunstancias. Los tiempos de crisis, de calamidad, de grandes emociones, todas las causas, en fin, que sobreexcitan la parte moral, provocan el desarrollo de aquel. Parece que la Providencia, en presencia de mayores peligros, multiplica a nuestro alrededor la facultad de prevenirlos.

Ha habido videntes en todos los tiempos y en todas las naciones; pero parece, sin embargo, que ciertos pueblos tienen naturalmente una mayor predisposición. Dícese que el don de la doble vista es muy común en Escocia. Con mucha frecuencia se observa también en las gentes del campo y en los habitantes de las montañas.

Los videntes han sido juzgados de diverso modo, según los tiempos, las costumbres y el grado de civilización. Para los escépticos son cerebros echados a perder, alucinados; las sectas religiosas los han constituido en profetas, sibilas y oráculos; en los siglos de superstición y de ignorancia, eran hechiceras a quienes se quemaba. Para el hombre sensato que cree en la potencia infinita de la naturaleza y en la inagotable bondad del Creador, la doble vista es una facultad inherente a la especie humana, por medio de la cual Dios nos revela la existencia de nuestra esencia inmaterial. ¿Quién no reconocerá un don de esta naturaleza en Juana de Arco, y en una multitud de otros personajes que la historia califica de inspirados?

Con frecuencia se ha hablado de las echadoras de cartas, que dicen cosas sorprendentes por su exactitud. Estamos muy lejos de constituirnos en panegiristas de los que dicen la buenaventura, que explotan la credulidad de los espíritus débiles, y cuyo lenguaje ambiguo se presta a todas las combinaciones de una imaginación excitada. Pero no es nada imposible que ciertas personas que se dedican a ese oficio, tengan el don de la doble vista, aun a pesar suyo, de modo que las cartas no son para ellas más que un medio, un pretexto, una base de conversación. Hablan según lo que ven, y no según lo que indican las cartas que apenas miran. Lo mismo sucede con los otros medios de adivinación, tales como las líneas de la mano, los posos del café, la clara de huevo y otros símbolos místicos. Las líneas de la mano tienen quizá más valor que todos los otros medios, no por sí mismas, sino porque los presuntos adivinos, si están dotados de la doble vista, al tomar y palpar la mano del que los consulta, se encuentran en relación más directa con él, como sucede en las consultas sonambúlicas.

Puede colocarse a los médiums videntes en la categoría de las personas que gozan de la doble vista. Como estos últimos, los médiums videntes creen, en efecto, ver con los ojos, pero en realidad es el alma la que ve, y he aquí la razón por qué ven igual con los ojos abiertos que cuando los tienen cerrados; de lo que se sigue necesariamente que un ciego podría ser médium vidente lo mismo que uno que tenga la vista intacta. Sería interesante estudiar si semejante facultad es más frecuente en los ciegos. Nos inclinamos a creerlo, atendiendo a que, como podemos convencernos por la experiencia, la privación de comunicar con el mundo exterior, por falta de ciertos sentidos, da en general más fuerza a la facultad de abstracción del alma, y por consiguiente, mayor desarrollo al sentido íntimo con el que nos ponemos en comunicación con el mundo espiritual.

Los médiums videntes pueden, pues, ser asimilados a las personas que gozan de la vista espiritual, pero sería acaso muy absoluto considerar a estos últimos como médiums; porque consistiendo la mediumnidad únicamente en la intervención de los espíritus, lo que hacemos por nosotros mismos no puede considerarse como un acto medianímico. El que posee la vida espiritual ve con su propio espíritu, y nada implica para la extensión de su facultad la necesidad del concurso de un espíritu extraño. Dado esto, examinemos hasta qué punto la facultad de la doble vista puede permitirnos descubrir las cosas ocultas y penetrar el porvenir.

En todos los tiempos los hombres han querido conocer el porvenir, y se recopilarían volúmenes sobre los medios inventados por la superstición, para levantar el velo que cubre nuestro destino. Ocultándonoslo, la naturaleza ha sido muy sabia. Cada uno de nosotros tiene su misión providencial en la gran colmena humana, y concurre a la obra común en la esfera de su actividad. Si anticipadamente supiésemos el fin de cada cosa, no cabe duda que se resentiría de ello la armonía general. Un porvenir feliz asegurado privaría al hombre de toda actividad, puesto que no tendría necesidad de ningún esfuerzo para llegar al fin que se propone: su bienestar, todas sus fuerzas físicas y morales serían paralizadas, y la marcha progresiva de la humanidad sería detenida. La certeza de la desgracia produciría las mismas consecuencias por causa del decaimiento; cada uno renunciaría a la lucha con el fallo definitivo del destino.

El conocimiento absoluto del porvenir sería pues, una dádiva funesta que nos conduciría al dogma de la fatalidad, el más peligroso de todos, el más antipático al desarrollo de las ideas. La incertidumbre del momento de nuestro fin en la tierra es lo que nos hace trabajar hasta el último latido de nuestro corazón. El viajero arrastrado por un vehículo se entrega al movimiento que ha de conducirle al término de su viaje, sin pensar en desviarlo porque conoce su impotencia. Tal sería el hombre que conociese su destino irrevocable. Si los videntes pudieron infringir esta ley de la Providencia, serían iguales a Dios; de modo, que no es esa su misión.

En el fenómeno de la doble vista, estando el alma separada parcialmente de la envoltura material que limita nuestras facultades, no existe para ella duración ni distancias: abrazando el tiempo y el espacio, todo se confunde en el presente. Libre de sus trabas, juzga de las causas y de los efectos mejor que nosotros; ve las consecuencias de las cosas presentes y puede hacérnoslas presentir. En este sentido debe entenderse el don de presciencia atribuido a los videntes. Las previsiones no son más que resultado de una conciencia más clara de lo que existe, y no una predicción de cosas fortuitas sin relación con el presente; es una deducción lógica de lo conocido para llegar a lo desconocido, que depende a menudo de nuestro modo de observar. Cuando un peligro nos amenaza, si se nos advierte, estamos en disposición de hacer lo necesario para evitarlo; tócanos a nosotros hacerlo o no. En semejante caso, el vidente se halla en presencia del peligro que nos está oculto, lo señala, indica el medio de evitarlo, pero si no se hace, el acontecimiento sigue su curso.

Supongamos un coche en un camino que conduce a un abismo que el conductor no puede ver. Es evidente que si nada lo hace desviar, se precipitará en él. Supongamos, por otra parte, un hombre colocado de modo que, a vista del pájaro, domina el camino; que ese hombre, viendo la muerte inevitable del pasajero, pueda advertirle que se detenga o retroceda a tiempo: el peligro está conjurado. Desde su posición, que domina el espacio, ve lo que el viajero, cuya vista está circunscrita por los accidentes del terreno, no puede distinguir; puede ver si una causa fortuita evitará la caída, y conoce anticipadamente, por lo tanto, el resultado del acontecimiento, pudiendo así predecirlo.

Si el mismo hombre, colocado en la cima de un monte, ve desde lejos un ejército enemigo que sigue el camino de una población que quiere incendiar, le será fácil, calculando el espacio y la rapidez, prever el momento de la llegada del ejército. Si bajando a la población, dice sencillamente: «A tal hora será incendiada la población», realizado el hecho, pasará aquel entre la multitud ignorante por un adivino, un hechicero, siendo así que no ha hecho más que ver lo que los otros no podían ver, de lo cual ha deducido la consecuencia. Pues lo mismo que semejante hombre, el vidente abraza y sigue el curso de los acontecimientos; no prevé por medio de la adivinación el resultado, sino que lo ve; y así puede decir si estamos en buen camino, indicarnos el mejor y anunciarnos lo que al fin encontraremos. Viene a ser para nosotros el hilo de Ariana que nos enseña la salida del laberinto.

Como se ve, hay mucha distancia de esto a la predicción propiamente dicha, tal como la entendemos en la acepción vulgar de la palabra. En nada se menoscaba el libre albedrío del hombre, que queda siempre dueño de obrar o no, que realiza o no los acontecimientos por su voluntad o por su inercia. Se le indica el medio de llegar al fin; a él le toca emplearlo. Suponerle sometido a una fatalidad inexorable en los menores sucesos de su vida, es desheredarle de su más bello atributo, la inteligencia, y asimilarle al bruto. El vidente no es, pues, un adivino; es un ser que percibe lo que nosotros no vemos; viene a ser para nosotros el perro que guía al ciego. En este punto nada contradice las miras de la providencia sobre el secreto de nuestro destino; ella misma es quien nos da guía. Tal es el aspecto bajo el cual debe mirarse el conocimiento del porvenir en las personas dotadas de doble vista. Si este porvenir fuese fortuito, si dependiera de lo que llamamos la casualidad, si de ningún modo se relacionase con las circunstancias presentes, ninguna clarividencia podría penetrarlo, y no habría previsión que ofreciese alguna certeza en este caso. El evidente, el vidente serio, y no el charlatán que lo imita; el verdadero vidente, decimos, no dice lo que el vulgo llama la buenaventura; prevé el resultado del presente, nada más y esto es bastante.

¡Cuántos errores, falsas determinaciones y tentativas inútiles nos evitaríamos, sin tuviésemos siempre una guía segura que nos ilustrase; cuántos hombres están fuera de su centro en el mundo por no haber sido puestos en el camino que la naturaleza trazó a sus facultades! ¡Cuántos dejan de obtener buenos resultados por haber cedido a solicitaciones perniciosas, o por haber seguido los consejos de una obstinación irreflexiva! Una persona clarividente hubiese podido decirles: «No emprendáis tal cosa; porque no conviene ni a vuestro carácter, ni a vuestra constitución física, o porque no seréis secundados conforme lo necesitáis, o bien porque os equivocáis acerca de la trascendencia del asunto, pues encontraréis tal dificultad que no preveis». En otras circunstancias, diría: «Saldréis bien en tal cosa, si os portáis de este o de aquel modo, si evitáis tal paso que podría comprometeros». Sondeando las disposiciones y los caracteres, diría: «Desconfiad de tal celada que quieren tenderos», y añadiría: «Ya estáis prevenidos, he cumplido mi misión; os señalo el peligro; si sucumbís, no acuséis a la suerte, ni a la fatalidad, ni a la Providencia, sino a vosotros mismos. ¿Qué puede hacer el médico, cuando el enfermo no toma en cuenta sus avisos?»

Los Fundamentos del Espiritismo
Allan Kardec

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