Explicación del fenómeno de la lucidez

allan_kardecSiendo las percepciones que tienen lugar en estado sonambúlico de otra naturaleza que las del estado de vela, no pueden ser transmitidas por los mismos órganos. Es constante que en tal estado, la visión no se efectúa por los ojos, que por otra parte y generalmente están cerrados, y que hasta pueden ponerse al abrigo de los rayos luminosos, de modo que se aleje toda sospecha. La visión a distancia y a través de los cuerpos opacos excluye además el uso posible de los órganos ordinarios de la visión. Preciso es, necesariamente, admitir en el estado de sonambulismo el desarrollo de un nuevo sentido, origen de las facultades y percepciones nuevas que nos son desconocidas, y de las que sólo por analogía y raciocinio podemos darnos cuenta. Como se concibe, nada hay de imposible en esto; pero, ¿dónde reside ese sentido? He aquí lo que no es fácil determinar con exactitud. Ni siquiera los mismos sonámbulos dan sobre el particular una indicación precisa. Los hay que para ver mejor se aplican los objetos al epigastrio; otros los llevan a la frente, otros al occipucio. Parece, pues, que ese sentido no está circunscrito a un lugar determinado, y, sin embargo, es cierto que su mayor actividad reside en los centros nerviosos. Lo positivo es que el sonámbulo ve. ¿Por dónde y cómo? Ni él mismo puede decirlo.

Observemos, empero, que, en estado sonambúlico, los fenómenos de la visión y las sensaciones que la acompañan son esencialmente diferentes de las que tienen lugar en estado ordinario, y así no nos serviremos de la palabra «ver» más que por comparación y a falta de un término, que, para designar una cosa desconocida, no poseemos.

Un pueblo de ciegos de nacimiento no tendría palabras para expresar la idea de la luz, y referiría las sensaciones que hace experimentar a alguna de las que comprende, por estar sometido a ellas. Procurábase explicar a un ciego la impresión viva y brillante de la luz sobre los ojos, a lo que contestó: «Ya comprendo; viene a ser como el sonido de la trompeta». Otro, algo más prosaico sin duda, a quien quería dar a comprender la emisión de los rayos en haces o conos luminosos, respondió: « ¡Ah… como un pilón de azúcar! ».

Respecto de la lucidez sonambúlica, nosotros estamos en las mismas condiciones; somos verdaderos ciegos, y como éstos, por lo que a la luz toca, comparamos aquella a lo que tiene más analogía con nuestra facultad visual; pero, si queremos establecer una analogía absoluta entre las dos facultades, y juzgar la una por la otra, nos engañamos necesariamente como los dos ciegos que acabamos de citar. Y este es el error de casi todos los que, según dicen, procuran convencerse por medio de experimentos: quieren someter a clarividencia sonambúlica a las mismas pruebas que la vista ordinaria, sin pensar en que no hay más relación entre ellas que el nombre que les damos; y como no siempre responden los resultados a sus esperanzas, encuentran que es más sencillo la negación.

Si procedemos por analogía, fuerza nos es decir que el fluido magnético, diseminado en toda la naturaleza y cuyos principales focos parece ser los cuerpos animados, es el vehículo de la clarividencia sonambúlica, como el fluido luminoso es el vehículo de las imágenes percibidas por nuestra facultad visual. Y del mismo modo que el fluido luminoso hace transparentes los cuerpos que libremente atraviesa, penetrando el fluido magnético todos los cuerpos sin excepción, no los hay opacos para los sonámbulos. Tal es la explicación más sencilla y material de la lucidez, considerada desde nuestro punto de vista. La creemos exacta, porque el fluido magnético desempeña incontestablemente un papel importante en ese fenómeno; pero no basta para explicar todos los hechos. Otra hay que los comprende todos, pero para cuya inteligencia son indispensables algunas explicaciones preliminares.

En la visión a distancia, el sonámbulo no distingue un objeto lejano como podríamos hacerlo nosotros valiéndonos de un anteojo. «No es el objeto el que se acerca a él por medio de una ilusión óptica»; «él es quien se acerca al objeto». Lo ve como si precisamente estuviese a su lado; se ve como él mismo en el lugar que observa; en una palabra, se transporta allí. En semejante momento, su cuerpo parece anonadado, su palabra es más débil, el sonido de la voz tiene algo de extraño; parece que se apaga en él la vida animal; la vida espiritual está por completo en el lugar a donde la transporta el pensamiento; sólo la materia se encuentra en el mismo sitio. Hay, pues, una porción de nuestro ser que se separa de nuestro cuerpo para transportarse instantáneamente a través del espacio, conducida por el pensamiento y la voluntad. Esta porción es inmaterial evidentemente, pues de no ser así, produciría algunos de los efectos de la materia, y esta parte de nosotros mismos es lo que llamamos «alma».

Sí es el alma la que da al sonámbulo las facultades maravillosas de que goza; el alma que, en circunstancias dadas, se manifiesta aislándose en parte y momentáneamente de su envoltura corporal. Para cualquiera que haya observado atentamente los fenómenos del sonambulismo en toda su pureza, la existencia del alma es un contrasentido demostrado hasta la evidencia. Así, pues, puede decirse con cierta razón, que el magnetismo y el materialismo son incompatibles.

Si hay algunos magnetizadores que parecen separarse de esta regla, y que profesan las doctrinas materialistas, es porque sin duda no han hecho más que un muy superficial estudio de los fenómenos físicos del magnetismo, y porque no han buscado seriamente la solución del problema de la visión a distancia. Como quiera que sea, nunca hemos visto un solo «sonámbulo» que no estuviese penetrado de un profundo sentimiento religioso «cualquiera que pudiesen ser sus opiniones en estado de vela».

Volvamos a la teoría de la lucidez. Siendo el alma el principio de las facultades del sonámbulo, en ella reside por fuerza la clarividencia, y no en tal o cual parte circunscrita de nuestro cuerpo. He aquí por qué el sonámbulo no puede designar el órgano de su facultad, como designaría el ojo para la visión exterior; ve por toda su alma, pues la clarividencia es uno de los atributos de todas las partes del alma, como la luz es uno de los atributos de todas las partes del fósforo. En donde quiera que pueda penetrar el alma, existe clarividencia; de aquí la lucidez de los sonámbulos a través de todos los cuerpos, de las más espesas envolturas y a todas las distancias.

Una objeción se presenta naturalmente a este sistema y debemos apresurarnos a contestar a ella. Si las facultades sonambúlicas son las mismas del alma separadas de la materia, ¿por qué no son constantes? ¿Por qué ciertas personas son más lúcidas que otras? ¿Por qué en un mismo sujeto es variable la lucidez? Concíbese la imperfección física de un órgano; pero no la del alma. El alma está unida al cuerpo por lazos misteriosos que no nos había sido dado conocer antes que el Espiritismo nos hubiese demostrado la existencia y funciones del periespíritu. Habiendo sido tratada especialmente esta cuestión en la «Revista» y obras fundamentales de la doctrina, no nos detendremos mucho en ella, limitándonos a decir que por nuestros órganos materiales se manifiesta el alma a lo exterior. En nuestro estado normal, estas manifestaciones están naturalmente subordinadas a la imperfección del instrumento, del mismo modo que el mejor obrero no puede hacer una obra perfecta con malos utensilios. Por admirable que sea la estructura de nuestro cuerpo, cualquiera que haya sido la previsión de la naturaleza respecto de nuestro organismo para el desempeño de las funciones vitales, hay mucha diferencia entre esos órganos sometidos a todas las perturbaciones de la materia, y la sutileza de nuestra alma. Por todo el tiempo que el alma está unida al cuerpo, sufre las trabas y vicisitudes de éste.

El fluido magnético no es el alma; es un lazo, un intermediario entre el alma y el cuerpo, y por su mayor o menor acción sobre la materia hace el alma más o manos libre. De aquí la diversidad de facultades sonambúlicas. El sonámbulo es el hombre que no está despojado más que de una parte de sus vestidos, y cuyos movimientos están entorpecidos aún por los que le quedan. El alma no tendrá su plenitud y la entera libertad de sus facultades hasta que haya sacudido las últimas envolturas terrestres, como la mariposa salida de su crisálida.

Si hubiese un magnetizador bastante poderoso para dar al alma una libertad absoluta, se rompería el lazo terrestre y su consecuencia inmediata sería la muerte. El sonambulismo nos hace poner, pues, un pie en la vida futura; levanta una punta del velo bajo el que se ocultan las verdades que hoy nos hace entrever el Espiritismo; pero no lo conoceremos en su esencia hasta que no estemos completamente libres del velo material que en la tierra la obscurece.

Los fundamentos del Espiritismo
Allan Kardec.

 

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