Parábola del siervo

humberto-de-camposEn la línea divisoria en que se encuentran las regiones de la Tierra y del Cielo, noble Espíritu, exhibiendo blanca túnica, solicitaba permiso, solicitando por la Divina Ascensión. Guardaba la pureza exterior de un lirio sublime, hablaba dulcemente como si un arpa melodiosa le habitase las entrañas y mostraba en los ojos la ansiedad y la timidez del pajarillo sediento de primavera.

El Ángel del Pórtico oyó su requerimiento con atención y, admirándole la blancura del vestido, lo condujo a la balanza de precisión para observarle el peso vibratorio. Con todo, el valioso instrumento fue contra él. El clima interno del candidato no correspondía a la brillante indumentaria. Frente a las lágrimas tristes que le vertían de los ojos, el funcionario divino lo exhortó, optimista:

– Desciende a la Tierra y planta el amor cada día. La cosecha de la caridad te dará íntima luz, asegurándote la elevación.

El Espíritu hambriento de gloria celestial renació entre los hombres y, siempre cauteloso en la propia presentación, se premunió de una enorme casa, adquirida al precio de inteligencia y trabajo, y comenzó a hacer el bien por intermedio de las manos que lo servían. Numerosos criados eran movilizados por él, en la extensión de la bondad, aquí y allá… Esparcía alimentación y regalo, alivio y remedio, a través de largas zonas del suelo, explotando con felicidad los negocios materiales que le garantizaban preciosa renta.

Después de casi un siglo, retornó a la justiciera aduana. Traía la ropa más blanca, más linda. Ansiaba subir a las Esferas Superior es, pero, ajustado a la balanza, con tristeza verificó que el peso no se había alterado. El Ángel lo abrazó y explicó:

– Por tu loable comportamiento, al lado de las posesiones humanas, conquistaste la posición de Proveedor y, por eso, tu forma es hoy más bella; entre tanto, para que adquieras el clima necesario para la vida en el Cielo, es indispensable que regreses al mundo, plantando en él las bendiciones del amor.

El Espíritu, aunque desencantado, volvió al círculo terrenal. Todavía, preocupado con la opinión de los contemporáneos, se hizo hábil político, extendiendo el bien, por todos los canales y recursos a su alcance. Movilizó inmensas donaciones construyendo avenidas y escuelas, estimulando artes e industrias, ayudando a millares de personas necesitadas. Casi un siglo se agotó sobre las nuevas actividades, cuando la muerte lo recondujo a la conocida frontera. Traía él una túnica de belleza admirable, pero, llevado a examen, la misma balanza se le reveló desfavorable.

El fiscal amigo le dirigió una mirada de simpatía y dijo, bondadoso:

-Trajiste ahora el título de Administrador y, en razón de eso, tu frente se aureoló de vigorosa altivez… Para que asciendas, sin embargo, es imprescindible que retornes a la carne para la jornada del amor.

No obstante torturado, el amigo del Cielo reencarnó en el plano físico, y, hondamente interesado en preservarse, reunió millones de monedas para hacer el bien. Extensamente rico de patrimonios transitorios, asalarió a empleados diversos que lo representaban junto a los infelices, distribuyendo a manos llenas socorro y consolación. Bendecido por muchos, después de casi un siglo de trabajo, volvió a la larga barrera.

El donante saludó su presencia venerable, porque del ropaje augusto surgían nuevos destellos. A pesar de todo, aún ahí, después de larga interrogación, los resultados le fueron adversos. No consiguiera las condiciones necesarias para el santo propósito. Deshecho en lágrimas, oyó al abnegado compañero, que le informó, servicial:

– Adquiriste el galardón de Bienhechor, que te asegura la insignia de los grandes trabajadores de la Tierra, mas, para que te eleves al Cielo, es imperioso que vuelvas al plano carnal y siembres el amor.

Bañado en llanto, el aspirante a la Morada Divina resurgió en el cuerpo denso y, despreocupado de cualquier protección de sí mismo, colocó sus propias manos en el servicio a los semejantes… Capaz de poseer, renunció a las ventajas de la posesión; inducido a guardar consigo las riendas del poder, prefirió la obediencia para ser útil y, aunque muchas veces mimado por la fortuna, de ella se desprendió en beneficio de los otros, sin atarla a las ansias del corazón… Ejemplificó el bien puro, sosegó aflicciones y lavó llagas atroces… Entró en contacto con los seres más infelices de la Tierra… Iluminó caminos oscuros, levantó caídos en las calles, se inclinó sobre el mal, socorriendo a sus víctimas, en nombre de la virtud… paralizó los impulsos del crimen, apagando las discordias y disipando las tinieblas… Pero la calumnia lo cubrió de polvo y ceniza, y la perversidad, embistiendo contra él, le rasgó la carne con el estilete de la ingratitud.

Después de mucho tiempo, helo aquí de regreso al sitio divino. No pasaba, sin embargo, de miserable mendigo, encharcándose de sangre y lodo, amargura y desilusión.

– ¡Ay de mí! – sollozó junto al vigilante de la Gran Puerta – si otras veces, vistiendo nobles trajes no conseguí una respuesta favorable a mi sueño, ¿qué será de mí ahora, cubierto de barro vil?

El guardia lo abrazó enternecido, y lo condujo al sondeo habitual. Entre tanto, ¡Oh sorpresa maravillosa!… La vieja balanza, movilizando el fiel con suavidad, le reveló sublime liviandad. Extático, entre risa y llanto, el recién llegado de la Esfera Humana se sintió tomado en los brazos del Ángel Amigo, que le decía, feliz:

– Bienaventurado seas tú, mi hermano! Conquistaste el título de siervo. Puedes ahora atravesar el límite dirigiéndote a la Vida Superior.

Sucio y tambaleante, el interpelado caminó hacia el frente, pero, alcanzando el preciso lugar en que comenzaba la claridad celeste, desapareció el fango que lo recubría, desagradable, y cayeron de su epidermis llagada las pústulas dolorosas… Como por encanto, surgió vestido en una túnica de estrellas y, obedeciendo al llamado íntimo, se elevó a la gloria del firmamento, coronado de luz.

Espíritu Hermano X
Médium Francisco Cándido Xavier
Vitrina de la vida

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