La mujer y sus sagrados atributos: maternidad, amor, femineidad

madres“Y será aun a la mujer a quien confiaremos la misión más sublime en la construcción evangélica dentro de los corazones, en el supremo esfuerzo de iluminar al mundo”. (Buena Nueva, Humberto de Campos / Francisco Cândido Xavier, Lección 22, La mujer y la resurrección, IDE-Mensaje Fraternal, páginas 148 149, Araras, Caracas. 1985).

Siendo creado por Dios sencillo e ignorante, el Espíritu se educa en el prodigioso laboratorio del Universo. Ganó la bendición de la Vida, sin poseer ningún recurso neuropsíquico o pequeño impulso del instinto. Todo estaba por conquistar, a través de la divina Ley de Reencarnación. Trae en germen potencias espirituales para realizar, por sí mismo y a través de innumerables existencias corpóreas, su gran destino, su propio progreso espiritual rumbo a la Perfección.

Derechos y funciones

Ante las Leyes de Dios, el hombre y la mujer tienen los mismos derechos, en cuanto son Espíritus inmortales, creados con los mismos atributos de vivir, trabajar, aprender, estudiar, desarrollar, perfeccionarse y progresar tanto en inteligencia como en sentimientos. En lo que atañe a la vida en la sociedad humana, la mujer ha sufrido graves problemas familiares, conyugales, sociales y afectivos. Ella se ve, en muchos países, excluida de sus derechos naturales, padeciendo torturas indescriptibles en su cuerpo, que afectan su alma, ya de por sí, sensible.

Según la orientación de los Espíritus, el hombre y la mujer no son iguales en sus físicos; poseen diferencias, que les capacitan de forma especial para la ejecución de diversos trabajos en la vida familiar y social. Si el hombre y la mujer fuesen semejantes en todo, no habría diferencias mentales y psicológicas entre ellos.

El Codificador Allan Kardec indagó sobre la igualdad de derechos del hombre y de la mujer y respondieron los Espíritus Sabios: “–De derechos, sí; de funciones, no. Es preciso que cada uno esté colocado en su lugar”. (El subrayado es nuestro) (El libro de los Espíritus – Tercera Parte – Capítulo IX – De la Ley de igualdad – Subtema: Igualdad de derechos del hombre y de la mujer. Pregunta 822. IDE- Mensaje Fraternal).

El hombre y la mujer tienen los mismos derechos ante la vida, la familia y la sociedad, no obstante, sus funciones son diferentes. Las diferencias fueron determinadas por Dios y por la Naturaleza: el cuerpo biofisiológico, la formación muscular, la atracción amorosa, la relación afectiva sexual, la maternidad y los cuidados de los hijos.

Masculinidad y feminidad

En el transcurso de las horas, días y años, el espíritu encarnado expone, de forma gradual y objetiva, detalles psíquicos masculinos y femeninos, provenientes del manantial de experiencias pasadas, cuando encarnaron unas veces como hombres y otras como mujeres. Cuando los registros mentales, psíquicos y sexuales masculinos sobresalen en mayor cantidad e intensidad que los femeninos, demuestran que ese espíritu tiene la mentalidad de un hombre; y viceversa para el caso de la mujer.

El espíritu, al reencarnar millares de veces en la Tierra, lo hace en un cuerpo de hombre o de mujer. En estas condiciones específicas, el espíritu vive en cada existencia, ejecutando y aprendiendo experiencias como hombre o como mujer. Y esas experiencias particulares y distintivas, las registra y archiva en su organización mental.

El espíritu André Luiz esclarece sobre la forma gradual cómo se adquieren las conquistas psíquicas en el campo de la sexualidad, conforme consta en la obra En el Mundo Mayor: “…sabemos que la feminidad y la masculinidad constituyen características de las almas acentuadamente pasivas o francamente activas. Comprendemos, de esta manera, que en la variación de nuestras experiencias, adquirimos, gradualmente, cualidades divinas, como son la voluntad y la ternura, la fortaleza y la humildad, el poder y la delicadeza, la inteligencia y el sentimiento, la iniciativa y la intuición, la sabiduría y el amor, hasta que logremos el supremo equilibrio en Dios”. (En el Mundo Mayor, André Luiz, Francisco Cândido Xavier, Capítulo 11: Sexo. Página 175. IDE-Mensaje Fraternal, 4ª ed., 2013).

En el escenario de la existencia terrena, el espíritu encarnado devela, a través de la fuente poderosa y compleja de la organización mental sus características psíquicas y sexuales, masculinas o femeninas.

Maternidad

La maternidad es función específica de la mujer. El Sabio Codificador, Allan Kardec, en El libro de los Espíritus, en la pregunta nº 820, hace un comentario bastante interesante sobre el cuerpo de la mujer: “Dios conformó la organización en cada ser con las funciones que debe cumplir. Si ha dado a la mujer menos fuerza física, la ha dotado al mismo tiempo de mayor sensibilidad, en relación con la delicadeza de las funciones” (…). (El libro de los Espíritus – Allan Kardec – Tercera Parte – Capítulo IX – Ley de igualdad – Subtema: Igualdad de derechos del hombre y de la mujer. Pregunta 820. IDE-Mensaje Fraternal, página 315).

Si algún espíritu, aspira a vivir la experiencia de la maternidad tendrá que reencarnar en cuerpo de mujer y actuar buscando desarrollar ciertas cualidades psíquicas de la feminidad. La maternidad tiene importancia fundamental para la Humanidad. Su vivencia siempre fue difícil, ardua, embarazosa y desafiante para muchas mujeres; en ciertos casos, a pesar de las dificultades, produjo intraducibles beneficios espirituales, cuando ella se sobrellevó con amor, alegría, implantando grandes motivaciones a los corazones y acentuado progreso moral. El espíritu André Luiz la concibe del siguiente modo: “…la maternidad es la plenitud del corazón femenino que dirige el progreso. Concepción, gravidez, parto y devoción afectiva representan estaciones difíciles y bellas de un ministerio siempre divino”. (Madre – Antología mediúmnica – Diversos Autores – Francisco Cândido Xavier, Lección: Maternidad – André Luiz – Pág. 191 – 1ª edición, 1971 – Casa Editora O Clarim).

El Autor espiritual muestra la grandeza de la maternidad en sus dos dimensiones: en los sorprendentes fenómenos de la fecundación, gravidez, desarrollo del feto y la mezcla de dolor y alegría del parto que ocurren en el organismo especialísimo de la mujer. Y en lo sublime, lo iluminado y lo sagrado que sucede en el altar de su alma, en la complejidad de las energías de la vida mental, en el santuario de su fértil corazón, cuando se consagra a los impulsos intraducibles del amor delicado, cuidadoso, humilde y abnegado.

Ser madre

La gestación es una función solamente de la mujer; función que le posibilitó desabrochar, ejercitar, entrenar, desarrollar, perfeccionar y purificar el amor a los pequeños que nacen de su propio vientre. Muchas almas con una identidad femenina se agigantaron en espíritu al asumir como misión la maternidad, porque buscaron sentir, pensar, amar, sufrir, vivir y repetir, sin desánimo, las experiencias de ser madres en sucesivas encarnaciones.

Es Ley Divina: no hay mérito en aquello que nada costó para el espíritu. Si algún alma con identidad femenina posee cualidades nobles, éstas no fueron depositadas en ella de forma gratuita por Dios. Toda conquista del espíritu exige voluntad, esfuerzo, lucha, perseverancia, sufrimiento, trabajo… Toda virtud exige siempre, para poseerla, esfuerzo continuado, sistemático y repetitivo.

La maternidad exigió, en el transcurso de los siglos, inmensos y continuados sacrificios del alma femenina para poder disfrutarla con libertad y plenitud. Las experiencias repetidas en las encarnaciones sucesivas como mujer, acumularon valiosos recursos mentales, psíquicos y sexuales, que enriquecieron el espíritu de buenos sentimientos, amor filial, amor fraternal, virtudes morales, elevación espiritual, intuición lúcida. Ningún alma adquirió cualidades superiores, virtudes morales, talentos nobles tan solo por haber encarnado una sola vez en un cuerpo de mujer. Fue necesario gran número de encarnaciones sucesivas, repitiendo las mismas experiencias como mujer.

La maternidad es saber crear con el alma, mente y corazón, determinado número de obligaciones elevadas, deberes y responsabilidades con grandeza de sentimientos, acentuado amor, humildad testimoniada, renuncia constructiva y misión educadora.

El grado de amor que la mujer ya conquistó no está alojado en el cerebro físico ni en el corazón orgánico: está ubicado en el departamento espiritual de la mente en su compleja organización formada de recursos psíquicos sustentados de buenos sentimientos. El amor de madre es un admirable conjunto de recursos mentales y psíquicos nutridos de virtudes morales.

Hay determinada cantidad de mujeres en los cuadros de la Humanidad terrestre, que aún son infelices, ignorantes, incrédulas; en el decir de los espíritus, por ahora, son mujeres psíquicamente estériles, aunque tengan hijos. Se puede decir que son espíritus que conquistaron, por lo pronto, pocas y frágiles cualidades maternales.

Más amor

Una de las más poderosas manifestaciones del amor, en los cuadros de la esfera humana es la que nace del amor maternal. Madre abnegada y amorosa es un corazón espiritual que posee energías fértiles para los sentimientos más purificados y virtudes morales elevadas. Los Espíritus Sabios, en la pregunta número 385 de El libro de los Espíritus destacan la excelsitud del amor maternal: “No conocéis los secretos que esconden los niños en su inocencia; no sabéis lo que son, lo que fueron y lo que serán, sin embargo, los amáis, los queréis tanto como si fuesen una parte de vosotros mismos, a tal punto que el amor de una madre por sus hijos está considerado como el mayor que puede un ser sentir por otro ser. ¿De dónde procede ese dulce afecto, esa tierna benevolencia que hasta los mismos extraños experimentan respecto al niño? (El libro de los Espíritus – Allan Kardec – Pregunta número 385. 22ª edición. IDE – Mensaje Fraternal).

Las riquezas internas, intelectuales, morales y espirituales del alma femenina son importantes para la vida de la mujer, a fin de enfrentar las durezas de la vida y el conjunto de los problemas humanos de la actualidad. Todo el conjunto de exterioridades supervaloradas por el mundo de los negocios y por la economía moderna, aunque adornen y embellezcan, no enriquecen espiritualmente a la mujer, ni al hombre.

Walter Barcelos

Anuario Espirita 2015

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