Controversia sobre la existencia de seres intermediarios entre el hombre y Dios

allankN., 4 febrero, 1867.

Querido maestro:

Hace algún tiempo que no os he dado señal de vida; las muchas ocupaciones que he tenido durante el tiempo de mi permanencia en Lyon no me han permitido estudiar ni juzgar como habría deseado el estado actual de la doctrina de este gran centro. Solamente he asistido a una reunión espiritista; sin embargo he podido asegurarme de que, en esos lugares, la fe primitiva es la que debe ser en los corazones verdaderamente sinceros.

En otros varios centros del Mediodía he oído discutir esta opinión emitida por algunos magnetizadores de que muchos de los fenómenos «llamados espiritistas», son sencillamente efectos del sonambulismo, y que el Espiritismo no ha hecho más que reemplazar al magnetismo, o más bien se ha cubierto con su nombre. Como podéis ver, esto es un nuevo ataque dirigido contra la mediumnidad. Así es, que según esas gentes, todo cuanto escriben los médiums es resultado de las facultades del alma encarnada; es ella la que, emancipándose momentáneamente, puede leer en él a distancia y prevé los sucesos; la que por un fluido pensamiento de los allí presentes; ella es la que ve magnético espiritual, agita, levanta, mueve las mesas, percibe los sonidos, etc.; todo, en una palabra, sería resultado de la esencia anímica sin intervención de los seres puramente espirituales.

Me diréis que no os enseño nada nuevo. Efectivamente; hace algunos años que yo mismo he oído sostener esta tesis a ciertos magnetizadores; mas hoy se trata de introducir esas ideas, que según mi opinión son contrarias a la verdad. Siempre es perjudicial caer en los extremos, como si los espiritistas negasen las leyes del magnetismo. No es posible arrebatar a la materia las leyes puramente espirituales.

¿Dónde cesa el poder del alma sobre los cuerpos? ¿Cuál es la parte de esta fuerza de la inteligencia en los fenómenos del magnetismo? ¿Qué parte tiene el organismo? He aquí varios problemas llenos de interés, cuestiones graves tanto para la filosofía como para la medicina.

Aguardando la solución de estos problemas, voy a citaros algunos pasajes de Charpignón, ese doctor de Orleans, que es partidario de la transmisión del pensamiento. Veréis como él mismo reconoce su impotencia para demostrar «en la visión propiamente dicha», que la causa proviene de la extensión del «simpático orgánico», como pretenden varios autores.

En la página 289, dice:

«Académicos, duplicad los trabajos de vuestros candidatos; moralistas, promulgad leyes para la sociedad; ese mundo que ríe de todo, que quiere su bienestar con desprecio de las leyes de Dios y de los derechos del hombre, burla vuestros esfuerzos; porque tiene a su servicio un poder que no sospecháis, y que habéis dejado crecer de tal manera, que ya no sois dueños de detenerle».

Página 323:

«Hasta aquí comprendemos bien el modo cómo se efectúa la transmisión del pensamiento, pero somos impotentes para comprender por medio de las leyes de simpatía armónica, el sistema por el cual forma el hombre en sí mismo tal o cual pensamiento, tal o cual imagen y esa multitud de objetos exteriores. Esto resulta de las propiedades del organismo, y encontrando la psicología en la facultad humana algo de antagonista con las propiedades del organismo, la hace depender de un ser substancial distinto de la materia. Empezamos ya a encontrar en el fenómeno del pensamiento algún vacío entre la capacidad de las leyes fisiológicas del organismo, y el resultado obtenido. El rudimento del fenómeno, si así podemos expresarnos, es muy fisiológico, pero su extensión verdaderamente prodigiosa «no lo es ya»; y aquí es necesario admitir que el hombre goza de una facultad que no pertenece a ninguno de ambos elementos materiales de que hasta ahora le hemos visto componerse. El observador de buena fe reconocerá desde este momento «una tercera parte» que entraría en la composición del hombre; parte que empieza a revelarse en él, bajo el punto de vista de la psicología magnética, por caracteres nuevos, y que se refieren a los que los filósofos conceden al alma.

»Empero la existencia del alma se encuentra suficientemente demostrada por el estudio de algunas otras facultades del sonambulismo magnético. Por ejemplo, la visión a distancia, cuando es completa y está libre de la transmisión del pensamiento, no podría, según nuestra opinión, explicarse por la extensión del simpático orgánico».

Después, en la página 330, dice:

«Como se ve, teníamos grandes motivos para adelantarnos hasta decir, que el «estudio» de los fenómenos magnéticos tenía mucha relación con la filosofía y la psicología. Señalamos, pues, un «trabajo» al cual deseamos se dediquen los hombres especiales».

En los siguientes pasajes se trata de los seres inmateriales y de sus relaciones posibles con nosotros.

Pág. 349: «Queda fuera de duda para nosotros, precisamente por motivo de las leyes psicológicas que hemos extractado en este trabajo, que el alma humana puede ser iluminada directamente, ya sea por Dios, ya «por otra inteligencia». Creemos, pues, que esta comunicación sobrenatural puede tener lugar, tanto en el estado normal, como en el extático; bien sea espontánea o artificial».

Pág. 351: «Volvemos a decir que la previsión natural al hombre es limitada, y no podía ser tan precisa, constante, ni tan largamente expuesta como las previsiones que han expuesto los profetas sagrados, o las que han tenido lugar por una inteligencia superior al alma humana».

Pág. 391: «La ciencia y la creencia en el mundo sobrenatural, son dos términos antagonistas; empero no vacilamos en confesar, que es únicamente con motivo de las exageraciones que han surgido de ambas partes. Es posible, según nosotros, que la ciencia y la fe hagan alianza, y entonces el espíritu humano se hallará al nivel de su perfectibilidad terrestre».

Pág. 396: «El Antiguo, como el Nuevo Testamento, y los anales de la historia de todos los pueblos, están llenos de hechos que no pueden explicarse de otra manera más que por la acción de «seres superiores» al hombre; por de pronto, los estudios antropológicos, metafísicos y ontológicos prueban la realidad de la existencia de «seres inmateriales» entre el hombre «y Dios» y la posibilidad de su influencia sobre la especie humana».

Ver ahora la opinión de uno de los más autorizados, respecto del magnetismo, sobre la existencia de seres fuera de la humanidad. Es un extracto hecho de la correspondencia de Deleuze con el doctor Billot:

«El único fenómeno que parece establecer la comunicación con los seres inmateriales, son las apariciones. Hay muchos ejemplos, y como estoy con razones para negar la posibilidad de la aparición de vencido de la inmortalidad del alma, no encontró personas, que habiendo abandonado esta vida, «se ocupan de aquellos que han amado» y vienen a presentarse a ellos para darles consejos saludables».

El doctor Ordinaire de Macon, otra autoridad en esta materia, se expresa así:

«El fuego sagrado, la influencia secreta (de Bouleau), la inspiración, en fin, no provienen, pues, de tal o cual protuberancia, ni de tal o cual contextura, como pretenden los frenólogos; sino de un alba poética, «en relación con un genio más poético aún». Lo mismo sucede con la música, la pintura, etc. Esas inteligencias superiores, ¿no serían almas emancipadas de la materia, elevándose gradualmente a medida que se depuran, hasta la grande, la universal inteligencia que las abraza todas, hasta Dios? Nuestras almas, «después de varias emigraciones», ¿no se colocarían entre esos seres inmateriales?»

Concluimos, dice el mismo autor, de lo que precede: que el estudio del alma está aún en la niñez; que, pues que desde el pólipo hasta el hombre, existe una serie de inteligencias, y que nada se interrumpe bruscamente en la naturaleza, debe racionalmente existir desde el hombre hasta Dios otra serie de inteligencias. El hombre es el eslabón que une las inteligencias inferiores asociadas a la materia, a las inteligencias superiores inmateriales. Desde el hombre a Dios se encuentra una serie parecida a la que existe del pólipo al hombre, es decir, una serie de seres etéreos más o menos perfectos, gozando de diversas especialidades, y que tienen empleos y funciones distintas.

«Que esas inteligencias superiores se revelan tangiblemente en el sonambulismo artificial.

»Que esas inteligencias sostienen relaciones íntimas con nuestras almas;

»Que esas inteligencias es a quien «debemos nuestro remordimiento» cuando hemos obrado mal, y nuestra satisfacción cuando hemos efectuado una buena acción;

»Que las buenas inspiraciones que reciben los hombres superiores las debe a esas inteligencias;

»Que a esas inteligencias deben los estáticos la facultad de prever el porvenir y de anunciar los suecos futuros;

»Y por último, que para obrar bien esas inteligencias y hacerlas propicias, «la virtud y la oración» tienen una acción poderosa».

Observación. La opinión de hombres semejantes, y no son los únicos, tienen sin duda un valor que nadie puede negar; empero, esto no sería más que una opinión más o menos racional si la observación no viniese a confirmarla. El Espiritismo se encuentra por completo en los pensamientos que acabamos de citar; únicamente viene a completarlos por medio de observaciones especiales, y coordinarlos, dándoles la sensación de la experiencia.

Los que se obstinan en negar la existencia del mundo espiritual, y que sin embargo, no pueden negar los hechos, se deshacen buscando la causa exclusiva en el mundo corporal; empero una teoría, para que sea verdad, dar la razón de todos los hechos que con ellas se relacionan; una sola contradicción en uno de los hechos, la destruye, porque en la naturaleza no hay excepciones. Esto precisamente es lo que ha sucedido a la mayor parte de aquellas que han sido imaginadas al principio para explicar los fenómenos espiritista; casi todas han caído una tras otra ante los hechos que no podían abrazar. Después de haber agotado, sin resultado, todos los sistemas obligados a acogerse a las teorías espiritistas como las más concluyentes, porque no habiendo sido formuladas tampoco prematuramente ni sobre observaciones hechas a la ligera, abrazan todas las variedades y todas las clases de fenómenos. Lo que ha hecho aceptar tan rápidamente por la gran mayoría, es que cada uno ha encontrado la solución completa y satisfactoria de aquello que había buscado inútilmente en otra parte.

Sin embargo, hay muchos que aun las rechazan: tiene esto de común con todas las grandes ideas nuevas, que vienen a cambiar las costumbres y creencias, encontrando todas por largo tiempo contradictoras encarnizadas, aun entre los hombres más ilustrados. Pero llega un día en que lo que es verdad, vence algo que es falso, y entonces se admiran de la oposición que se le había hecho; este es muy natural. Lo mismo sucederá con el Espiritismo; teniendo presente, que de todas las grandes ideas que han conmovido al mundo, ninguna ha conquistado en tan poco tiempo tan gran número de adeptos entre todas las clases de la sociedad y en todos los países.

He aquí por que los espiritistas, cuya fe no es ciega, cual sus adversarios pretenden, sino fundada en la observación, no se preocupan ni inquietan de sus contradictores, ni tampoco de los que no abundan en sus ideas; ellos dicen que la doctrina, resultando de las mismas leyes de la naturaleza, en vez de apoyarse en la derogación de éstas, no puede por menos de prevalecer en cuanto estas nuevas leyes se reconozcan.

La idea sobre la existencia de seres intermediarios entre el hombre y Dios, no es nueva, como todos lo sabemos; pero generalmente se creía que estos seres formaban creaciones excepcionales; las religiones los han designado bajo el nombre de ángeles y demonios, y los paganos les llamaban dioses. El Espiritismo, viniendo a probar que esos seres no son más que las almas de los hombres que han alcanzado diferentes grados de la escala espiritual, conduce la creación a la unidad grandiosa que es la esencia de las leyes divinas. En vez de una multitud de creaciones estacionarias que revelarían en la Divinidad el capricho o la parcialidad, no hay más que una esencialmente progresiva, sin privilegio para criatura alguna, elevándose cada individualidad desde el estado de embrión, al de su completo desarrollo, ni más ni menos que el germen de la semilla llega al estado de árbol.

El Espiritismo, pues, nos enseña la unidad, la armonía y la justicia de la creación. Para él los demonios son las almas atrasadas, manchadas aún con los vicios de la humanidad; los ángeles son esas mismas almas purificadas y desmaterializadas, y entre esos puntos extremos, la multitud de almas que han llega¬do a diferentes grados de la escala progresiva; por este medio establece la solidaridad entre el mundo espiritual y el corporal.

En cuanto al problema propuesto, ¿cuál es, en los fenómenos espiritistas o sonambúlicos, el límite en donde cesa la acción propia del alma humana, y en donde empieza la de los espíritus? Diremos que tal límite no existe, o mejor dicho, que no tiene nada de absoluto. Desde el instante que estos no son especies distintas, que el alma no es otra cosa que un espíritu encarnado, y el espíritu una alma libre todo los lazos terrestres, y que es el mismo ser en centros distintos, las facultades y aptitudes deben ser las mismas.

El sonambulismo es un estado transitorio entre la encarnación y la desencarnación; una emancipación parcial, un pie puesto de antemano en el mundo espiritual. El alma encarnada, o si se quiere el pro¬pio espíritu del sonámbulo o del médium, puede hacer, pues, poco más o menos, lo que hará el alma desencarnada, y hasta mucho más, si es más adelantada; con la diferencia siempre de que por su completa emancipación, es el alma más libre, y tiene percepciones especiales inherentes a su estado. La diferencia que hay entre lo que es un efecto o producto directo del alma del médium, y lo que proviene de un origen extraño, es muy difícil de definir, porque con frecuencia ambas acciones se confunden y corroboran. Así es, que en las curaciones verificadas por la imposición de manos, el espíritu del médium puede obrar por sí solo o con la asistencia de otro espíritu; la inspiración poética o artística, puede también tener un doble origen. Pero porque tal distinción sea difícil de determinar, no se desprende por eso que sea imposible. La dualidad es con frecuencia evidente, y, en todo caso, resalta casi siempre de una atenta observación.

Los Fundamentos del Espiritismo
Allan Kardec

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