La familia

familiaLa familia es una institución divina cuya finalidad principal consiste en estrechar los lazos sociales, proporcionándonos el mejor modo de aprender a amarnos como hermanos. Existen grupos familiares cuyas relaciones afectivas, al ser débiles, se rompen fácilmente, tomando cada cual su propio rumbo tan pronto surja una oportunidad propicia; en otros, entretanto, la amistad con que se quieren y la abnegación recíproca de que dan pruebas llegan a rayar en lo sublime. Y, entre esos extremos, existe también un escalafón casi infinito, en el que la mayoría de los terrícolas vamos haciendo nuestro aprendizaje de fraternidad.

Alguien más sensible, capaz de razonar en términos de eternidad y no sólo en función de los breves instantes de una existencia terrena, tal vez nos pregunte: Si la convivencia familiar tiene como objetivo desarrollar y profundizar la simpatía y la amistad entre los hombres, ¿podemos alimentar la seguridad de que “post-mortem” reencontremos a nuestros entes queridos?

El amor que nos haya unido aquí en la Tierra ¿será tenido en cuenta por Dios, en el sentido de garantizar que continuemos juntos en el Más Allá? Y la madre que haya merecido el cielo, ¿podrá trabajar por la salvación de los hijos supuestamente condenados al infierno, de modo que pueda acogerlos, nuevamente, en sus brazos?

Por la enseñanza de la Teología, la respuesta a estas preguntas sería una sola: no, no y no, lo que, sí es verdad, es que haría inexistentes los lazos familiares y forzosa la conclusión de que sería mejor, en este caso, que nadie quisiese a nadie, para no sufrir, después, con esa inexorable separación. El Espiritismo, sin embargo, que es el Consolador prometido por Cristo nos abre perspectivas mucho más alentadoras. Nos dice, basado en el testimonio personal de las almas que se han manifestado, que ellas fueron, en el otro lado de la Vida, grupos afines, en los cuales todos aquellos que se estiman permanecen unidos, integrando comunidades tanto más perfectas son las cualidades morales que hayan adquirido.

Cuando unos reencarnan, sea en misión o en expiación, los otros que se mantienen en la patria espiritual velan por ellos, ayudándolos a salir victoriosos. Frecuentemente aceptan nuevas encarnaciones en el mismo país, en el mismo medio social o en la misma familia, a fin de trabajar juntos por el ideal común o por su mutuo adelantamiento. Incluso los que hayan fracasado en una o más existencias, y se hallen, por eso, en regiones purgatoriales, sufriendo por las consecuencias de sus errores o de sus pasiones infamantes, no permanecen en esa situación más que el tiempo necesario para que se arrepientan y se dispongan a redimirse. Después de que eso suceda, aquellos que los aman, aunque retardando su progreso o renunciando a la felicidad a la que tienen derecho, desciende para ampararlos, animándolos y, en ciertos casos, precediéndolos en el retorno a la Tierra, para recibirlos en tutela y encaminarlos por la senda del perfeccionamiento.

No creamos, todavía, que todos cuantos estuvieron aquí unidos por el parentesco mantengan esos mismo vínculos en las esferas espirituales. Se engañan los que se imaginan que es así. Las uniones, allá, conforme dijimos más arriba, obedecen al afecto real, a la semejanza de inclinaciones o a la igualdad de nivel evolutivo. De este modo, las personas que se unieron, en este mundo, sólo por la atracción física, por mera conveniencia o por otra razón cualquiera, sin que en tal convivencia, la simpatía les hiciese vibrar las cuerdas del corazón, estas, en verdad, “no tienen ningún motivo para buscarse en el mundo de los Espíritus, ya que las relaciones de naturaleza carnal o de interés exclusivamente material se extinguen con la causa que les dio origen”. (Kardec)

No admitiendo las doctrinas anti-reencarnacionistas la preexistencia de las almas y, por consiguiente, sus inter-relaciones en el pasado; dogmatizando, por otro lado, que la diversidad de la suerte, en la vida futura, es definitiva e irreversible, sin ninguna posibilidad de comunicación entre las “elegidas” y las “rechazadas”, las vuelve prácticamente extrañas unas a las otras, al mismo tiempo que destruye los afectos nacidos y cultivados a la influencia de las uniones familiares. Por la ley de reencarnación, al contrario, las almas amigas se mantienen solidarias, no sólo durante el fugaz período que va de la cuna a la tumba, sino por los milenios además, gravitando, juntas, en busca de Dios, nuestro Padre Celestial. (Cap. VII, preg. 773 y siguientes)

Rodolfo Calligaris
Extraído del libro «Las leyes morales según la Filosofía Espírita»

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