Consuelo

amaliaNada me causa más tristeza que un niño grave y juicioso, porque veo en su frente una marca misteriosa, un jeroglífico que descifrado dice así: ¡Me iré pronto! Y aunque ya se sabe que el que se muere gana ciento por uno, el dolor de la ausencia de un ser querido, es terrible. Por mi parte, confieso ingenuamente que, efecto quizá de las muchas amarguras que han acibarado mi vida, me falta valor para presenciar la desesperación de una madre llorando ante una cuna vacía o que sirve de lecho mortuorio a un tierno hijo.

Las lamentaciones de la familia, las alabanzas de los amigos, son escenas que me trastornan y me conmueven de tal modo, que me va siendo imposible presenciarlas. Pues bien, a pesar de mi excesiva sensibilidad, que ha llegado a ser un grave defecto, privándome en ocasiones de ser útil a los que sufren, hace algunos días que, habiendo muerto una niña, al contemplar su cadáver y besar su frente, murmuré con melancólica satisfacción: ¡Gracias a Dios que te has ido, pobre mártir!Volví a besar su frente helada, miré sus ojitos, piadosamente cerrados, cuyas largas pestañas daban sombra a las blancas mejillas, y noté el buen gusto con que habían recogido sus negros cabellos, sobre los cuales descansaba un lazo azul.

Habíanle puesto su mejor vestido y un velo blanco cubría todo el cuerpo que reposaba en una camita de hierro. Junto al lecho había una mesa cubierta con un tapete blanco de crochet, y sobre ella dos candelabros con velas encendidas. Las luces alumbrando a los muertos me producen una impresión inexplicable: no he podido nunca comprender por qué los restos humanos se han de rodear de blandones, que hacen aún más triste el aspecto del cadáver. Volví a besar a la niña. Salí de aquel aposento, no triste y desconsolada, sino tranquila y serena, al ver la de cesación de un sufrimiento. La niña habíase llamado Consuelo, y el primer consuelo que recibió su espíritu fue, sin duda, el separarse de su cuerpo, que por espacio de siete años había sido su cárcel.

Consuelo no era una niña como las otras; por eso en el mundo no hizo más que sufrir. La pobre no tuvo infancia. Sus padres fueron un hombre de una familia distinguida, pero que por sus vicios, sus desaciertos y locuras, estuvo más de once años en presidio, y una mujer frívola, que no supo medir el hondo abismo donde se lanzaba al casarse con un hombre de tan malos antecedentes. Uno de los frutos de esta unión fue Consuelo, que por la falta de salud de su madre no pudo recibir de esta su primer sustento. Por consiguiente, ni sus primeras sonrisas, ni sus primeros balbuceos alegraron a los autores de sus días, ni fue su madre la que le enseño a dar los primeros pasos. Cuando Consuelo entró en su casa, ya era una niña melancólica y grave, que sabía apreciar el cuadro de su triste hogar. Halló a su madre, joven aún, casi siempre enferma por el continuo sufrimiento, llevando una existencia lánguida y monótona, cosiendo día y noche y descuidando muchas veces el arreglo de sus hijos, que los pobres, ya es sabido, dan la vida por la vida.

Consuelo, sentadita en su silla, contaba cuatro años, y ya tenía la discreción necesaria para no quejarse nunca ni pedir un poquito de pan, aunque fueran las dos de la tarde y no hubiese tomado alimento alguno. Educada en la escuela de la desgracia, humillada por el infortunio, cuando se sentaba a mesa ajena, aunque viera ante sus ojos los más dedelicados manjares, nunca se atrevía a formular un deseo y cuando le preguntaban:

-¿Qué quieres, Consuelo?, ¿qué postre te gusta más?

-Lo que usted quiera -contestaba la niña, sonriendo con particular dulzura.

A los ojos de los que la conocían era un ángel; a los míos era, además de un ángel, una mártir, porque quitarle a la niñez la espontaneidad, la travesura, las exigencias, es despojarla de todos sus atributos de vida. El niño ha de jugar, ha de ser revoltoso, ha de tener instantes de alegre locura, ha de irradiar en sus ojos la luz divina de la satisfacción del alma. ¡Ay de los niños que al dejar la cuna aprenden a ocultar sus deseos! ¡Cuán desgraciados son! Se asemejan a la fruta que sin madurar cae del árbol: así como ésta no tiene sazón, aquéllos no tienen alegría… ¡Pobrecitos!…¡Pobrecitos!

Consuelo, por su buen carácter, era querida en todas partes; mas como el pan de la limosna alimenta, pero no nutre, y vivir de limosna es poco menos que morirse de hambre, así la reflexiva niña, que con frecuencia el pan de la caridad, iba languideciendo, agonizando lentamente. Un día, sintió un dolor agudo en la garganta; sin embargo, nada dijo a su madre ni a la noble y buena familia que en aquellos días les daba generoso albergue.. Vino la noche, y al reñirla su madre porque había hecho menos crochet que de costumbre, Consuelo lloró silenciosamente, y llevándose las manos a la garganta, dijo que le hacía mucho daño. Siete días luchó con la horrible enfermedad de las anginas diftéricas, sufriendo inexplicables dolores, sobrellevados con resignación, y sonriendo dulcemente a cuantas personas se acercaban a preguntarle si estaba mejor. Dos horas antes de morir, estando sola con su madre, incorporóse Consuelo y dijo con visible afán:

-Mamá, dame los dos caballitos de plomo, que quiero jugar un ratito ahora que nadie nos ve.

Su madre le llevó los dos caballitos, y la pobrecilla estuvo jugando muy contenta, hasta que sintió pasos: dejóse caer entonces en su lecho, púsose del modo que el médico ordenaba, y una hora después exhalo su último suspiro, sin la menor fatiga, siendo sinceramente lloraba por cuantos la conocieron. La desgracia, o sea mi expiación, me ha hecho ser muy observadora: así es que no juzgo por las apariencias, sino por las manifestaciones espontáneas del espíritu. El último día de Reyes que Consuelo pasó en la Tierra, comprendí cuánto sufría y disimulaba la pobre niña. Vino a verme en dicho día; acompañada de su madre. Traía una muñeca que le habían regalado los Reyes Magos, pero Sus Majestades habían cuidado de vestirla, y Consuelo la abrigó con un pañuelo blanco de seda, demostrando viva satisfacción su simpático semblante.

Pero vino también otra niña, con una muñeca muy bien vestida, contando que los Reyes le habían traído muchos juguetes, entre ellos una mesa tocador, un estrado y una cocina. Volví mis ojos a Consuelo y sorprendí en los suyos una de esas miradas que encierran toda una historia: contemplaba a su muñeca, pequeña y desnuda, con tan profunda tristeza, que nunca olvidaré la triste expresión de su mirada. ¡Qué diferencia entre ella y la otra niña! Consuelo tan triste, sin atreverse a formular un deseo, sin tener la sombra de su padre; y la otra, alegre, risueña, juguetona, adorada de sus padres, que viven como para adivinar sus caprichos.

¡Pobre Consuelo! Su último deseo de jugar con los caballitos aprovechando el instante de estar sola con su madre, demuestra que sentía lo que sienten todos los niños, quedando probado que era más que un ángel, una mártir de la miseria, que afortunadamente dejó la Tierra. ¡Ay de los niños que lloran en silencio!… ¡Consuelo!…

Como yo sé lo que es vivir sin vivir, no lloro tu desaparición de la Tierra. El que no tiene una familia amorosa; el que como tú cruza el mundo implorando con dulce e inteligente mirada una limosna, ¿qué puede esperar aquí, sino una vida de penalidades y de lágrimas? ¡Adiós, pobre mártir! ¡En el espacio habrás hallado tu verdadera casa, y espíritus que te habrán hecho de padres amorosos, hallando un refugio en su seno! ¿Qué has sentido, Consuelo? ¡Con cuánto horror habrás contemplado desde ahí este valle de dolores! ¿No es verdad? Poco tiempo estuviste aquí, pero los espíritus de tu temple, en un segundo viven siglos. ¡Fueron tan tristes tus primeros años!

Amalia Domingo Soler
Extraído del libro “Cuentos espiritistas.”

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