La lección a Nicodemo

Jesus_nicodemoEn faz a las nuevas enseñanzas de Jesús, todos los fariseos del templo tomaban de enormes cuidados, por su extremado apego a los textos antiguos. El Maestro, sin embargo, nunca perdió la oportunidad de esclarecer las situaciones más difíciles con la luz de la verdad que su palabra divina traía al pensamiento del mundo.

Gran número de doctores no conseguía ocultar su descontentamiento, porque, no obstante sus actividades derrotistas, continuaban las acciones generosas de Jesús beneficiando a los sufridores y afligidos. Se discutían los nuevos principios, en el gran templo de Jerusalén, en sus plazas públicas y en las sinagogas. Los más humildes y pobres veían en el Mesías el emisario de Dios, cuyas manos repartían en abundancia los bienes de la paz y del consuelo.

Las personalidades importantes le temían. Es que el profeta no se dejaba seducir por las grandes promesas que le hacían con referencia a su futuro material. Jamás atemperaba su palabra de verdad con las conveniencias del comodismo de la época. A pesar de magnánimo para con todas las fallas ajenas, combatía el mal con ardor tan intenso, que luego se hacía objeto de la hostilidad de intenciones inconfesables. Mayormente en Jerusalén, que con su cosmopolitismo, era un expresivo retrato del mundo, las ideas del Señor encendían las más acaloradas discusiones. Eran gentes del pueblo que se entregaban a la apología franca de la doctrina de Jesús, siervos que le sentían con todo el calor del corazón reconocido, sacerdotes que lo combatían abiertamente, convencionalistas que no lo toleraban, individuos ricos que se rebelaban contra sus enseñanzas.

Sin embargo, a pesar de las disensiones naturales que preceden el establecimiento definitivo de las ideas nuevas, algunos espíritus acompañaban al Mesías, tomados de vivo interés por sus elevados principios. Entre estos, figuraba Nicodemo, fariseo notable por el corazón bien formado y por los dotes de inteligencia. Así, una noche, al cabo de grandes preocupaciones y largos razonamientos, buscó a Jesús, en particular, seducido por la magnanimidad de sus acciones y por la grandeza de su doctrina salvadora. El Mesías estaba acompañado apenas de dos de sus discípulos y recibió la visita con su acostumbrada bondad. Después de los saludos habituales y revelando su ansiedad de conocimientos, tras hondas meditaciones, Nicodemo se le dirigió respetuoso:

— Maestro, bien sabemos que vienes de Dios, pues solamente con la luz de la asistencia divina podrías realizar lo que has efectuado, mostrando la señal del cielo en vuestras manos. ¡He empleado mi existencia en interpretar la ley, pero deseo recibir vuestra palabra sobre los recursos que deberé disponer para conocer el Reino de Dios!

El Maestro sonrió bondadosamente y esclareció:

— Primero que todo, Nicodemo, no basta que hayas vivido interpretando la ley. Antes de razonar sobre sus disposiciones, deberías haber sentido sus textos. Pero, en verdad debo decirte que nadie conocerá el Reino del Cielo, sin nacer de nuevo.

— ¿Cómo puede un hombre nacer de nuevo, siendo viejo? — Interrogó el fariseo, altamente sorprendido. — ¿Acaso podrá regresar al vientre de su madre?

El Mesías fijó en él su mirada serena, consciente de la gravedad del asunto debatido, y acrecentó:

— ¡En verdad, te reafirmo que es indispensable que el hombre nazca y renazca, para conocer plenamente la luz del reino!…

— Entretanto, ¿cómo puede ser esto? — preguntó Nicodemo perturbado.

— ¿Cómo, eres maestro en Israel e ignoras estas cosas? — Inquirió Jesús como sorprendido. — Es natural que cada uno solamente testifique de aquello que sepa; pero, necesitamos considerar que tú enseñas. A pesar de eso, no aceptas nuestros testimonios. Si hablando yo de cosas terrenas sientes dificultades en comprenderlas con tus razonamientos sobre la ley, ¿cómo podrás aceptar mis afirmaciones cuando yo hable de las cosas celestiales? Será locura destinar los alimentos apropiados a un viejo para el frágil organismo de un niño.

Extremamente confundido, se retiró el fariseo, quedando Andrés y Santiago empeñados en obtener del Mesías el esclarecimiento necesario, acerca de aquella nueva lección.

Jerusalén casi dormía bajo el velo espeso de la alta noche. Silencio profundo flotaba sobre la ciudad. Pero Jesús y aquellos dos discípulos continuaban presos a la conversación particular que habían entablado. Deseaban ellos ardientemente penetrar el sentido oculto de las palabras del Maestro. ¿Cómo sería posible aquél renacimiento? Con todo y sus conocimientos, también compartían la perplejidad que había llevado a Nicodemo a retirarse sumamente sorprendido.

— ¿Por qué tamaña admiración, frente a estas verdades? — les preguntó Jesús, bondadosamente. — ¿Los árboles no renacen después que se podan? Con respecto a los hombres, el proceso es diferente, pero el espíritu de renovación es siempre el mismo. El cuerpo es una vestimenta. El hombre es su dueño. Todo ropaje material acaba roto, pero, el hombre, que es hijo de Dios, encuentra siempre en su amor los elementos necesarios al cambio de vestuario. La muerte del cuerpo es ese cambio indispensable, porque el alma caminará siempre, a través de otras experiencias, hasta que consiga la imprescindible provisión de luz para el camino definitivo al Reino de Dios, con toda la perfección conquistada a lo largo de los rudos caminos.

Andrés sintió que una nueva comprensión le felicitaba el espíritu simple y preguntó:

— Maestro, ya que el cuerpo es como la ropa material de las almas, ¿por qué no somos todos iguales en el mundo? Veo jóvenes bellos, junto a inválidos y paralíticos…

— ¿Acaso no he enseñado — dijo Jesús — que tiene que llorar todo aquél que se transforma en instrumento de escándalo? Cada alma conduce en sí misma el infierno o el cielo que edificó en lo íntimo de la conciencia. ¿Sería justo que se concediera un segundo ropaje más perfecto y más bello al espíritu rebelde que dañó el primero? ¿Qué diríamos de la sabiduría de Nuestro Padre, si facultase las posibilidades más preciosas a los que las utilizaron en la víspera para el robo, el homicidio, la destrucción? Los que abusaron de la túnica de la riqueza vestirán después la de los siervos y esclavos más humildes, como las manos que hirieron podrán ser cortadas.

— Señor, comprendo ahora el mecanismo del rescate — murmuró Santiago, exteriorizando la alegría de su entendimiento. — Pero, observo que, de ese modo, el mundo necesitará siempre del clima de escándalo y sufrimiento, desde que el deudor, para saldar su cuenta, no podrá hacerlo sin que otro le tome el lugar con la misma deuda.

El Maestro comprendió la amplitud de la objeción y esclareció a los discípulos, preguntando:

— Dentro de la ley de Moisés, ¿cómo se verifica el proceso de la redención?

Santiago meditó un instante y respondió:

— También en la ley está escrito que el hombre pagará «ojo por ojo, diente por diente».

— También tú, Santiago, estás procediendo como Nicodemo — replicó Jesús con sonrisa generosa. — Como todos los hombres, has razonado, pero no has sentido. Aún no ponderaste, tal vez, que el primer mandamiento de la ley es una determinación de amor. Antes del «no adulterarás», del «no codiciarás», está el «amar a Dios sobre todas las cosas, de todo el corazón y de todo el entendimiento». ¿Cómo podrá alguien amar al Padre, aborreciendo su obra? Con todo, no extraño la exigüidad de visión espiritual con que examinaste el texto de los profetas. Todas las criaturas han hecho lo mismo. Investigando las revelaciones del cielo con el egoísmo que les es natural, organizaron la justicia como el edificio más alto del idealismo humano. Y, entretanto, coloco el amor encima de la justicia del mundo y he enseñado que sólo el amor cubre la multitud de pecados. Si nos amarramos a la ley del talión, somos obligados a reconocer que donde existe un asesino habrá, más tarde, un hombre que tendrá que ser asesinado; con la ley del amor, sin embargo, comprendemos que el verdugo y la víctima son dos hermanos, hijos de un mismo Padre. Basta que ambos sientan eso para que la fraternidad divina aleje los fantasmas del escándalo y del sufrimiento.

*
Ante las explicaciones del Maestro, los dos discípulos estaban maravillados. Aquella profunda lección los esclarecía para siempre.

Entonces, Santiago se aproximó y sugirió a Jesús que proclamase aquellas nuevas verdades en la predicación del siguiente día. El Maestro le dirigió una mirada de admiración e interrogó:

— ¿Será que no comprendiste? Pues, si un doctor de la ley salió de aquí sin que yo le pudiese explicar toda la verdad, ¿cómo quieres que proceda de modo contrario, con la simple comprensión del espíritu popular? ¿Construye alguien una casa iniciando el trabajo por el techo? Además de eso, más tarde mandaré el Consolador, para esclarecer y dilatar mis enseñanzas.

Eminentemente impresionados, Andrés y Santiago callaron sus últimas interrogaciones. Aquel diálogo particular, entre el Señor y los discípulos, permanecería guardado en la leve sombra de la noche en Jerusalén; pero, la lección a Nicodemo había sido dada. La ley de la reencarnación estaba proclamada para siempre, en el Evangelio del Reino.

Espíritu Humberto de Campos
Médium Francisco Cándido Xavier
Extraído del libro “Buena Nueva”
Traducido por Dr Luis M Coirnejo A.

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