El viento

chico-felizCierta vez, una señora fue hasta Uberaba y allá, delante de Chico, comenzó a quejarse de que no conseguía nada de lo que necesitaba, incluso trabajando en la Doctrina y orando día y noche. Al oír sus quejas, Chico le dijo:

– Cuando la gente tiene fe, cuando confía, ¡ellos ayudan, hija mía! Una vez, en Pedro Leopoldo, yo enseñaba catecismo a los niños, pero, un día, me lo prohibieron. Yo enseñaba catecismo a cuarenta niños… y fui prohibido porque me hice espírita. Me quedé en casa. Pero los niños querían a tío Chico… Entonces las familias trajeron a los niños a mi casa. Y yo quedé con mucha pena, porque en la iglesia ellos tenían comida. Ya eran las dos del mediodía y yo sólo tenía agua y dos trozos de pan en casa.

Eran cuarenta niños… ¿Cómo alimentaría a aquellos niños? Hice una oración y pedí a Dios que me ayudase, porque ellas no podían quedarse sin comer. ¿Cómo lo voy a hacer? Estábamos debajo de un árbol. Y, entonces, un viento muy extraño empezó a balancear las hojas del árbol. El viento silbaba entre las ramas de aquel árbol. Una vecina salió y preguntó:

– ¿Chico, qué es esto? ¿Qué ruido es ese?

– El viento…

– ¿El viento? – ¿Y esos niños de ahí?

– ¡Catecismo!…

– ¿No les dio nada para que coman?

– ¡No tengo!…

– ¡Oh, Chico! Yo tengo por aquí pastel y pan.

Y otra vecina de al lado también apareció y preguntó:

– ¿Qué fue eso, Chico? ¿Qué viento fue ese?

– El viento…

– ¿Y esos niños de ahí?

– El Catecismo…

Y así, doce familias se reunieron y empezaron a ofrecer el alimento, la comida de aquellos niños, por causa del viento.

Libro: Un minuto con Chico Xavier
Autor: José Antonio V. de Paulo
Traducción: Johnny M. Moix.

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