El devoto desilusionado

humberto-de-camposEl hecho parece anécdota, pero un amigo nos contó la pequeña historia que pasamos al frente, asegurando que el relato se basa en la más viva realidad.

Hemetério Rezende era un tipo de creyente exquisito, con fijación en la idea del paraíso. Admitía píamente que la oración dispensaba las buenas obras, y que la oración aún era el mejor me dio de evitarse cualquier esfuerzo.

“Descansar, descansar!…” En la cabeza de él, eso era un refrán mental incesante. El cumplimiento del mínimo deber le surgía a la vista como actividad sacrificial y, en las pocas obligaciones que ejercía, se acusaba por penitente desventurado, lamentándose por bagatelas. Por eso mismo, fantaseaba el “dulce hacer nada” para después de la muerte del cuerpo físico.

El reino celeste, a su modo de ver, se constituiría de espectáculos fascinantes de por medio con manjares deliciosos… Fuentes de leche y miel, frutos y flores, revelándose, agrupándose aquí y allá, en el edén de los justos…

En esa expectativa, Rezende dejó el cuerpo en edad provecta, disfrutando placeres y más placeres. En efecto, espíritu desencarnado, poco después del gran trance fue atraído, de inmediato, a una colonia de criaturas desocupadas y gozosas que le eran afines, y ahí encontró el patrón de vida con que soñara: ociosidad lisonjera, coronándose de fiestas sin sentido y abarrotándose de platos hechos. Nada para construir, nadie para auxiliar…

Las semanas se sobreponían a las semanas, cuando, Rezende, que se suponía en el cielo, pasó a sentirse castigado por terrible desencanto. Suspiraba por renovarse y concluía que para eso le sería indispensable trabajar… Cogido por el tedio y la desilusión, no hallaba en sí mismo sino el ansia de cambio. En vista de eso, esperó y esperó, y, cuando se vio al frente de uno de los comandantes del extraño burgo espiritual, arriesgó suplicante:

– ¡Mi amigo, mi amigo!… ¡Quiero actuar, hacer algo, mejorarme, olvidarme!… ¡Pido transformación, transformación!…

– ¿Hacia dónde desea ir? – indagó el interpelado, un tanto sarcástico.

– Aspiro a servir a favor de alguien… Nada encuentro aquí para ser útil… Por piedad, déjeme seguir para el infierno, donde espero movilizarme y ser diferente…

Fue entonces que el enigmático jefe sonrió y habló, claro:

– ¡Hemetério, usted pide descender al infierno, pero escuche, querido mío!… Sin responsabilidad, sin disciplina, sin trabajo, sin ninguna necesidad de practicar la abnegación, como vive ahora, ¿dónde piensa usted que ya está?

Espíritu Hermano X
Médium Francisco Cándido Xavier
Vitrina de la vida

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