Mensaje del Maestro Allan Kardec

allank“Hermanos congregados: habéis llegado al segundo período de vuestras incursiones en el campo de la verdad religiosa, del Cristianismo en su primitiva y celestial pureza. En el primero habéis estudiado; habéis observado; habéis podido nutrir vuestro entendimiento y vuestro corazón con las verdades que, como luminosos destellos del sol de las inteligencias, han despejado las nubes amontonadas en el cielo de vuestras convicciones, y con los sentimientos que nacen y se desarrollan en el purísimo calor de los dones y gracias del Altísimo. ¡Dichosos, vosotros, si sabéis aprovechar las riquezas sembradas a vuestro paso en el primer período de vuestros ensayos y estudios religiosos! Mas, habéis entrado en el segundo período, hermanos congregados, y vengo a haceros algunas indicaciones, que espero y os ruego no olvidéis.

Habéis estudiado y observado, y ha llegado ya el momento de practicar lo aprendido en esos estudios. Os miran desde los mundos de luz los buenos espíritus, que han sido para vosotros emisarios de la misericordia del Eterno, y esperan anhelantes veros transitar seguros por los caminos que seguís, pues sois fruto de sus desvelos. ¿Les obligaríais acaso a arrepentirse de la confianza que os depositaron y a volveros la espalda temporalmente? Y no solamente ellos, sino también los compañeros de la Tierra, os siguen con sus miradas, preparados para juzgar en vuestras obras la bondad de las doctrinas que difundís con la palabra. ¿Sois cristianos o no? Responded; si consideráis que lo sois no me respondáis con la palabra, sino con vuestros sentimientos y conducta. En vano diréis que lo sois, si vuestras obras desmienten lo que afirma vuestra lengua; porque solo vive como verdadero cristiano aquel que tiene a Cristo en el corazón y anda en los caminos de la caridad, que son los que Cristo abrió a la humanidad entera. En vano os entusiasmáis con la lectura de las revelaciones obtenidas, si no traducís vuestro entusiasmo en hechos que armonicen con la bondad de las instrucciones reveladas. ¿Ignoráis,
por ventura, que los errores tuvieron su causa en el falso cristianismo practicado por sus doctores? Así, si vuestro corazón no tendiese a la caridad y a la humildad, separándoos del genio del verdadero cristianismo, que os ha cubierto con sus alas, divagaréis de nuevo por las soledades del espíritu, que son el castigo de las almas frívolas e infecundas para el bien.

Conviene sobremanera, hermanos congregados, no olvidar, antes debéis tenerlo constantemente presente, que el Espiritismo es el mismo Cristianismo, y que todo lo que es ajeno y contrario a las doctrinas evangélicas, a la palabra y espíritu del Cristo, ajeno debe ser y contrario a vuestra palabra y al pensamiento que ha de guiaros y ser la estrella de los caminos que habréis de recorrer en la segunda jornada de los estudios religiosos que tanto os atañen. Ajeno y contrario es a la palabra y al espíritu de Jesús, el orgullo; ajena y contraria a la hipocresía; ajeno y contrario el apego a los placeres y bienes temporales; ajeno y contrario al egoísmo, la ociosidad, los envidiosos celos, la murmuración, el odio y la lisonja; en una palabra, a todo aquello que es ajeno y contrario a los consejos y preceptos de una conciencia sincera e ilustrada, contrario es y ajeno a la savia del Cristianismo, convirtiéndose para vosotros en árbol de prueba y fruto prohibido. La escena bíblica del paraíso se repite todos los días: el árbol de la ciencia no ha muerto. Crece y extiende sus ramas sobre la tierra, y la serpiente, enroscada, no en el tronco del árbol ni en sus gajos, sino en el corazón de cada uno de los hombres, los convida con sus falsos halagos al quebrantamiento del precepto.

Leo en vuestro pensamiento, y discurriendo sobre el mayor o menor valor que dais a mis palabras, os decís: amor, caridad, sencillez, adoración, pureza, todo esto está muy bien; pero ya lo sabíamos. ¿Por qué no hablarnos de otros puntos por nosotros ignorados, como los que se refieren al mundo de los espíritus y su admirable economía? ¿Por qué repetirnos hoy, mañana, y siempre, los mismos consejos y preceptos? ¡Oh, hermanos congregados! ¿Creéis que la misión de los espíritus es satisfacer la vana curiosidad, el orgullo, el amor propio y los caprichos de los hombres? No seáis injustos, os lo ruego, en beneficio de vosotros mismos; y a fin de que juzguéis con más acierto y rectitud, me propongo hablaros, entre otras cosas, del hermoso, del celestial ministerio de los espíritus de luz.

Pero antes, he de hablaros de otros asuntos que os tocan más de cerca, porque se refieren a vosotros: primero, que no os elevéis sobre las nubes, pues, es necesario que conozcáis la tierra que pisan vuestros pies, y los lazos que a ella os retienen y encadenan. Yo no cumpliría la misión que me trae a vuestro lado, si, ofreciendo a vuestra consideración el bellísimo cuadro de las armonías celestes, dejase de mostraros el camino por donde podéis, en menos tiempo, participar de aquellas venturosas armonías.

Sin el consolador auxilio de la Providencia, que nunca deja a las criaturas abandonadas a sus exclusivas fuerzas, en vano intentaréis elevaros sobre las miserias de la tierra y el barro de las debilidades humanas. Vuestras inexpertas alas se derretirían al soplo corrompido y abrasador de las pasiones que engendran el egoísmo y el orgullo. Una sola palabra explica y sintetiza toda la moral, toda la ley y toda la revelación desde el principio hasta hoy, y es la fórmula universal del progreso, de la virtud y de la felicidad; es el mismo Verbo divino revelado y la luz que irradia sobre los hijos de los hombres desde las alturas del pensamiento infinito. ¿Será necesario que os nombre esa palabra? Juzgo que no, porque todos la recordaréis sin esfuerzo. Mas, sería mejor, mucho mejor, que, en vez de llevarla escrita en vuestra mente, la sintieseis llenando vuestro corazón, conmoviendo incesantemente sus fibras. Pues bien, esa palabra, CARIDAD, que todos habéis evocado espontáneamente, sin necesidad de repetírosla, es la fórmula que estáis llamados a resolver en el segundo período de vuestros estudios religiosos; la caridad, practicadla, así como en el primer periodo habéis discurrido sobre sus bellezas y excelencias en el terreno filosófico.

Ya os he manifestado que Espiritismo y Cristianismo son una misma cosa; y ahora os añadiré que ambas palabras significan caridad, y que, tal como lo enseñó y practicó Jesús, sin caridad no hay espíritu verdaderamente cristiano. ¡Caridad! ¡Amorosa palabra, manjar divino de las almas puras, de los espíritus de Dios! Al pronunciarla los ángeles, una suave armonía llena los cielos y se establece una dichosa corriente de inefables dulzuras desde el trono del Altísimo hasta la morada de los hombres. Es la escalera de Jacob: por ella descienden los consuelos, las esperanzas y los primeros destellos de felicidad inmortal en el corazón del hombre. Mas, ¡ay!, ¡cuán poco eco halla en la tierra la palabra caridad en el corazón de los mortales! Infinitos labios la pronuncian, pero sin salir de las entrañas: escrita en la mente, se pronuncia con frialdad, cuando debiera salir envuelta en torbellinos de llamas; porque la caridad es fuego purificador, que consume todas las impurezas e imperfecciones de las criaturas que formó la voluntad soberana.

Tenéis abierto a vuestro corazón el mundo de las miserias humanas, vastísimo campo en que podéis y debéis ejercitar y desarrollar los gérmenes del amor con el que Dios enriqueció vuestras almas. Así como habéis ejercitado y cultivado el entendimiento en el campo de las especulaciones filosóficas, habéis pensado y meditado en materia de religión, y ha llegado ya el momento de sentir amor y dar caridad, si no queréis haceros responsables por el fracaso de los ideales recogidos en la primera jornada de vuestro viaje al mundo de la verdad. La religión es sentimiento más que conocimiento: así vemos a muchos ignorantes que creen en Dios y le aman sin conocerle, y muchos sabios que le conocen hasta donde alcanza la sabiduría de los hombres, y sin embargo no le aman, ni respetan los decretos de su absoluta voluntad. Por eso, el juicio de los primeros será de vida, porque cumplieron la ley por bondad de corazón, y el de los segundos, de castigo, porque conocieron la ley del bien y la despreciaron por frialdad y orgullo del espíritu. A ningún hombre se le condena por lo que no sabe, sino por lo que ha dejado de sentir, en razón de que el libro de la sabiduría es un libro generalmente cerrado y el del sentimiento un libro universalmente abierto.

No a todos es dado poseer en una existencia los secretos de la ciencia, mas, sí, las dulzuras del sentimiento, cuyos tesoros están a la vista de todas las criaturas sin excepción, derramados en el universo por la mano de la misericordiosa Providencia. Desde el rey de los astros, radiante y esplendoroso, hasta la pobre luciérnaga; desde el majestuoso cedro, que eleva su copa dispuesto a sobrepasar las nubes, hasta el humilde tallo de hierba que se arrastra por los suelos; desde el águila hasta el insecto; desde el león hasta el reptil y el gusano; desde el monarca hasta el último de los siervos, y desde el palacio de la abundancia y del placer hasta la choza de la miseria y del dolor, son otras tantas páginas del libro del sentimiento constantemente abierto a la consideración de los mortales.

Jesús os impele a sentir. Y no os admiréis de que llame enérgicamente vuestra atención acerca del sentimiento y de su necesidad; porque sin él, vanos habrían sido todos los esfuerzos que habéis empleado para pertenecer al número de los verdaderamente cristianos, de los discípulos imitadores de Jesús, que era todo sentimiento, porque era todo caridad. Seríais cristianos especulativos, y nada más; árboles sin fruto, que el Padre de familia mandaría arrancar para ser arrojados a las llamas. El amor y la caridad lo es todo, y por lo mismo requieren estar al alcance de todos. Es más que la ciencia, porque la ciencia la hallaréis en los caminos de los impíos como en los senderos de los justos; y es más que el bien obrar, porque también los malos hacen a veces obras buenas. El que realmente ama y es caritativo, hace posible las obras del sentimiento; y aun cuando por no serle posible, no las haga, ante la ley le son reputadas como hechas e imputadas a justicia.

Os conmino, pues, a amar en la segunda jornada de vuestros estudios religiosos, que es la jornada decisiva de vuestro porvenir; amad y sed caritativos sin desviaros. ¡Oh, hermanos míos! Tiemblo al pensar que puede alguno de vosotros ser llamado a venir a juicio con el hielo en el corazón, después de las luces que sobre vuestras cabezas ha derramado profusamente la omnipotente mano del Excelso. El sentimiento del amor es la ley: ved, por tanto, que para el cumplimiento de la ley es necesario, indispensable, que améis. El amor cubre a la muchedumbre de los errores; porque es luz que purifica y bálsamo que repara. El que ama, obra exclusivamente el bien, que es la reparación del mal, y la felicidad será el fruto de sus amorosas obras. Amad, hermanos congregados; amad, hijos míos; y en el ministerio del amor hallaréis el ministerio de los espíritus perfectos. Estos son, por el amor y para el amor, los mensajeros, y cumplidores, y guardianes de la voluntad excelsa, de esa voluntad eternamente activa que es la ley de la creación; de esa voluntad que enciende los celestes luminares y la inteligencia del hombre; de esa voluntad que, penetrando todos los seres y el espacio, infunde por doquier la fuerza y multiplica la vida.

La misión de los seres de luz, así como la de los espíritus puros, es reflejar sobre los demás la luz que reciben del inextinguible foco de la sabiduría de Dios; seres dichosos por el amor, su felicidad es la caridad, cuya virtud les ayudó a desprenderse de sus impurezas e imperfecciones y elevarse a las felices moradas, donde no se conocen ni las miserias de la Tierra, ni las tormentas del corazón, ni las inconsecuencias del espíritu; moradas de felicidad siempre naciente, porque es la felicidad del amor, y el amor se halla eternamente y desde el principio en la obra del Creador. Si el amor se agotase, allí y en el mismo momento acabaría la ley del progreso que conduce a la felicidad.

¡Oh! ¡Hermosísima misión la de los mensajeros del amor, de los espíritus de luz! Por la luz y por el amor han sido bendecidos, y por amor aspiran constantemente al progreso y la elevación de los demás por el amor y por la luz. Con la velocidad del pensamiento circulan sin cesar y sin cansancio en derredor de los infinitos orbes que se mueven en los inmensos senos del espacio, orbes que vienen a ser como las celdillas de la colmena universal, en cada una de las cuales van los espíritus bondadosos a depositar la miel de su caridad.

El ministerio que desde su elevación ejercen los espíritus de luz, podéis, bien que en menor escala, ejercerlo igualmente vosotros en la Tierra. Ellos ven ante sí infinidad de mundos que necesitan de su amor, y vosotros estáis rodeados de infinidad de seres para los cuales el rocío de vuestra caridad les conducirá al progreso, la regeneración, la vida y la felicidad en el porvenir. ¡Cuántas veces el hombre amoroso de sus hermanos hace la caridad, sin sospechar que sus obras en la Tierra constituyen el preludio de su misión espiritual en las regiones celestiales! La caridad, hermanos congregados, es un árbol cuya raíz está en el misterioso y fecundo seno del Creador, y cuyas ramas, cargadas de frutos y perfumes, se extienden en todas direcciones, haciendo plácida sombra sobre las moradas sembradas en el universo, que es la casa del Señor. Decís que sois espiritistas, hermanos míos; enhorabuena, yo os aplaudo. ¿Sois hoy mejores que ayer? ¿Seréis mañana mejores que hoy y mejores cada día? ¿Os conmueve el espectáculo de la naturaleza y la contemplación del cielo? ¿Derramáis lágrimas del corazón a la vista de las desdichas ajenas? ¿Amáis, hermanos míos?, ¿amáis? Porque el Espiritismo, que es el Cristianismo, que es la Caridad, permitidme que lo repita, no se reduce a discurrir y a propagar, sino que exhorta, ante todo y sobre todo, a despertar el sentimiento de amor y la caridad, que es el principio y la fuente de las obras que nos aproximan a la perfección y a Dios. El que se ciñe al conocimiento y predicación de las verdades cristianas, pero sin sentirlas ni aplicarlas, se parece a uno que ha descubierto un abismo y que, no obstante, se precipita en él mientras advierte del peligro a los demás.

Que mis palabras no sean en vosotros semilla de desaliento: harto conozco las debilidades de la humana naturaleza, para impresionarme de las vuestras y poderos aconsejar que tratéis de desprenderos en un momento de todas vuestras imperfecciones. ¡Cómo he de exigiros lo que fue y es aún imposible para mí! Yo no hago otra cosa que llamar a vuestra voluntad y sentimientos al bien; mostraros la vía que juntos hemos de recorrer para acercarnos a la finalidad ideal siempre progresiva de la perfección espiritual. Los ángeles del Señor, esos dichosos seres que beben el amor en su divino manantial, y de los cuales, como de otras tantas fuentes, manan arroyos de caridad que riegan y fecundan las pobres plantas humanas esparcidas por el Universo; los ángeles del Señor han descorrido a los ojos de mi alma uno de los velos caídos ante la luz de la verdad, a fin de que pudiese yo hacer e hiciese lo mismo con vosotros. Y como he visto que la verdad está en la virtud, y no más que en la virtud, tal es el motivo porque os he convocado a la práctica del amor, compendio y suma de todas las virtudes irradiadas del divino centro y foco.

Voy a terminar, hermanos congregados. Seamos todos, cada día, mejores en Jesús: su llamado comprometedor es, sin embargo asumible y pueden seguirlo aun los más débiles e imperfectos. Sigamos cada uno su ejemplo con resignación y amor, y subiendo así el calvario de la expiación, de la reparación y de la prueba, imitaremos a Jesús en los merecimientos primero, para ser después bendecidos por la virtud de dar cumplimiento a su doctrina.

Mensaje del Maestro Allan Kardec, dirigido a los miembros del Círculo Cristiano Espiritista de Lérida, España, a través de un médium anónimo, publicado en la obra Roma y el Evangelio de José Amigo y Pellicer, en 1874, transcripto de la edición de 1946, de la Editorial Víctor Hugo, pp. 174 – 181, Buenos Aires, Argentina. Anuario Espirita 2015.

2 comentarios sobre “Mensaje del Maestro Allan Kardec

  1. Responder
    Marcia Josefa Peretti Berguerand - 28 junio, 2018

    Me gustaria saber si hay algun grupo que se reune en Santa Coloma de Farners-Espanha. Necesito ayuda y información, es un tema de salud muy complejo. Estaria imensamente agradecida si me contestara.
    Um grande abrazo!

    1. Responder
      admin - 29 junio, 2018

      Hola, en santa Coloma de Farners no lo se, pero en Barcelona hay varios centros espiritas, aquí te adjunto dos http://www.cbce.info/web/ https://www.ceads.es/

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Volver arriba