Canción de la inmortalidad

DiLa vida física es un proceso evolutivo para el Espíritu, que se viste de materia, para vivir las experiencias necesarias con las que alcanza su iluminación. De esa forma, cada existencia carnal constituye una bendita ocasión para el desenvolvimiento de los divinos tesoros que duermen, en germen, en el ser.

Paso a paso despierta la esencia divina de la que todos estamos constituidos, en razón de su génesis que es el amor de Nuestro Padre Celestial. Mediante los pensamientos, palabras y actos practicados se edifican las futuras jornadas, siempre cargando las consecuencias de las anteriores, tal como acontece en una clase de estudios, cuya promoción a un nivel superior depende del aprendizaje adquirido.

Cuando ocurren descuidos y deslices morales, comportamientos insalubres y agresivos que perturban la marcha del conocimiento, se establece la necesidad de la repetición del currículo, a fin de que venga a constituir la base para sentar los cimientos de nuevas informaciones. De igual manera ocurre en la adquisición de los inestimables recursos intelectuales y morales, que faculta al Espíritu a ser el autor de la felicidad o de la desdicha que señala su marcha hacia la perfección. No existen excepciones en los Códigos Soberanos de la Justicia Divina, donde todos experimentamos los mismos desafíos, gracias a los cuales se presentan portadores de diferentes niveles de conciencia y de desenvolvimiento ético-moral. Por tanto, la inmortalidad es la meta a alcanzar a través de las sucesivas reencarnaciones, que son diferentes peldaños a conquistar, en la simbología de la bíblica escalera de Jacob (Génesis, 28:11 al 19), que conduce al Infinito.

Por ello, en razón del impositivo de crecimiento hacia Dios, corresponde a cada ser el esfuerzo para desembarazarse de las pasiones primitivas que lo mantienen en la ignorancia y en la sensualidad por donde transitó, adquiriendo otros valores de naturaleza ennoblecida, que le facultarán la armonía interior, la salud y el valor para la lucha incesante. En consecuencia, la muerte física es un fenómeno biológico natural que apenas alcanza a la forma, el cuerpo material que es dejado después de su uso, prosiguiendo la vida en otra dimensión y vibración de energía, en la condición de principio inteligente, que es el Espíritu inmortal.

Es necesario que se considere la inevitabilidad de la desencarnación, pensando diariamente en que habrá de ocurrir, para que no se sea sorprendido por ella cuando suceda. Distraído por las sensaciones del cuerpo, el Espíritu se apega a la materia y a sus concepciones, permitiéndose una fijación perturbadora, de la que tendrá que liberarse generalmente a través de la contribución del sufrimiento, mediante la perturbación que lo asalta más allá de las fronteras carnales.

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Estás destinado a la plenitud o reino de los Cielos, conforme a la promesa de Jesús. No seas recalcitrante ante el impositivo de las Leyes, que no siempre responden como te gustaría a los llamados aflictivos durante la transición carnal. Sumerge el pensamiento y la emoción en las páginas libertadoras del Evangelio de Jesús, a fin de que puedas esculpirlas en la conducta diaria, valiéndote de las mismas como metodología iluminativa ante las circunstancias oscuras del período existencial.

Nada ocurre por casualidad, por capricho del destino. El tuyo es el destino reservado a los triunfadores, que solamente depende de cómo te comportes y desees. Cuando comprendas la Ley de amor a la que Jesús se refirió y vivió, más fácilmente enfrentarás los problemas que surgirán ante ti y los transformarás en lecciones de sabiduría.

Mientras los insensatos se desesperan ante los sucesos más desagradables, se entregan al resentimiento y a la blasfemia, como si fuesen elegidos e incorruptibles que no mereciesen pasar por las mismas tribulaciones a las que todos estamos sujetos, permanece fiel al deber, con paciencia y valor, para que enfrentes todas las vicisitudes con la alegría de alguien que se libera de las deudas adquiridas anteriormente. Jamás consideres que el sufrimiento es infelicidad o desgracia, pues sabes que solo eres llamado a rescatar compromisos que no fueron cumplidos y actitudes que fueron practicadas agrediendo los códigos del Bien.

En la transitoriedad terrena, todos los dolores pasarán enseguida y dejarán sus benditas o aflictivas marcas, consecuentes con la forma como los hayas resuelto. Desgracia real es el mal que puedas hacer, son las actitudes de soberbia y resentimiento que cultives, las agresiones y rebeldías que ya no deben formar parte de tu existencia. De la misma forma como te preparas para cualquier realización futura, organízate también para la muerte, para que cuando llegue, te encuentre rico en valores y paz, sin que te cause, por ello, ningún tipo de aflicción o de choque. Más allá de la tumba continuarás conforme a cómo te encuentras, siguiendo con los compromisos abrazados que no serán interrumpidos, porque la vida se extiende más allá de las vibraciones del organismo físico. Podrás continuar amando a aquellos que aún permanecen en la retaguardia y ayudándolos en su crecimiento personal, de modo que el amor continuará sirviendo de bálsamo contra la saudade (1) que, de alguna forma, es una expresión de la ternura que el afecto coloca en el ser.

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No te desesperes ante la pérdida de los seres amados que la muerte arrebató momentáneamente de tu lado. Ellos prosiguen viviendo y cantan el himno de la inmortalidad. Medita para oír sus voces, sentir sus emociones, orar con ellos y crecer también rumbo a la espiritualidad. Ellos te esperan con inmensa alegría, pues saben cuán rápido pasa el período orgánico en la Tierra. Ora por ellos con gratitud por todo cuanto significaron para ti y envuélvelos en cariño, pues el Amor es la presencia de Dios en todo el Universo.

Juana de Ángelis

(1) Añoranza, nostalgia, melancolía

(Mensaje psicografiado por el médium Divaldo Pereira Franco, en la tarde del 30 de agosto de 2013, en la Mansión del Camino, en Salvador, Bahía, Brasil).

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