El remedio imprevisto

cabarEl pequeño príncipe Julián andaba enfermo y abatido. No jugaba, no estudiaba, no comía. Perdiera hasta el gusto de coger los melocotones sabrosos del pomar. Se olvidaba de los juegos y del caballo. Vivía triste y callado en el cuarto, tendido en su otomana.

Mientras la madrecita, afligida, se desvelaba junto a él, el rey experimentaba con muchos médicos. Pero, los facultativos llegaban y salían, sin resultados satisfactorios. El niño sentía un gran malestar. Cuando se le aliviaba el dolor de cabeza, le venía el dolor en los brazos. Y cuando los brazos mejoraban, las piernas se ponían a dolerle.

El soberano, preocupado, hizo invitación pública a los científicos del País. Recompensaría extraordinariamente a quien le curase el hijo. Después que muchos médicos famosos ensayaron, en balde, apareció un viejito humilde que propuso al monarca diferente medicación. No exigía pago. Reclamaba tan solo plena autoridad sobre el enfermito. Julián debía hacer lo que le fuese ordenado.

El padre aceptó las condiciones y, al día siguiente, el niño fue entregado al anciano. El sabio anónimo condujo al pequeño al trato con la tierra y le recomendó que arrancase la hierba dañina que amenazaba el tomatero.

–¡No puedo! ¡Estoy enfermo! – gritó el niño.

El viejito, con todo, lo convenció, sin impacientarse, de que el esfuerzo era posible y, enseguida, ambos liberaron a las plantas de la hierba invasora.

Vino el sol, pasó el viento; las nubes, en lo alto, rondaban la tierra, como fijándose donde estaba el campo más necesitado de lluvia… Un poco antes del mediodía, Julián le dijo al viejo que tenía hambre. El humilde sabio sonrió, contento, le enjugó el copioso sudor y lo llevó a almorzar. El joven devoró la sopa y las frutas, gustosamente. Después de un ligero descanso, volvieron a trabajar.

En el siguiente día, el anciano llevó al príncipe a servir en la construcción de una pequeña pared. Julián aprendió a manejar los instrumentos menores de un albañil y se alimentó, aún mejor ese día.

Terminada la primera semana, el orientador le trazó un nuevo programa. Se levantaba de mañana para darse un baño frío, se obligaba a cavar la tierra con una azada, almorzaba y reposaba. Luego más tarde, antes del atardecer, tomaba los libros y los cuadernos para estudiar, y a la nochecita, terminada la última comida, jugaba y paseaba, en compañía de otros jóvenes de su misma edad.

Transcurridos dos meses, Julián era restituido a la autoridad paternal, rosado, robusto y feliz. Ardía, ahora, en deseos de ser útil, ansioso por hacer algo bueno. Descubriera, al fin, que el servicio para el bien es la más rica fuente de salud.

El rey, muy satisfecho, intentó recompensar al viejito. Sin embargo, el anciano se esquivó, añadiendo:

–Gran soberano, el mayor salario de un hombre reside en la ejecución de la voluntad de Dios, a través del trabajo digno. Enseña la gloria del servicio a tus hijos y tutelados, y tu reino será bendito, fuerte y feliz.

Dicho esto, desapareció en la multitud y nadie más lo vio.

Espíritu Neio Lúcio
Médium Francisco Cândido Xavier
Extraído del libro “Alborada Cristiana”

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