Magia y religión

pires_herculanoEl pase nació en las civilizaciones de la selva como un elemento de magia salvaje, un rito de las creencias primitivas. La agilidad de las manos en hacer y deshacer las cosas, sugería la existencia en ellas de poderes misteriosos, prácticamente comprobados por los actos cotidianos de la fricción, que calmaba el dolor, de la presión de los dedos estancando la sangre o expulsando una espina o un aguijón de avispa o el veneno de una cobra. Los poderes mágicos de las manos se confirmaban también en las imprecaciones a los dioses, que eran simplemente los espíritus.

Las bendiciones y las maldiciones fueron las primeras manifestaciones típicas de los pases. El salvaje primitivo no teorizaba, sino que instintivamente experimentaba y aprendía a hacer y deshacer con el poder de las manos. Los dioses lo auxiliaban, socorrían, instruían en sus manifestaciones mediúmnicas naturales. La sensibilidad mediúmnica se afinaba en las criaturas más sensibles y así surgieron los brujos, los hechiceros, los chamanes, los magos terapeutas, los curanderos. El descubrimiento del pase acompañaba y auxiliaba el desarrollo del rito, del lenguaje y el hallazgo de instrumentos que aumentaban el poder de las manos.

Podemos imaginar, como hizo André Lang, a un hombre primitivo contemplando intrigado el enmarañado de rayas en la palma de su mano, sin la menor idea de lo que aquello podría significar. Sus descendientes admitirán, más tarde, que allí estaban trazados los destinos de cada criatura. El misterio de la mano humana ha sido un elemento esencial en el desarrollo de la inteligencia y en especial, del descubrimiento lento y progresivo, por parte del hombre de sus poderes internos.

Desde los tiempos primitivos hasta nuestros días, la mano es el símbolo del hacer que nos lleva al saber. Mientras que la Luna, el Sol, las Estrellas, atraían a los hombres hacia el misterio del Cosmos, la mano los llevaba a bucear en las profundidades de la naturaleza humana. De esa dialéctica del interior y de lo exterior nacieron la Magia y la Religión. La Magia es práctica, nació de las manos y funciona por medio de ellas.

La Religión es teórica, nació de los ojos, de la visión abstracta del mundo y funciona en el plano de las ideas. En la Magia, los hombres someten a los dioses al poder humano, obligan a la Divinidad a obedecerlos, a hacer por ellos. En la Religión, los hombres se someten a los dioses, suplican la protección de la Divinidad. Sin embargo, a pesar de esa distinción, las religiones no se han librado de los residuos primitivos de las fórmulas mágicas. Todas las Iglesias de la actualidad, incluso después de las reformas recientes, se apegan al hacer de los magos, a través de sus sacramentos.

El ejemplo más claro de ello es el sacramento de la Eucaristía, en la Iglesia Católica, por el cual el sacerdote obliga a Dios a materializarse en las especies sagradas de la Hostia, para que el creyente pueda absorberlo y purificarse con su ingestión. En el Espiritismo, los residuos
mágicos no podían existir, pues se trata de una doctrina racionalista, pero el gran número de adeptos provenientes de los medios religiosos, sin la formación filosófica y científica de la Doctrina, acarrean dichos residuos a nuestro medio, en una tentativa de estandarización de prácticas espíritas y de transformación de los pases en un hacer de los médiums y no de los Espíritus.

Es típicamente mágica la actitud del médium que pretende, con su gimnasia, limpiar el aura de una persona o limpiar una casa. Las tentativas de curación a través de esos bailados mediúmnicos revelan confianza mágica del médium en el rito que practica. Por eso Jesús enseñó simplemente la imposición de las manos acompañada de la oración silenciosa. Las oraciones en voz alta y en conjunto también constituyen un residuo mágico, por el cual se intenta obligar a Dios o a los Espíritus a atender los clamores humanos. La religión racional y, por tanto, consciente, se basa en la fe esclarecida por la razón, que no comporta en modo alguno esas y otras prácticas formales, cargadas de misticismo iglesiero.

J. Herculano Pires
Extraído del libro «El pase»

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