Dos niños

amaliaUna tarde, y casi a la misma hora, mi tranquilo gabinete de trabajo fue invadido por dos familias, compuesta la primera de un matrimonio joven y dichoso, con un hijo que cuenta medio año: quizá no me hubiera fijado tanto en estudiar su dicha, si no hubiese visto junto a ellos a dos mujeres y un niño de cuatro meses, madre, hija y nieto, tres personas distintas y una sola calamidad verdadera, en cuyos semblantes aparecían las huellas de profundas amarguras.

La alegría del matrimonio feliz y del hijo sonriente realzaba la desgracia del grupo infeliz. ¡Siempre el contraste entre la luz y las sombras, la felicidad y el dolor! Hay tantos desheredados y tristes seres en el mundo, que los felices pueden considerarse como rayos de sol iluminando las densas brumas de la Humanidad.

El marido dichoso, abogado de profesión, dijome con encantadora franqueza:

-Amiga mía: aquí tiene usted a la mujer de mis sueños, Antonieta, a quien, como usted sabe, he amado desde niño; por quien he suspirado en mi adolescencia y llorado en mi juventud. ¿Recuerda, Amalia, cuando yo venía a contarle mis inquietudes amorosas? Ya todas concluyeron, ya me he unido a la mujer adorada; y como si no fuera bastante el lazo de nuestro amor, este niño ha venido a echar un doble nudo en los lazos que nos unen, despertando al mismo tiempo mi afán por el trabajo. ¡Oh!, sí, ahora quiero trabajar mucho en mi profesión; me voy con mi esposa y mi hijo a Filipinas; no anhelo que seamos ricos, pero sí tener recursos para que mi heredero sea bien educado e instruido, para que sea útil a los demás y a sí mismo. Quiero que sea también un apóstol del librepensamiento, espiritista, y para lograrlo, cuento con un poderoso auxiliar, porque mi Antonieta es una espiritista convencida. Los dos pensamos de un mismo modo. Nuestros espíritus tienen idénticas aspiraciones. Somos dos almas gemelas, y confío que nuestro hijo tendrá nuestro mismo carácter y nuestras mismas opiniones. Mire usted sus ojos, se asemejan a los de Antonieta; es cariñoso y comunicativo como ella; y yo, con tal que en todo se parezca a la madre, me creeré el hombre más afortunado.

Yo le escuchaba embebecida, mirando alternativamente a él, a su esposa y al tierno infante, y jamás he visto seres más expansivos y risueños, especialmente el niño, que dirigía dulces sonrisas, no sólo a sus padres, sino a cuantos le rodeaban: a todos tendía los bracitos alegremente; a todos acariciaba con sus manitas regordetas; a veces miraba fijamente algunos retratos, extendía hacia ellos su diestra y balbuceaba palabras ininteligibles, como si se diera cuenta de aquello en que ponía sus ojos.

Por lo contrario, el otro niño, que estaba en brazos de su abuela, tenía la cabeza reclinada en el hombro de aquélla, y nada más triste que la expresión de su rostro. Sus ojos grandes y sombríos, desmesuradamente abiertos, no tenían brillo, y su boca, entreabierta, parecía que iba a exhalar un hondo gemido o alguna maldición. Mirábale el niño feliz y le hablaba en su lengua; acercároslos más y le tendió sus infantiles brazos y le besó cariñosamente, pero no halló correspondencia: el desgraciado en miniatura ni levantó la cabeza, ni se sonrió, ni hizo el menor movimiento en señal de alegría; todo le era indiferente.

-Pero, hombre -le decía la abuela-, ¿qué tienes?, ¿por qué no correspondes a las caricias de ese hermoso niño?

-Siempre está triste mi hijo -añadió la madre con acento melancólico-, rara vez se ríe, y lo que me causa más pena es verle de continuo con la cabeza caída: parece un hombre abrumado por los pesares más hondos; tiene una mirada tan triste… tan profundamente triste… que al contemplarle se me llenan los ojos de lágrimas. ¡Pobre hijo mío!

El matrimonio feliz la miró compasivamente, acariciaron al niño, y luego se habló de lo que suele hablarse en sociedad cuando hay pequeñuelos de por medio, que todo se reduce a contar las madres lo que padecieron en el acto del alumbramiento, explicar las gracias de sus hijos y ponderar los afanes y los desvelos que cuestan. Mientras ellas hablaban, yo miraba a los dos niños y pensaba:

He aquí dos seres que aún no han pecado: ¿por qué uno sonríe satisfecho, escudriñándolo todo con la vista, y el otro reclina tristemente su cabecita en el hombro de su abuela, indiferente a todo cuanto le rodea? ¡En el uno, todo es vida y movimiento; en el otro, cansancio, hastío, languidez!… El uno tiene un padre amoroso, que sólo piensa en trabajar para que su hijo viva feliz; el otro, ni aun lleva el apellido del autor de sus días, pues éste, rehuyendo todo compromiso social, se ha negado en absoluto a reconocer a su hijo, fruto ilícito. Este niño es hijo del misterio; no havenido a alegrar una familia, no ha sido esperado con alborozo: su madre ha temblado de angustia al estrecharlo en sus brazos; su abuela le ha bautizado con su llanto, y el pobrecito, nacido entre abrojos, parece que se siente herido por las punzantes espinas; diríase que ya le abruma el peso de su infortunio y su deshonra.

II

El matrimonio feliz se fue primero, y el hijo enigmático reposó en mi lecho largo rato; como a mí el dolor me atrae, por ser profesora en esa especialidad infortunada, me senté junto al niño melancólico para contemplarlo y preguntarle: ¿Qué has hecho ayer, que tan poco has merecido hoy?

El niño me miró sonriéndose y balbuceó muchas palabras, muchas, accionando y gesticulando animadamente: su madre me aseguró que nunca le había visto tan risueño y expansivo. Yo le hablaba como si el niño pudiera entenderme:

-Mira, si tu padre te ha negado su apellido, es necesario que tú te conquistes otro más ilustre que el nobilísimo de tu padre. Cuando nada se posee en la Tierra, es cuando el espíritu ha de conquistarlo todo con su inteligencia y virtud.

Como si mis pensamientos llegaran a su alma, el niño me contestaba balbuceando palabras intraducibles. ¡Quién sabe lo que él me diría! Lo cierto es que su rostro se animaba y en sus labios se dibujaba dulcísima sonrisa. Y yo continuaba diciéndole:

-Sí, hijo mío; acaso tengas una larga historia: todos la tenemos, todos. Las primeras líneas del capítulo que has venido a escribir en esta existencia, son bien tristes; nada más amargo que no encontrar, al nacer, un hogar tranquilo y una familia honrada, no poder llevar el apellido de un padre y recibir por bautismo el llanto de una madre abandonada, arrepentida y desolada. Así has nacido tú, ¡pobre criatura!, víctima de la crueldad de un hombre y de la injusticia social, que hace pesar sobre las víctimas la infamia que debía recaer en el verdugo. Eres amado; pero a nadie has alegrado con tu venida; has entrado en este mundo, huérfano; tú tienes que creártelo todo, nombre, familia y posición. A tu padre no le preocupa ni tu educación ni tu porvenir; tú has de procurártelo todo. Pero el progreso no cierra a nadie sus caminos; para él no hay desheredados, y son tanto más gloriosos los fines del hombre que se lo gana todo por sus virtudes y personal trabajo, cuanto más humildes y procelosos fueron sus principios. Quedarse en el polvo en que se ha nacido, no es vivir; salir del lodo y remontar el vuelo, es cumplir nuestra misión humana. En su inteligencia y en su sentimiento tiene el hombre todos los elementos de su dicha: son las alas con que ha de remontarse a los cielos inmortales de la gloria; son las riquezas de que hablaba Jesús, que ni el orín ni la polilla las consume, ni los ladrones las desentierran y hurtan. ¡Sé bueno para ser justo; sé sabio para ser grande!

El niño me miraba, y a intervalos me interrumpía con su lenguaje en balbuceos, y yo continuaba con el mayor entusiasmo, como si el inocente niño pudiera comprenderme. Este hijo del misterio es el primer niño que ha reposado en mi lecho. El ángel de hoy, ¡quién sabe lo que será mañana!… ¡Quizá un asesino!… ¡Tal vez un redentor!

Amalia Domingo Soler
Extraído del libro “Cuentos Espiritas”

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