Las cenizas se esparcieron

auto-de-feMientras el fuego se apagaba en la pira del auto de fe de Barcelona, otro aún más intenso se encendía en la opinión pública. Cuando la hoguera terminó de consumir las trescientas publicaciones espíritas, el cura y sus auxiliares se retiraron cubiertos por el abucheo de la muchedumbre, que gritaba: «¡Abajo la inquisición!», mientras varias personas se acercaban para recoger las cenizas, que se esparcieron. Nada faltó para que aquel acto tuviera amplia repercusión. Además de la pompa y del ceremonial siniestro, el auto de fe se realizó en la culta y liberal Barcelona, justamente en la Ciudadela, considerada un infame símbolo de represión.

Esa circunstancia fue resaltada por el periódico madrileño La Discusión, en su edición del 23 de octubre de 1861: Es una gran torpeza ir a quemar libros, pero es una torpeza mayor quemarlos en Barcelona. En esa ciudad del trabajo no hay el ridículo histerismo neo-católico que suele producir la ociosidad y el vicio en algunos espíritus enfermizos y apocados. En esa ciudad de la industria, la civilización está muy adelantada, y todo el mundo sabe que es un sacrilegio atentar a la inviolabilidad del pensamiento humano. En esa ciudad donde el partido liberal, en sus dos grandes subdivisiones de demócratas y progresistas, está en una inmensa mayoría, no puede haber esos ridículos murciélagos que andan aquí por las telarañas de Madrid. Por eso muchos honrados ciudadanos han recogido las cenizas, y se las han llevado sin duda para decir a sus hijos: «nosotros acabamos con la Inquisición; acabad vosotros una obra mas fácil, la obra de borrar del espacio sus ridículos residuos».

La repercusión del auto de fe de Barcelona fue tan significativa que el episodio se volvió objeto de disputas políticas y de debates acalorados en la prensa. Mientras los periódicos y las personalidades que simpatizaban con la oposición condenaban la quema de los libros espíritas y responsabilizaban al Gobierno, las autoridades y las publicaciones favorables a los líderes gubernamentales buscaban minimizar el ocurrido. De ese modo, en un mismo día, el 17 de octubre de 1861, mientras el periódico El Clamor Público denunciaba la «protección cada vez mas declarada que presta el Gobierno a la industria jesuítica de la quema de libros», La Españabuscaba quitarle importancia al episodio reproduciendo el
siguiente texto publicado por La Época: La oposición da las proporciones de un grave suceso político a un simple acuerdo de aduana. Parece que unos impresos introducidos por la de Barcelona han sido decomisados y mandados quemar, con cuyo motivo escusamos decir que vuelve a hablarse de los autos de fe, de Carlos II, de la inquisición y de otras lindezas tan oportunas como estas.

Ignoramos si, en efecto, eran espiritistas los libros que, contraviniendo a la legislación vigente, fueron detenidos en la aduana de Barcelona; lo que sabemos es que ciertos efectos decomisados que no pueden reexportarse, se queman y se quemaban aun en los tiempos de libertades mas amplias, y que es una verdadera inocentada el alarmarse por cosa tan ridícula e inofensiva.

El día siguiente, El Clamor Público criticó al periódico El Diario Español, que también había intentado minimizar el auto de fe de Barcelona, y destacó el peligro del precedente de la quema de las obras espíritas: Siéntese este precedente, y no tardará El Diario en ver quemados por inmorales todos los escritos en que no se defienda a outrance el absolutismo del derecho divino. Además del debate realizado con seriedad en la prensa, había manifestaciones caracterizadas por el sarcasmo, como este texto de Nemesio Fernández Cuesta, publicado en el periódico La América, del 24 de octubre de 1861: En los últimos días los periódicos de Barcelona nos han dado cuenta de la quema pública y solemne de 300 libros recogidos en la Aduana y condenados por el brazo eclesiástico a perecer en la hoguera. Varios de ellos eran tratados sobre los espíritus, y estaban en francés. ¡Con espíritus nos vienen los extranjeros! Ya habrán visto que somos poco espirituales. En francés nos venían a hablar… Sabido es que esa es una lengua que usan allá los extranjeros: el censor diría quod non intelligo nego y los condenó al fuego. Bien dicho, y que vuelvan por otra los señores franceses, que acá después de cobrarles los derechos de aduana, veremos lo que se ha de hacer con sus libros.

La discusión sobre el auto de fe de Barcelona llegó también al Congreso de Diputados y al Senado de España. Alcanzó una proporción tan importante como para que altas autoridades gubernamentales españolas tuvieran que dar explicaciones sobre el caso. Al pronunciarse sobre el asunto en el Senado, el Ministro de Gracia y Justicia, Santiago Fernández Negrete, afirmó que «no tenía la menor noticia» del episodio. Debido a la amplia repercusión de la quema de las obras espíritas, la declaración del Ministro pareció tan inverosímil que «[…] hizo estremecer de risa hasta a las columnas del salón». A pesar de haber declarado su desconocimiento, el Ministro Fernández manifestó su posición sobre el caso: […] no pasan de ser unos actos de policía fiscal, y los libros pueden y deben quemarse, como se quema el tabaco y otros géneros de contrabando o sepultarse en los sótanos del obispo.

Ese pronunciamiento ministerial no puso término al debate, sino más bien provocó más reacciones en las Cortes españolas, entre ellas la del senador Rodríguez Camaleño, que, indignado, afirmó que «[…] ni en la época de la revolución, ni en tiempo de Fernando VII, se dio el triste espectáculo de una quema de libros con la solemnidad que se ha hecho ahora». Ante la creciente importancia, incluso política, que se estaba dando a la quema de las obras espíritas, el Gobierno español sintió la necesidad de pronunciarse de nuevo. En discurso al Senado, el Ministro de la Gobernación, José de Posada Herrera, reiteró la estrategia de minimizar y despolitizar el episodio para eximir al Gobierno de cualquier responsabilidad: Con decir al Senado que ni el ministro de la Gobernación ni los gobernadores de dichas provincias han sabido nada hasta que lo han visto en los periódicos, está demostrado que esa quema no tiene propósito político, ni importancia en los mismos pueblos donde se verificó. […] En Barcelona la quema de libros se hizo como la de efectos de contrabando, pero sin que esto tuviera ninguna significación política.

En su pronunciamiento, el Ministro de la Gobernación también defendió el «derecho» de la Iglesia de censurar y quemar libros, pero intentó transferir la responsabilidad de la forma utilizada –un auto de fe– al empleado de aduanas: […] Como católicos reconocemos en la Iglesia el derecho de censurar los libros que conceptúa prohibidos. Nosotros sostenemos el principio que ha sostenido siempre la Iglesia católica, y que sostenía hasta Fr. Luis de León, a saber: que los libros malos son peores que las malas compañías, porque conversan a todas horas con el que los lee. Reconocido este principio, la quema se explica sencillamente; lo único que pudiera decirse es que el empleado de aduanas que dispuso ese acto, debió hacerlo de esta o de la otra manera.

En el Congreso de Diputados, el parlamentario González Serrano también buscó eximir tanto a la Iglesia como a las autoridades gubernamentales de la responsabilidad por el auto de fe de Barcelona. No obstante, a diferencia del Ministro de la Gobernación, destacó que era contraproducente prohibir libros: En cuanto a la quema de libros, la dureza de las leyes de aduanas da lugar a que los empleados inferiores cometan estos actos. […] En otro tiempo se leían más libros prohibidos que hoy, porque había más prohibiciones. Los libros se persiguen con refutarlos.

A pesar del reiterado intento del Gobierno y de sus aliados de acabar con la repercusión y politización del auto de fe de Barcelona, el debate siguió avanzando en el tiempo. Más de dos meses después del episodio, el diputado Salustiano Olózaga hizo un pronunciamiento contundente sobre el asunto: Hablamos ayer de la perversión del espíritu religioso explotado indignamente por ciertos hombres que imputan  a los demás las faltas que acaso estén en sus corrompidos corazones. Prueba de esa fatal tendencia es que después de mediado el siglo XIX, y con el consentimiento del gobierno, la autoridad eclesiástica ha venido a resucitar las hogueras de la Inquisición, ya que no puede hacerlo con las personas de sus autores, con los libros. Esa conducta nos deshonra a los ojos de Europa, y echa una mancha sobre el gobierno, que la consiente. El gobierno ¿se ha atrevido a aprobar esa tendencia? ¿Ha tomado la defensa de los que cometen tales atentados? No, señores. Ha adoptado el partido del desprecio, y ha dicho: eso no importa. Pero con achicar las cuestiones no se las puede oscurecer, y el hecho en sí es mas ignominioso que todas las sutilezas que pueden inventarse para disminuir su importancia.

Por lo tanto, el auto de fe de Barcelona, que tenía la finalidad de reprimir fuertemente el Espiritismo, alcanzó una repercusión tan importante que sirvió, en realidad, para divulgarlo ampliamente, aumentando, en grandes proporciones, el número de adeptos. A pesar de que pueden parecer sorprendentes, las consecuencias favorables del auto de fe de Barcelona para la divulgación del Espiritismo habían sido previstas por la espiritualidad superior. De hecho, luego del rechazo gubernamental a la petición para reexpedir las publicaciones a Francia y ante el intento frustrado de obtener el apoyo del consulado francés en Barcelona, Allan Kardec había consultado a su guía espiritual, quien le prenunció que el auto de fe produciría un inmenso beneficio para la divulgación del Espiritismo.

Poco después de la consumación del auto de fe, la previsión del guía espiritual de Allan Kardec fue confirmada por varios Espíritus en España, según dejó registrado José María Fernández Colavida: Muchas fueron las preguntas que se hicieron a los invisibles sobre el reprobado auto de fe, y las contestaciones que dieron nuestros hermanos de ultratumba, estuvieron acordes. «Esto que os parece una desgracia –decían los espíritus– es un gran bien para la propagación del Espiritismo[…]».

Un mensaje dictado espontáneamente por Santo Domingo, en la Sociedad Parisiense de Estudios Espíritas, dirigida por Allan Kardec, fue aún más revelador. Informó que fue la espiritualidad superior la que inspiró la realización del auto de fe de Barcelona con el propósito de impulsar la difusión del Espiritismo.

La estrecha visión terrenal no siempre comprende inmediatamente los designios superiores y los medios empleados por la espiritualidad para cumplirlos. Tiende a privilegiar los hechos en sí sobre las consecuencias, mientras que, desde el punto de vista espiritual, lo que importa son las consecuencias de los hechos. Según demuestra el episodio del auto de fe de Barcelona, las pruebas difíciles en el trabajo de divulgación del Espiritismo, debido a los grandes beneficios que producen al ser superadas, constituyen una de las formas por las cuales la ayuda espiritual puede manifestarse. Además, las informaciones espirituales sobre el auto de fe de Barcelona evidencian que, en el trabajo de divulgación del Espiritismo, el divulgador encarnado, a pesar de su visibilidad en el plano físico, es solamente el más diminuto de los miembros de un gran equipo, en el cual los que tienen el papel preponderante son los desencarnados. Aunque la visión espiritual es la que orienta el trabajo de divulgación del Espiritismo y los trabajadores desencarnados son los protagonistas, no se debe dejar de destacar el papel de Fernández Colavida en el episodio.

La espiritualidad superior inspiró la realización del auto de fe no solamente porque sería la mejor forma, en aquel contexto, de impulsar la divulgación del Espiritismo, sino también porque Fernández Colavida estaba preparado espiritualmente, debido a su comprensión y vivencia del Espiritismo, para triunfar sobre esa prueba de fuego. Las pruebas difíciles también son un reconocimiento a la capacidad que tiene el trabajador espírita de vencerlas.

Extraído del libro “Divulgación del Espiritismo”
Simoni Privato Goidanich

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