Siembra y cosecha

Humberto-de-CamposCierto Hombre, enredado en el vicio de la embriaguez, era frecuentemente visitado por un generoso amigo espíritu al que le amparaba la existencia.

– ¡Arrepiéntete y recurre a la Bondad Divina! – rogaba el bienhechor cuando el alcohólico se desprendía parcialmente del campo físico, en las alas del sueño. – ¡Valoriza el tiempo y no postergues tu propia renovación! Un cuerpo terrestre es herramienta preciosa con la que el alma debe servir en la oficina del progreso. No menosprecies tus propias fuerzas!…

El infeliz despertaba, impresionado. Rememoraba las palabras oídas, intentaba mentalizar la hermosura del enviado sublime y, íntimamente, formulaba el propósito de regenerarse. Sin embargo, sobreviniendo la noche, sucumbía de nuevo a la tentación. Embriagándose, se arrojaba a un largo período de inconsciencia, volviéndose al relajamiento y la desidia.

Borracho, se empeñaba tan solamente en ahogar las mejores oportunidades de la vida, copa tras copa. Entre tanto, pronto surgía alguna zona de conciencia en aquella cabeza perturbada, el mensajero lo requería, solícito, recomendando:

– ¡Atiende! ¡No huyas a la responsabilidad. El pasaje por la Tierra es un valioso recurso para la ascensión del espíritu… ¡El tiempo es un crédito del que daremos cuenta! ¡Apela a la compasión del Señor! ¡Modifícate! ¡Modifícate!…

El mísero despertaba en la carne, recordaba la confortadora entrevista y se disponía al reajustamiento preciso; entre tanto, después de algunas horas, seducido por los propios deseos, caía nuevamente en zona oscura. Ebrio, se mantenía meses y meses en la sensualidad del auto-olvido. Con todo, siempre aparecía un instante de lucidez en que el compañero vigilante interfería. Nuevo socorro del Cielo, nuevas promesas de transformación y nueva caída espectacular. Años y años fueron desafiados en el milagroso ovillo del tiempo, cuando el infortunado, de cuerpo gastado, se reconoció enfermo y abatido.

La molestia se instalara, despiadada, en la fortaleza orgánica, inclinando sus pasos hacia el desfiladero de la muerte. Incapaz de reponerse, el enfermo oró, modificado. Quería vivir en el mundo y, para eso, haría todo para recuperarse. En breves segundos de alejamiento del estragado vehículo, encontró al divino mensajero y, arrodillándose, comunicó:

– ¡Ángel abnegado, me transformé! Soy otro hombre… ¡Estoy arrepentido! Reconozco mis errores y haré todo para redimirme… Recurro a la piedad de nuestro Padre Todo-Compasivo, toda vez que pretendo alcanzar el futuro en el aspecto de servidor despierto para las elevadas obligaciones que la vida nos confirió…

El protector lo abrazó, conmovidamente, y, enjugándole las lágrimas, se llenó de júbilo, exclamando:

– ¡Bienaventurado seas! En adelante, estarás liberado de la perniciosa influencia que hasta ahora te oscureció la visión. Bendito porvenir sonreirá a tu destino. ¡Rindamos gracias a Dios!

El enfermo retomó el cuerpo, con el corazón aliviado, con la luz de la esperanza aclarándole el alma. Pero los padecimientos orgánicos recrudecían. La asistencia médica, aliada a los mejores recursos de enfermería, revelaba insuficiencia para quitarle el malestar. Transcurridos varios días de angustioso dolor, se entregó a la oración con sentida compunción y, amparado por el bienhechor invisible, se encontró fuera de la carne, en ligero momento de alivio.

– Ángel amigo – imploró -, ¿acaso el Todo-Bondadoso no se compadece de mí? ¡Estoy renovado!… ¡Cambié mis rumbos! ¿por qué tamañas pruebas?

El guardián lo alentó, benevolente, y esclareció:

– ¡Cálmate! El sincero reconocimiento de nuestras faltas es fuerza de limitación del mal en nosotros y fuera de nosotros, como medida que circunscribe el radio de un incendio, para extinguirlo poco a poco, pero no opera regresos en la Ley. El amor infinito de Dios nos revela fulgurantes caminos para la propia elevación; todavía, la justicia de Él determina que vengamos a recibir, invariablemente, según nuestras obras. Válete del perdón divino que, como respuesta del Señor a tus ruegos, es ahora en tu alma anhelo de reajuste y don renovador, pero no olvides el deber de destruir los espinos que juntaste. ¡El arrepentimiento no cura las afecciones del hígado, así como el remordimiento edificante del homicida no remedia la llaga abierta por el golpe de la hoja insensata!… ¡Aprovecha la enfermedad que te purifica el sentimiento y usa la tolerancia del Cielo como nuevo compromiso de trabajo a favor de ti mismo!…

El enfermo deseó seguir oyendo la palabra balsamizante del amigo celeste… La carne enfermiza, sin embargo, le exigía el regreso. Con todo, recomponiéndose mentalmente en el cuerpo fatigado, aunque gimiese bajo la flagelación regeneradora, lloraba y reía, feliz.

Espíritu Hermano X
Médium Francisco Cándido Xavier
Vitrina de la vida

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