Burdeos

kardec2Evocación.

Vengo con gusto a vuestro llamamiento, señora. Sí, tenéis razón, la turbación espiritista, por decirlo así, no ha existido para mí (esto respondía al pensamiento del médium): desterrado voluntariamente en vuestra tierra, donde yo tenía que echar la primera simiente formal de las grandes verdades que envuelven al mundo en este momento, he tenido siempre la conciencia de la patria, y me he hallado pronto en medio de mis hermanos.

P. Os doy las gracias por habernos hecho el favor de venir. Pero no hubiera creído que mi deseo de conversar con vos tuviese influencia alguna. Debe necesariamente haber una diferencia tan grande entre nosotros, que sólo lo pienso con respeto.

R. Gracias por ese buen pensamiento, querida mía. Pero debéis saber también que cualquier distancia que las pruebas acabadas más o menos pronto, más o menos felizmente, pudiesen establecer entre nosotros, hay siempre un lazo poderoso que nos une: la simpatía. Y este lazo lo habéis unido más con vuestro pensamiento constante.

P. Aunque muchos espíritus hayan explicado sus primeras sensaciones al despertar, ¿seréis lo bastante bueno para decirme lo que habéis sentido, reconociéndoos, y cómo se ha verificado la separación de vuestro espíritu y de vuestro cuerpo?.

R. Como para todos. He conocido que se acercaba el momento de la libertad. Pero más feliz que muchos, no me ha causado angustia, porque sabía de esto los resultados, aunque fueron más grandes de lo que pensaba. El cuerpo es una traba de las facultades intelectuales, y cualesquiera que sean las luces que se hayan conservado, están siempre más o menos ahogadas por el contacto de la materia. ¡Me he dormido esperando un despertar dichoso!. ¡El sueño fue corto, la admiración inmensa!. Los esplendores celestes descorridos a mis miradas brillaban con toda su hermosura. Mi vista maravillada se hundía en las inmensidades de estos mundos, de los cuales había afirmado la existencia y la habitabilidad: era un espejismo que me revelaba y me confirmaba la verdad de mis sentimientos. El hombre, por seguro que se crea cuando habla, tiene a menudo en el fondo de su corazón momentos de duda, de incertidumbre. Desconfía, si no de la verdad que muchas veces proclama, sí al menos de los medios imperfectos que emplea para demostrarla. Convencido de la verdad que quería hacer admitir, he tenido que combatir frecuentemente contra mí mismo, contra el desaliento de ver, de tocar, por decirlo así, la verdad, y no poder hacerla palpable a los que tendrían tanta necesidad de creer en ella, para marchar con seguridad en la vía que han de seguir.

P. ¿En vuestra vida profesabais el Espiritismo?.

R. Entre profesar y practicar hay una gran diferencia. Muchas gentes profesan una doctrina que no la practican: yo practicaba y no profesaba. De la misma manera que todo hombre que sigue las leyes de Cristo es cristiano, aunque lo ignore, de la misma manera todo hambre puede ser espiritista si cree en su alma inmortal, en sus muchas existencias, en su marcha progresiva incesante, en las pruebas terrestres, abluciones necesarias para purificarse. Yo creía en ello: era, pues, espiritista. He comprendido el estado errante, este lazo intermediario entre las encarnaciones, este purgatorio donde el espíritu culpable se despoja de sus vestidos manchados, para volver a vestir una nueva ropa. Donde el espíritu en progreso teje con cuidado el traje que va a llevar de nuevo y que quiere conservar puro. He comprendido, os lo he dicho, y sin profesar, he continuado practicando.

Observación. Estas tres comunicaciones se obtuvieron por tres médiums diferentes, completamente ajenos los unos a los otros. En la analogía de los pensamientos, en la forma del lenguaje, se puede admitir al menos la presunción de la identidad. La expresión: teje con cuidado el traje que va a llevar de nuevo, es una figura encantadora, que pinta el cuidado con que el espíritu en progreso prepara la nueva existencia que debe hacerle progresar todavía. Los espíritus atrasados toman menos precauciones y hacen algunas veces elecciones desgraciadas que les fuerzan a volver a empezar.

Extraído del libro «El cielo y el infierno»
Allan Kardec

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