La lucha contra el mal

Foto_JesusDe todas las ocurrencias de la tarea apostólica, los encuentros del Maestro con los endemoniados constituían los hechos que más impresionaban a los discípulos. La palabra «diablo» era entonces comprendida en su justa acepción.

Según el sentido exacto de la expresión, era él el adversario del bien, simbolizando el término, de esa forma, todos los malos sentimientos que dificultaban el acceso de las almas a la aceptación de la Buena Nueva y a todos los hombres de vida perversa, que contrariaban los propósitos de la existencia pura, que deberían caracterizar a las actividades de los adeptos del Evangelio. De entre los compañeros del Mesías, Tadeo era el que más se dejaba impresionar por aquellas dolorosas escenas. Sobremanera le agudizaban la curiosidad de hombre, los gritos desesperados de los espíritus malhechores, que se alejaban de sus víctimas bajo la amorosa determinación del Divino Maestro.

Cuando los pobres obsediados dejaban escapar un suspiro de alivio, Tadeo volvía los ojos a Jesús, maravillado de sus actos. Cierto día en que el Señor se había retirado, con Santiago y Juan, para los lados de Cesárea de Filipo, una pobre demente le fue traída, para que él, Tadeo, anulase la actuación de los espíritus perturbadores que la subyugaban. Entretanto, a pesar de todos los esfuerzos de su buena voluntad, Tadeo no consiguió modificar la situación. Solamente en el día inmediato, al anochecer, en la consoladora presencia del Mesías, fue posible a la infeliz demente recuperar el control de sí misma.

Observando el hecho, Tadeo cayó en seria y profunda meditación interior. ¿Por qué razón el Maestro no les transmitía, automáticamente, el poder de expulsar los demonios malos, para que pudiesen dominar a los adversarios de la causa divina? Si tan fácil era a Jesús la cura integral de los endemoniados, ¿por qué motivo no provocaba él, de una vez, la aproximación general de todos los enemigos de la luz, para que, por su autoridad, fuesen definitivamente convertidos al reino de Dios?

Con el cerebro torturado por esas graves preocupaciones y soñando posibilidades maravillosas para que cesasen todos los combates entre las enseñanzas del Evangelio y sus enemigos, el inquieto discípulo trató de encontrarse particularmente con el Señor, de manera a exponerle con humildad sus ideas íntimas.

En una tranquila noche, después de escuchar sus ponderaciones, le preguntó Jesús, en tono austero:

— Tadeo, ¿cuál es el principal objetivo de las actividades de tu vida?

Como si recibiera una centella de superior inspiración, le respondió el discípulo con sinceridad:

— Maestro, procuro realizar el reino de Dios en el corazón.

— Si procuras semejante realidad, ¿por qué la reclamas en primer lugar en el adversario? ¿Sería justo olvidar tus propias necesidades en ese sentido? ¡Si buscamos llegar al infinito de la sabiduría y del amor en Nuestro Padre, se hace indispensable que reconozcamos que todos somos hermanos en el mismo camino!…

— Señor, ¿los espíritus del mal son también nuestros hermanos? — inquirió, admirado el apóstol.

— Toda la creación es de Dios. Los que visten la túnica del mal envergarán un día la de la redención por el bien. Acaso, ¿puedes dudar de esto? El discípulo del Evangelio no combate propiamente a su hermano, como Dios nunca entra en lucha con sus hijos; aquél combate apenas toda manifestación de ignorancia, así como el Padre trabaja incesantemente por la victoria de su amor, junto a la humanidad entera.

— Pero, ¿no sería justo — respondió el discípulo con cierta convicción — convocar a todos los genios malhechores para convertirlos a la verdad de los cielos?

El Maestro, sin sorprenderse con esa observación, dijo:

— ¿Por qué motivo no procede Dios así?… ¿Acaso, tendríamos nosotros una substancia de amor más sublime y más fuerte que la del su corazón paternal? Tadeo, jamás olvidemos el buen combate. Si alguien te convoca a la ingrata labor de la mala semilla, no desdeñes la buena lucha por la victoria del bien, encarando cualquier posición difícil como sagrada oportunidad para revelar tu fidelidad a Dios.

Abraza siempre a tu hermano. Si el adversario del reino te provoca al esclarecimiento de toda la verdad, no desprecies la hora de trabajar por la victoria de la luz; pero sigue tu camino en el mundo atento a tus propios deberes, pues no nos consta que Dios abandonase sus actividades divinas para imponer la renovación moral a los hijos ingratos que se rebelaron en su casa. Si el mundo parece poblarse de sombras, es preciso reconocer que las leyes de Dios son siempre las mismas, en todas las latitudes de la vida.

Es indispensable meditar en la lección de Nuestro Padre y no estacionar a la mitad del camino que recorremos. ¿Los enemigos del reino se empeñan en sangrientas batallas? No olvides tu propio trabajo. ¿Padecen en el infierno de las ambiciones sin límites? Camina para Dios. ¿Lanzan la persecución contra la verdad? Tienes contigo la verdad divina que el mundo nunca podrá robarte. Los grandes patrimonios de la vida no pertenecen a las fuerzas de la Tierra, sino a las del Cielo. El hombre, que dominase al mundo entero con su fuerza, tendría que quebrar su espada sangrienta, ante los derechos inflexibles de la muerte. Y, más allá de esta vida, nadie te preguntará por las obligaciones que le tocan a Dios, sino, únicamente, por el mundo interior que te pertenece a ti mismo, bajo la amorosa vista de Nuestro Padre.

¿Qué diríamos de un rey justo y sabio que preguntase a uno solo de sus súbditos por la justicia y la sabiduría del reino entero? No obstante, es natural que el súbdito sea inquirido acerca de los trabajos que le fueron confiados, en el plan general, siendo justo también que se le pregunte qué fue hecho con sus padres, con su compañera, con sus hijos y hermanos. ¿Andas así tan olvidadizo de esos problemas fáciles y simples? Acepta la lucha, siempre que fueres juzgado digno de ella y no te olvides, en todas las circunstancias, que construir es siempre lo mejor.

Tadeo contempló al Maestro, tomado de profunda admiración. Sus esclarecimientos caían en su espíritu como gotas inmensas de una nueva luz.

— Señor — dijo él — vuestros razonamientos iluminan mi corazón; pero, ¿me habré equivocado exteriorizando mis sentimientos de piedad por los espíritus malhechores? ¿No debemos, entonces, convocarlos al buen camino?

— Toda excelente intención — respondió Jesús — será llevada en justa cuenta en el cielo, pero precisamos comprender que no se debe tentar a Dios. He aceptado la lucha como el Padre me la envía y he esclarecido que a cada día basta su trabajo. Nunca reuní el colegio de mis compañeros para provocar las manifestaciones de los que se complacen en las tinieblas; los reuní en todas las circunstancias y oportunidades, suplicando para nuestro esfuerzo la sagrada inspiración del Todo Poderoso. El adversario es siempre un necesitado que comparece al banquete de nuestras alegrías y, por eso, aunque no lo haya convocado, invitando solamente a los afligidos, a los simples y a los de buena voluntad, nunca le cerré las puertas del corazón, encarando su manifestación como una oportunidad de trabajo, de que Dios nos juzga dignos.

El apóstol humilde sonrió, saciado en su hambre de conocimiento, pero aún preocupado con la imposibilidad en que se veía de atender eficazmente a la víctima que lo procuraba, acrecentó:

— Señor, vuestras palabras son siempre sabias; entretanto, ¡¿de qué necesitaré para alejar las entidades de la sombra, cuando su imperio se establezca en las almas?!…

— Volvemos, así, al principio de nuestras explicaciones — respondió Jesús —, pues, para eso, necesitas de la edificación del reino en el interior de tu espíritu, siendo este el objetivo de tu vida. Sólo la luz del amor divino es bastante fuerte para convertir un alma a la verdad. ¿Viste ya algún contendiente de la Tierra convencerse sinceramente tan sólo por la fuerza de las palabras del mundo? Las disertaciones filosóficas no constituyen toda la realización. Ellas pueden ser un fácil recurso de la indiferencia o una túnica brillante, cubriendo necesidades penosas. El reino de Dios, sin embargo, es la divina edificación de la luz. Y la luz ilumina, dispensando los largos discursos. Entiende que nadie puede ofrecer a otros aquello que aún no posea en el corazón. ¡Ve! Trabaja sin cesar por tu gran victoria. Cuida de ti mismo y ama a tu prójimo, sin olvidar que Dios cuida de todos.

Tadeo guardó las enseñanzas de Jesús, para retirar de su substancia el más elevado provecho en el futuro. Al día siguiente, deseando destacar, frente a la comunidad de sus seguidores, la necesidad de que cada uno se entregue al esfuerzo silencioso por su propia edificación evangélica, el Maestro esclareció a sus sinceros apósteles, como se encuentra en la narración de Lucas:

— «Cuando el espíritu inmundo, después que sale del hombre, va recorriendo los desiertos, buscando y no encontrando, dice: — voy a volver a la casa de donde he salido; y al llegar a ella, la encuentra barrida y arreglada. Después, se marcha y lleva consigo más siete espíritus peores que él, y penetra, para fijar allí su morada; así la situación última de aquel hombre viene a ser peor que la anterior.» (*)

Entonces, todos los oyentes de las predicaciones del lago comprendieron que no bastaba enseñar el camino de la verdad y del bien a los espíritus perturbados y malhechores; pues era indispensable que cada uno edificase la fortaleza luminosa y sagrada del reino de Dios, dentro de sí mismo.

(*) Lucas 11, 24-26 (N. del T.)

Espíritu Humberto de Campos
Médium Francisco Cándido Xavier
Extraído del libro “Buena Nueva”
Traducido por Dr Luis M Coirnejo A.

Deja un comentario

*

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.