María de Magdala

Maria_magdalaMaría de Magdala había escuchado las prédicas del Evangelio del Reino, no lejos de la principesca villa donde vivía entregada a los placeres, en compañía de ciertos patricios romanos, llenándose de profunda admiración por el Mesías. ¿Qué nuevo amor era aquel predicado a simples pescadores por labios tan divinos? Hasta entonces, ella había caminado sobre las rosas rojas del deseo, embriagándose con el vino de condenables alegrías. No obstante, su corazón estaba sediento y desalentado.

Joven y hermosa, se había emancipado de los estrictos prejuicios de su raza; su belleza esclavizó ante sus caprichos de mujer, a los más ardientes admiradores; pero su espíritu tenía hambre de amor. El profeta nazareno había sembrado en su alma nuevos pensamientos. Después de escuchar su palabra, notaba ahora que las facilidades de la vida traían un tedio mortal a su sensible espíritu. Las músicas voluptuosas no encontraban eco en su interior, los adornos romanos de su habitación se tornaron áridos y tristes. María lloró largamente, aunque no comprendiese aun lo que proponía el desconocido profeta. Sin embargo, su invitación amorosa parecía resonar en sus fibras más sensibles de mujer. Jesús llamaba a los hombres para afrontar una vida nueva.

Después de una noche de grandes meditaciones y antes del famoso banquete de Naim, en el cual ella ungiría públicamente los pies de Jesús con los bálsamos perfumados de su afecto, fue vista una tranquila barca que conducía a la pecadora a Cafarnaum. Después de muchas dudas se había dispuesto a buscar al Mesías. ¿Cómo la recibiría el Señor, en la residencia de Simón? Sus coterráneos nunca le perdonaron el abandono del hogar y la vida de aventuras. Para todos, ella era la mujer perdida que tendría que encontrar la lapidación en la plaza pública. Pero, su conciencia le impelía a que fuese. Jesús trataba a la multitud con especial cariño. Jamás se observó ninguna expresión de desprecio hacia las numerosas mujeres de vida equívoca que le rodeaban. Además, se sentía seducida por su generosidad. Si fuera posible, desearía cooperar en la ejecución de sus ideas puras y redentoras. Se proponía a amar, como Jesús amaba, a sentir con sus sentimientos sublimes. Si fuese necesario, sabría renunciar a todo. ¿¡De qué le valían las joyas, las flores raras, los banquetes suntuosos, si, aun con todo eso, conservaba su sed de amor!?…

Envuelta en esos pensamientos profundos, María de Magdala penetró el umbral de la humilde residencia de Simón Pedro, donde Jesús parecía esperarla, tal era la bondad de la sonrisa con que la recibió. La recién llegada se sentó con una indefinible emoción que estrangulaba su pecho. Sin embargo, venciendo sus más fuertes impresiones, así dijo, con voz suplicante, después de los primeros saludos:

–¡Señor, escuché vuestra palabra consoladora y vengo a vuestro encuentro!… ¡Tenéis la clarividencia del cielo y podéis adivinar cómo he vivido! Soy una hija del pecado. Todos me condenan. ¡Mientras tanto, Maestro, observad cómo tengo sed de verdadero amor!… Mi existencia, como todos los placeres, ha sido estéril y amarga…

Las primeras lágrimas corrieron de sus ojos, mientras Jesús la contemplaba, con infinita bondad. Pero, ella continuó:

–¡Escuché vuestra amorosa invitación al Evangelio! Desearía ser de vuestras ovejas; pero, ¿será posible que Dios me acepte?

El profeta nazareno la miró, enternecido, examinando las profundidades de su pensamiento, y respondió, bondadoso:

–¡María, levanta los ojos hacia el cielo y regocíjate en el camino, porque escuchaste la Buena Nueva del Reino y Dios bendice tus alegrías! ¿Acaso, podrías pensar que alguien en el mundo estuviese condenado al pecado eterno? ¿Dónde estaría entonces el amor de Nuestro Padre? ¿No has visto nunca a la primavera ofrecernos flores sobre una casa en ruinas? Las ruinas son las criaturas humanas; pero, las flores son las esperanzas en Dios. Sobre todos los errores y desventuras propias del hombre, las bendiciones paternales de Dios bajan y llaman. ¡Hoy sientes ese nuevo sol que ilumina tu destino! Camina ahora bajo su luz, porque el amor cubre la multitud de pecados.

La pecadora de Magdala escuchaba al Maestro, bebiendo sus palabras. Ningún hombre le había hablado así a su incomprendida alma. Los más irreflexivos pervertían sus buenas inclinaciones, los aparentemente virtuosos la despreciaban sin piedad y escuchando las referencias de Jesús al amor, María acentuó, levemente:

–¡No obstante, Señor, he amado y tengo sed de amor!…

–Sí –respondió Jesús– tu sed es real, el mundo vició todas las fuentes de redención y es imprescindible que comprenda que en sus sendas de virtud tiene atravesar una puerta muy estrecha. Generalmente, un hombre desea ser bueno como los otros, u honesto como los demás, olvidando que el camino donde todos pasan es de fácil acceso y de marcha sin edificaciones. La virtud en el mundo fue transformada en la puerta ancha de la conveniencia propia. Hay los que aman lo que les pertenece en el círculo personal, los que son sinceros con sus amigos, los que defienden sus familiares, los que adoran a los dioses de favor. Sin embargo, el que verdaderamente ama, conoce la suprema renuncia a todos los bienes del mundo y vive feliz, en su camino de trabajos para alcanzar la difícil entrada a las luces de la redención. El amor sincero no exige satisfacciones pasajeras que se extinguen en el mundo con la primera ilusión; trabaja siempre, sin amargura y sin ambición con los júbilos del sacrificio. ¡Solo el amor que renuncia sabe caminar hacia la vida suprema!…

María lo escuchaba embelesada. Ansiosa por comprender completamente aquellas nuevas enseñanzas, interrogó con atención:

–¿Solo el amor por el sacrificio podrá saciar la sed del corazón?

Jesús tuvo un gesto afirmativo y continuó:

–Solo el sacrificio contiene el divino misterio de la vida. Vivir bien es saber consagrarse. ¿Acaso crees que el mundo mantiene su propio equilibrio únicamente con los caprichos antagónicos y a veces criminales de los que se elevan a la galería de los triunfadores? Toda luz humana viene del corazón experimentado y manso de los que fueron sacrificados. Un guerrero cubierto de laureles levanta gritos de victoria sobre los cadáveres que yacen en el suelo; pero, solo los que cayeron hacen bastante silencio, para que se escuche en el mundo el mensaje de Dios. El primero hace la experiencia para un día; los segundos construyen el camino definitivo en la eternidad. En tu condición de mujer, ¿has pensado en lo que sería el mundo sin las madres exterminadas en el silencio y en el sacrificio? ¿¡No son ellas las cultivadoras del jardín de la vida, donde los hombres entran en batalla!?… ¡Muchas veces, el campo florido se cubre de lodo y sangre; entre tanto, en su tarea silenciosa, los corazones maternales no se desesperan y reedifican el jardín de la vida, imitando la Providencia Divina, que extiende sobre un cementerio los lirios perfumados de su amor!…

María de Magdala, escuchando aquellas advertencias, comenzó a llorar, a sentir en lo íntimo de su ser el desierto en el que vive la mujer sin hijos. Por fin, exclamó:

–¡Desgraciada de mí Señor, que no podré ser madre!…

Entonces, atrayéndola suavemente hacia sí, el Maestro agregó:

–¿Y cuál de las madres será mayor a los ojos de Dios? ¿La que se
dedicó solamente a los hijos de su carne, o la que se consagró, por el espíritu, a los hijos de otras madres?

Aquella pregunta pareció despertarla a reflexiones más profundas. María se sintió amparada por una energía interior diferente, que hasta entonces había desconocido. La palabra de Jesús honraba su espíritu; la invitaba a ser madre de sus hermanos en humanidad, favoreciéndolos con los bienes supremos de las más elevadas virtudes de la vida. Experimentando radiante felicidad en su mundo interior, contempló al Mesías con los ojos llenos de lágrimas y en el éxtasis de su inmensa alegría, murmuró conmovida:

–¡Señor, de aquí en adelante renunciaré a todos los placeres transitorios del mundo, para adquirir el amor celestial que me enseñaste!… Acogeré como hijas a mis hermanas en el sufrimiento, buscaré a los infortunados para aliviar las heridas de sus corazones, estaré con los paralíticos y los leprosos…

En ese instante, Simón Pedro pasó por el aposento, buscando su interior y la observó con cierta extrañeza. La convertida de Magdala sintió su mirada glacial, casi denotando desprecio, y ya recelosa de perder un día la convivencia del Maestro, preguntó con interés:

–Señor, ¿cómo quedaremos cuando partas de este mundo?

Jesús comprendió el motivo y el alcance de su palabra y esclareció:

–Ciertamente que he de partir, pero estaremos reunidos eternamente en espíritu. En cuanto al futuro, con sus infinitas perspectivas, es necesario que cada uno tome su cruz, en busca de la puerta estrecha de la redención, colocando por encima de todo la fidelidad a Dios y, en segundo lugar, la confianza perfecta en sí mismo.

Observando que María, aun oprimida por la extraña mirada de Simón Pedro, se preparaba a regresar, el Maestro le sonrió con bondad y dijo:

–Anda, ¡María!… Sacrifícate y ama siempre. Largo es el camino, difícil la jornada, estrecha la puerta; pero, la fe remueve los obstáculos… Nada temas. ¡Solamente es necesario creer!

Más tarde, después de su gloriosa visión de Cristo resucitado, María de Magdala volvió de Jerusalén a Galilea, siguiendo los pasos de los queridos compañeros. El mensaje de la resurrección había extendido una alegría infinita. Después de algún tiempo, cuando los apóstoles y seguidores del Mesías buscaban revivir el pasado junto al Tiberíades, los discípulos directos del Señor abandonaron la región, difundiendo la Buena Nueva. Cuando se disponían los dos últimos compañeros a partir definitivamente a Jerusalén, María de Magdala, temiendo la soledad de la añoranza, rogó fervorosamente que le permitiesen acompañarlos a la ciudad de los profetas; no obstante, ambos, se negaron a consentir sus deseos. Temían de su pasado de pecadora, no confiaban en su corazón de mujer. María comprendió, pero recordando al Maestro, se resignó.

Humilde y sola, resistió a todas las propuestas condenables que la solicitaban para una nueva caída en la perversión. Sin recursos para vivir, trabajó para mantenerse, en Magdala y Dalmanuta. Fue fuerte en las horas más ásperas, alegre en los sufrimientos más escabrosos, fiel a Dios en los instantes oscuros y pungentes. De vez en cuando, iba a las sinagogas, deseosa de cultivar la lección de Jesús; pero las aldeas de Galilea estaban nuevamente subyugadas a la intransigencia del judaísmo. Ella comprendió que transitaba ahora el camino estrecho, por donde iba sola, con su confianza en Jesús. A veces, lloraba de nostalgia, cuando paseaba en el silencio de la playa, recordando la presencia del Mesías. Las aves del lago, en el crepúsculo, se posaban, como antes, en las alcaparras más próximas; el horizonte ofrecía, como siempre, su banquete de luz. Ella contemplaba las mansas olas y les confiaba sus meditaciones.

Cierto día, un grupo de leprosos vino a Dalmanuta. Venían de Idumea aquellos infelices, cansados y tristes, en supremo abandono. Preguntaban por Jesús Nazareno, pero todas las puertas se les cerraban. María fue hasta donde estaban ellos y, sintiéndose aislada, con amplio derecho de emplear su libertad, los reunió bajo los árboles de la playa y les trasmitió la palabra de Jesús, llenando sus corazones de las claridades del Evangelio. No obstante, las autoridades locales ordenaron la inmediata expulsión de los enfermos. La gran convertida notó una alegría muy grande en el semblante de los infortunados, debida a sus fraternas revelaciones al respecto de las promesas del Señor, que se puso en marcha hacia Jerusalén, en su compañía. Todo el grupo pasó la noche al aire libre, pero sentían que los júbilos del Reino de Dios ahora los dominaba. Todos se interesaban por las descripciones de María, devorando sus exhortaciones, contagiados por su alegría y de su fe. Llegados a la ciudad, fueron conducidos al valle de los leprosos, que quedaba distante, donde Magdalena penetró con espontaneidad de corazón. Su espíritu recordaba las lecciones del Mesías y un valor indefinible dominaba su alma. De allí en adelante, todas las tardes, la mensajera del Evangelio reunía al grupo de sus nuevos amigos y les predicaba las enseñanzas de Jesús. Rostros ulcerados se llenaban de alegría, ojos sombríos y tristes eran tocados por una nueva luz. María les explicaba que Jesús había ejemplificado el bien hasta la muerte, enseñando que todos sus discípulos debían tener buen ánimo para vencer al mundo.

Los agonizantes se arrastraban junto a ella y besaban su sencilla túnica. La hija de Magdala, recordando el amor del Maestro, los tomaba en sus brazos fraternos y cariñosos. En poco tiempo, su epidermis presentaba, igualmente, manchas violáceas y tristes. Ella comprendió su nueva situación y recordó la recomendación del Mesías de que solamente sabían vivir los que sabían consagrarse. Y sintió gran goce, por haber llevado a sus compañeros en el dolor una migaja de esperanza. Desde su llegada, en todo el valle se hablaba de aquel Reino de Dios que la criatura debía edificar en su propio corazón. Los moribundos esperaban la muerte con una dichosa sonrisa en los labios, los que la lepra deformaba o abatía guardaban buen ánimo en sus fibras más sensibles.

Sintiéndose en el final de su meritoria tarea, María de Magdala deseó reencontrar antiguos afectos de su círculo personal, que se encontraban en Éfeso. Allá estaban Juan y María de Nazaret, además de otros compañeros de los júbilos cristianos. Adivinaba que sus últimos dolores terrestres estaban ya muy próximos; entonces, deliberó poner en práctica su humilde deseo. En las despedidas, sus compañeros de infortunio material venían a suplicar sus últimos consejos y recuerdos. Envolviéndolos en su cariño, la emisaria del Evangelio solo les decía:

–¡Jesús desea intensamente que nos amemos unos a los otros y que participemos de sus divinas esperanzas en la más extrema lealtad a Dios!…

Entre aquellos enfermos, los que aún se equilibraban por los caminos le traían el fruto de las escasas limosnas y los niños abandonados venían a besarle las manos. En la fortaleza de su fe, la ex pecadora abandonó el valle, a través de ásperos caminos, alejándose de cabañas miserables. La peregrinación le fue difícil y angustiosa. Para satisfacer sus intentos recurrió a la caridad, sufrió penosas humillaciones, se sometió al sacrificio. Observando las pestilentes heridas que substituían su antigua belleza, se alegraba en reconocer que su espíritu no tenía motivos para lamentaciones. Jesús la esperaba y su alma era fiel. Realizada su aspiración, entre infinitas dificultades, María, un día, se encontró a las puertas de la ciudad; pero, un invencible abatimiento dominaba sus centros de fuerza física. En el justo momento de sus efusiones afectuosas, cuando el caserío de Éfeso se desdoblaba a la vista, su cuerpo resquebrajado se negó a caminar. Una modesta familia de cristianos del suburbio la recogió en una humilde tienda, caritativamente. Magdalena pudo aún volver a visitar a amistades muy queridas, conforme a sus deseos. Entre tanto, por largos días de padecimientos se debatió entre la vida y la muerte.

Una noche, llegó al auge con los profundos dolores que sentía. Su alma estaba iluminada por suaves recuerdos y, a pesar de encontrarse sus ojos cerrados por los párpados entumecidos, veía con los ojos de la imaginación el lago querido, los compañeros de fe, el Maestro bien amado. Su espíritu parecía trasponer las fronteras de la eternidad radiante. De minuto a minuto, se le escuchaba un gemido sordo, mientras sus hermanos de creencia rodeaban su lecho de dolor, con las oraciones sinceras de sus corazones amigos y desvelados.

En cierto instante, se observó que su pecho no se expandía más. A pesar de ello, María experimentaba una consoladora sensación de alivio. Se sentía bajo los árboles de Cafarnaum y esperaba al Mesías. Las aves cantaban en las ramas próximas y las olas susurrantes venían a besarle los pies. Fue entonces cuando vio a Jesús aproximarse, más bello que nunca. Su mirada tenía el reflejo del cielo y en el semblante traía un júbilo indefinible. El maestro le extendió las manos y ella se postró, exclamando, como antiguamente:

–¡Señor!

Jesús la recogió suavemente en los brazos y murmuró:

–¡María, ya pasaste por la puerta estrecha!… ¡Amaste mucho! ¡Ven! ¡Yo te espero aquí!

Espíritu Humberto de Campos
Médium Francisco Cándido Xavier

(Transcrito de Buena Nueva, IDE-Mensaje Fraternal, Capítulo 20, pp. 130 – 139, 2007, Araras, SP., Caracas).

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