Recurso infalible

Richard_simonetti.En otro tiempo se sacrificaban víctimas sangrientas para apaciguar a los dioses infernales, que no eran otros que los Espíritus malos. A los dioses infernales sucedieron los demonios, que son la misma cosa. El Espiritismo vino a probar que esos demonios no son más que las almas de los hombres perversos que aún no se han despojado de los instintos materiales; que no se puede apaciguarlos sino por el sacrificio de su odio, es decir, por la caridad que la caridad no tiene sólo por efecto impedir que hagan el mal, sino el de conducirles al camino del bien y contribuir a su salvación. Así es que la máxima: Amad a vuestros enemigos, no está circunscrita al círculo estrecho de la Tierra y de la vida presente, sino que se integra en la grande ley de la solidaridad y de la fraternidad universal.

(Allan Kardec, capítulo XII, ítem 6, de El Evangelio según el Espiritismo.)

En las reuniones mediúmnicas, impresiona el número de Espíritus vengadores, origen de la mayor parte de los problemas obsesivos que inducen a las personas a buscar auxilio al Centro Espirita. Hay quien desconfía.

– Nunca hice mal a nadie… ¿Cómo puede estar pasando eso?

Ocurre, amigo lector, que vemos la peligrosa indulgencia en el análisis de nuestro comportamiento, tanto como que somos extremamente severos en la valoración del comportamiento ajeno. Prejuicios que por acaso causemos a alguien, de orden material o moral, no nos parece tan grave, lo que, ciertamente, no es el punto de vista de aquel que fue perjudicado.

Una joven de exuberante belleza y escasa moral seduce a un hombre casado, padre de cuatro hijos, y lo induce a dejar la familia. Se justifica ante la propia consciencia con la alegación de que él era infeliz en el matrimonio y que a su lado reencontró la alegría de vivir. El padre de la esposa abandonada, truculento Espíritu desencarnado, no piensa lo mismo y pasa a perseguirla, causándole serios trastornos físicos y emocionales, sin que ella consiga evitarlo, ya que hay su comprometimiento con aquel grabe desliz moral, para favorecer la sintonía con el obsesor.

Aunque tengamos un comportamiento inmaculado, podemos sufrir un asedio espiritual, vinculado a existencias anteriores. Nuestra víctima de ayer puede emerger de la Espiritualidad como los verdugos de hoy, pretendiendo que les paguemos nuestros débitos con la moneda de las lágrimas. Es, talvez, el problema más frecuente en los llamados procesos obsesivos y el más difícil de ser resuelto, ya que hay intima unión entre el deudor y el acreedor, en una imantación sustentada por el odio del agresor y por la culpa del agredido.

Cuando informado sobre el asunto, el obsediado tiende a ver al obsesor como la personificación del mal.
Ansia por su alejamiento, rogando a Dios lo encamine para el quinto infierno. Y moviliza todos los recursos para conseguirlo, llamando hasta mistificadores que se proponen deshacer supuestos maleficios, mediante el pago de una generosa gratificación. Semejante comportamiento acaba generando más hostilidad de parte del desencarnado, dificultando el trabajo de los benefactores espirituales, que no obran a la manera de policías para dar voz de prisión al bandido que invadió una residencia. Para ellos, el obsesor es también un hijo de Dios, más necesitado que el propio obsediado, ya que está bajo inspiración del odio, del deseo de venganza, sentimientos profundamente comprometedores. Por eso, Kardec propone una acción diferente. Que ejercitemos la caridad con esos Espíritus. Que vibremos en su beneficio; que oremos, no para que Dios los aparte, sino para que ellos sean amparados y atendidos en sus necesidades. Que cultivemos un comportamiento evangelizado, capaz de sensibilizarlos. Solamente así modificaremos sus disposiciones.

Un hombre sufría, desde hacía años, inclemente obsesión. El obsesor, movido por propósitos de venganza, le perturbaba los pensamientos, provocándole desajustes físicos, le creaba todo tipo de problemas, con el perseverante propósito de perturbarle la vida. Un mentor espiritual consultado hizo tres recomendaciones:

Que orase por el obsesor.
Que le pidiese perdón.
Que se dedicara al esfuerzo del Bien.

Durante cuatro años, el obsediado siguió esa orientación, siempre a vueltas con el perseguidor espiritual, que no desistía de atormentarlo. A veces se desanimaba, pero siempre recibía la misma orientación emanada de la Espiritualidad. En ese ínterin, se matriculó en un curso de Espiritismo y Mediumnidad, y aprendió a lidiar mejor con aquella influencia, a partir de un comportamiento evangelizado. Concluido el curso, pasó a participar en un grupo mediúmnico, lo que le ofreció la oportunidad de colaborar con la Espiritualidad en el atendimiento de Espíritus encarnados y desencarnados en desequilibrio. En una de esas reuniones, fue sorprendido con una manifestación del obstinado obsesor, que se dirigió a él por la psicografía mediúmnica:

Vengo a despedirme. Durante años te atormenté, dispuesto a vengarme de lo que me hiciste en una vida anterior. Fue muy grave y terrible, algo que, por falta de vigilancia mía, me sustentó el odio y el empeño de vengarme. Sin embargo, reconozco que fui derrotado en este enfrentamiento infeliz. Me siento impotente para continuar agrediendo a alguien que fue muy malo en el pasado, pero hoy revela una vocación para el Bien que me conmueve y me confunde. Que sepas que tus acciones, tu esfuerzo de renovación, mucho más que sus oraciones, acabaron por contener el brazo de la venganza. Todo lo que te pido ahora es que me perdones y continúes orando por mí. Soy un infeliz que un día se dejó llevar por la idea de que solamente la revancha traería paz a su corazón. Una paz que nunca experimenté mientras te perseguía, una paz que espero conquistar siguiendo el mismo camino que tu vienes haciendo. Si me es permitido evocar a Dios, pido al Creador que te bendiga y que tenga compasión de mí.

A partir de aquel día, el obsediado se liberó definitivamente de los problemas emocionales y espirituales que lo afligían. Se confirma el irresistible poder que desarrollamos cuando decidimos elegir el Bien por ideal de nuestras vidas, por móvil de nuestras acciones. Es la más poderosa arma del Universo, capaz de abatir al más empedernido obsesor, modificando sus disposiciones, a favor de una existencia más tranquila y feliz para nosotros.

Richard Simonetti
Revista «Reformador»
Traducido por Jacob

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