Amor verdadero

scan0012Martín era un zapatero en una ciudad pequeña. Desde que murió su esposa y los hijos, el se torno triste. Un día, un hombre sabio le habló que el debería leer los evangelios porque allá descubriría como le gustaría a Dios que el viviese.

Martín pasó a leer los evangelios. Cierto día leyó la narrativa del Evangelio de Lucas del banquete en casa del rico fariseo que recibió a Jesús en su casa, pero no ofreció agua para los pies, ni ungió la cabeza de Jesús, no lo besó.

Aquella noche, Martín fue a dormir pensando en cómo el recibiría a Jesús, si el viniese a su casa. De repente, sintió un sobresaltado como una voz le decía: “¡Martín! Mira a la calle mañana, pues yo vendré.”

Al principio, el zapatero hizo un fuego y preparó la sopa de col y su avena. Comenzó a trabajar y se sentó junto a la ventana para ver mejor la calle. Pensando en la noche de la víspera, más miraba a la calle que trabajaba. Paso el portero de la casa, un cargador de agua. Después una mujer con zapatos de campesina, con un bebe al cuello. Ella estaba vestida con pobres ropas, ligeras y viejas. Asegurando al bebe junto al cuerpo, buscaba protegerlo del frio viento que soplaba fuerte.

Martín la invitó a entrar y le sirvió sopa. Mientras comía ella le contó su vida. Su marido era soldado. Estaba lejos hacia ocho meses. Ella ya vendiera todo lo que tenía y acababa de empeñar su mantón. Martín buscó un abrigo grueso y pesado y cubrió a la mujer y al hijo.

Después de alimentados y agasajados, ellos se fueron, no sin antes Martin dejar en la mano de la pobre madre unas monedas para que ella pudiese retirar el manto empeñado. Cuando un viejo que trabajaba en la calle, limpiando la nieve de la acera de las calles, paró para descansar, recostado en la pared de su taller y hogar, Martín lo invitó a entrar. Le sirvió el té caliente y le habló de sus esperanzas. El aguardaba a Jesús. El viejo hombre fue sin embargo, reconfortado en cuerpo y en alma y Martín volvió a coser una bota.

El día acabo. Y cuando él no podía ver más para pasar la aguja por los forros del cuero, guardó sus herramientas, barrió el suelo y colocó la lámpara sobre la mesa. Buscó el Evangelio y lo abrió. Entonces, oyendo pasos, miró a su alrededor. Una voz susurró: “¿Martín, usted no me conoce? ¿Quién es?, pregunto el zapatero. “Soy yo” dijo la voz. Y en un canto de la sala, apareció la mujer con el bebe al cuello. Ella sonrió, el bebe también y entonces desaparecieron. “Soy yo” volvió a hablar la voz.

En otro canto apareció el viejo hombre. Sonrió. Y desapareció. El alma de Martín se alegró. El comenzó a leer el Evangelio donde estaba abierto. “Porque tuve hambre y me diste de comer; tuve sed, y me diste de beber; era huésped, y me recogiste.” Al final de la pagina, el leyó: “cuantas veces hicisteis esto a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mi me lo hicisteis.” Y Martín comprendió que Cristo había ido a el en aquel día, y que él lo recibió bien.

¿Usted sabía? ¿Qué el nombre del fariseo que dio el banquete para Jesús era Simón? ¿Y que fue en ese banquete que María de Magdala regó con sus lágrimas los pies de Jesús?

Equipo de Redacción Espirita

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