El auto de fe de Barcelona

colavidaDesde su primera lectura de El libro de los Espíritus, José María Fernández Colavida tomó conocimiento de la advertencia de la espiritualidad superior, contenida en esa obra, de que el Espiritismo tendría que enfrentar grandes luchas, «más contra los intereses que contra la convicción». Hay personas interesadas en combatir el Espiritismo: unas por amor propio; otras por causas absolutamente materiales. Al consagrarse al estudio, a la práctica y a la divulgación del Espiritismo, Fernández Colavida comprobó, por experiencia propia, que esa advertencia tenía fundamento.

En 1861, año siguiente al decisivo encuentro con el Capitán Ramón Lagier y Pomares, en el cual recibió El libro de los Espíritus, Fernández Colavida tuvo su primera prueba de fuego en la labor de difusión del Espiritismo. La escasez de material de estudio y de divulgación del Espiritismo en España era una limitación importante para las tareas espíritas de Fernández Colavida. En lugar de detenerse ante ese desafío, él decidió realizar, mientras aún no traducía al español El libro de los Espíritus, una gran importación de libros y periódicos espíritas de Francia.

En la importación, Fernández Colavida contó con la colaboración de Maurice Lachâtre. Escritor y editor francés, Lachâtre vivía en Barcelona, en aquel entonces, debido a las persecuciones que el régimen de Napoléon III le infligía por haber publicado el Diccionario Universal Ilustrado. Una persona de París con quien Lachâtre mantenía correspondencia recibió de Allan Kardec los libros y periódicos encomendados y los envió a Barcelona en una caja que contenía también otras mercancias. El envío cumplió con todas las exigencias legales. Maurice Lachâtre fue, por lo tanto, un intermediario en la importación de esos libros y periódicos espíritas. Era Fernández Colavida el destinatario de esas obras, según corroboraron Amalia Domingo Soler, Miguel Vives y Vives, Bernardo Ramón Ferrer, así como los periódicos Luz y Unión y El Diluvio.

La importación totalizaba trescientos ejemplares, todos en francés. Fueron varios los títulos despachados: El libro de los Espíritus, El libro de los médiums, Qué es el Espiritismo, Revista Espírita, todos de Allan Kardec; Revista Espiritualista, dirigida por el señor Piérard; Fragmento de sonata dictado por el Espíritu de Mozart; Carta de un católico sobre el Espiritismo, por el doctor Grand; La historia de Juana de Arco, dictada por ella misma a la señorita Ermance Dufaux; La realidad de los Espíritus demostrada por la escritura directa, por el barón de Guldenstubbé. La cantidad y la variedad del material importado eran, pues, muy significativas, especialmente si se considera que estaba escrito en idioma extranjero y trataba de una doctrina que apenas empezaba a difundirse en España. Demostraban que Fernández Colavida se disponía a trabajar intensamente para divulgar el Espiritismo en el país.

Cuando los libros y periódicos espíritas llegaron a Barcelona, un dependiente del destinatario se presentó al Registro de Aduanas a fin de pagar los derechos correspondientes y retirar el material. La Aduana le cobró los derechos, pero le informó que no podía entregarle el material sin un permiso del obispo de Barcelona. Desde el 17 de julio de 1857, el obispado de Barcelona estaba a cargo de Antonio Palau y Térmens, catedrático de Teología en el seminario conciliar de Tarragona, autor de varias obras religiosas y fundador de la Revista Católica. El obispo Palau se encontraba en Madrid aquellos días. Al regresar a la diócesis de Barcelona y ser informado del caso, tomó una decisión drástica: determinó que todos los trescientos libros y periódicos enviados a Fernández Colavida fueran incautados y quemados en la plaza pública por la mano del verdugo. Informado de la decisión del obispo, el propietario de las obras pidió al Gobierno que, si su circulación no estaba permitida en España, se le consintiera reexpedirlas al lugar de su procedencia. La petición fue rechazada en base al siguiente argumento: «La Iglesia Católica es universal y, al ser esos libros contrarios a la fe católica, el Gobierno no puede consentir que vayan a pervertir la moral y la religión de los otros países».

La respuesta gubernamental podría causar sorpresa, ya que el partido en el poder, en aquel entonces, se denominaba «Unión Liberal». Sin embargo, ese partido defendía el liberalismo más en el campo económico que en el político. Para sobrevivir en el poder, la Unión Liberal contemporizaba con varios sectores, incluso con la Iglesia. Por consiguiente, la influencia clerical determinaba muchos aspectos de la política del Gobierno. Además, independientemente del partido político en el poder, la Iglesia contaba con beneficios provenientes del ordenamiento jurídico español, empezando por la propia Constitución. Vigente desde 1845, la Carta Magna de España establecía, en el artículo 11, que: «La Religión de la Nación española es la católica, apostólica, romana. El Estado se obliga a mantener el culto y sus ministros».

En la fecha determinada por el obispo Palau, el 9 de octubre de 1861, una gran muchedumbre, a la expectativa, obstruía los paseos y llenaba la explanada de la Ciudadela de Barcelona. Cuando acababan de dar las diez y media de la mañana, la muchedumbre se abrió para dar acceso a una comitiva siniestra: un cura revestido de traje sacerdotal, que llevaba una cruz en una mano y una antorcha en la otra; un notario y su dependiente; un agente, tres mozos y un empleado superior de la Administración de Aduanas. En el mismo sitio donde eran ejecutados los criminales condenados a la pena máxima, los trescientos libros y periódicos espíritas importados por Fernández Colavida fueron colocados en la pira, a la que el cura, con su antorcha, prendió fuego, mientras seguía sosteniendo la cruz con la otra mano. Los tres mozos de la Aduana atizaban el fuego para que ninguna parte de aquellos libros y periódicos espíritas dejara de ser consumida por las llamas. El empleado superior asistía al acto representando la Administración, y el agente, al propietario de las obras condenadas. Mientras tanto, el notario y su dependiente se encargaban de redactar el acta de aquel auto de fe.

Sin embargo, el auto de fe de Barcelona no se extinguió cuando el fuego se apagó. Sigue en la actualidad, no solamente porque todavía se destruyan obras espíritas. Mucho más que un hecho histórico, el auto de fe de Barcelona es un símbolo de los ataques que el Espiritismo, en la persona de los trabajadores espíritas, especialmente aquellos que se dedican a la divulgación, puede venir a sufrir. Ante una prueba de fuego en las tareas espíritas, varias reacciones son posibles. Una de ellas es el desánimo, que no siempre necesita una hoguera para instalarse. Lamentablemente, a veces basta un fuego de paja para consumir el entusiasmo en el trabajo en el bien. Otra reacción es la rebeldía, el contraataque, que desperdicia valiosos recursos que se deberían dedicar a la labor edificante y envuelve en tinieblas a aquel que tendría como tarea difundir la luz.

Una reacción también posible es la del miedo, no solamente al ataque que efectivamente sucedió, sino también a los que se imagina que, eventualmente, podrían ocurrir. El miedo puede producir parálisis en las tareas, la fuga de las responsabilidades y hasta la deserción con relación al Espiritismo. Sin embargo, ninguna de esas reacciones tuvo Fernández Colavida. En lugar de desanimarlo, el auto de fe de Barcelona lo estimuló en el trabajo espírita. De hecho, al ser una demostración importante de la falta de amor, el episodio evidenciaba la imperiosa necesidad del Espiritismo para la humanidad. En cuanto a los agresores, la respuesta de Fernández Colavida no fue una reacción. Su actitud como verdadero espírita fue la caridad: benevolencia, indulgencia, perdón.

Además, Fernández Colavida sabía que los ataques no deben ser temidos. La agresividad mediante la cual se manifiestan, lejos de ser una demostración de fuerza, es, en realidad, una confesión de debilidad, de impotencia, ante el Espiritismo y todos aquellos que le son fieles. Jamás podrán aniquilar ni el Espiritismo ni a los espíritas, según el propio Fernández Colavida resaltó: […] puede quemarse el cuerpo, pero no el alma; […] puede entregarse a las llamas el libro, pero no la idea. El Espíritu y la idea se ciernen siempre sobre nuestras cabezas, no mueren nunca; marchan con el tiempo, a través de las edades y de las generaciones todas, hasta la consumación de los siglos.

La actitud de Fernández Colavida, en esa prueba de fuego, es, pues, un ejemplo de verdadera comprensión y vivencia del Espiritismo, la directriz segura para el triunfo sobre los ataques, por más desafiantes que sean.

Extraído del libro “Divulgación del Espiritismo”
Simoni Privato Goidanich

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