El poder del bien

HcamposArmando Pires efectuaba los últimos preparativos en el carro, para conducir a su amigo Jorge Bretas a la estancia de reposo que distaba cuarenta kilómetros.En ese justo momento, el diálogo entre ellos, en  torno de la ley de causa y efecto, se detenía en un curioso ángulo.

– ¿Pero usted no cree aún que la justicia pueda ser modificada por la misericordia?

– No.

– ¿Acaso no admite que el destino, así como es reparable a toda hora, es susceptible de ser renovado todos los días?

– No.

– ¿No cree que las acciones de amor deshacen las cadenas de odio?

– No.

-¿Usted no acepta la posibilidad de transformar los problemas de alguien que llora, dando a ese alguien una parcela de alegría o de esperanza?

– No.

– ¿No reconoce usted que si un hermano en prueba es inducido por las leyes del Universo al sufrimiento, para resarcir las faltas que haya cometido en otras existencias, nosotros, igualmente, somos llevados a conocer su dolor, por las mismas Leyes Divinas, de manera a prestarle el auxilio posible, en rescate de las nuestras?

– No.

– ¿No tiene usted por cierto el principio de que el bien disuelve al mal, así como el reequilibrio extingue la perturbación? ¿No concuerda que un acto noble redundará siempre en la justicia, a favor de quien lo practica?

– No.

– ¿Por qué?

– Porque la justicia debe ser la justicia y cada uno de nosotros pagará por sus propios errores.

– ¡Cielos! ¿Pero usted no acepta la idea de que migajas de amor son capaces de funcionar en lugar del dolor, ante los Foros Celestes, así como las pequeñas prestaciones, en la base de la equidad y de la diligencia, pueden evitar que una deuda venga a ser cobrada por la fuerza de un tribunal?

– No.

En seguida, los dos se acomodaron en el automóvil y el carro partió. Tarde lluviosa, cenicienta… Algunos kilómetros después de la largada, un hueco en el asfalto, sobre alta rampa, y una fuerte sacudida agitó a los viajeros. Breta recordó, asustado:

-¡Lance peligroso! Conviene parar… Tapemos el hueco o coloquemos aquí alguna señal de alarma, por lo menos algunas ramas de árbol que adviertan a quien pase…

– ¡Nada de eso! – protestó Armando, decidido – la obligación es del turno de conservación… Los otros choferes que se dañen. No somos empleados de nadie.

Llegados al local de destino, Bretas se recogió al hotel, agradeciendo el obsequio, y Armando regresó por el mismo camino. Entre tanto, justamente en el punto de la carretera donde el amigo deseara auxiliar a otros conductores con socorro oportuno, Pires, a gran velocidad, dentro de la noche, encontró el bache profundamente alargado por el aguacero y el carro volcó, de manera espectacular, proyectándose barranco abajo…

Después del accidente, en compañía de algunos amigos, fui a visitarlo en un hospital de emergencia… Lo encontramos con el rostro vendado, bajo la atenta asistencia de un abnegado ortopedista, que le enyesaba la pierna izquierda con trapos. Pires no hablaba, pero pensaba… Y pensaba exactamente en los delicados meandros de la ley de causa y efecto, llegando a la conclusión de que el mal no necesita ser rescatado por el mal, cuando el bien llega antes…

Espíritu Hermano X
Médium Francisco Cándido Xavier
Vitrina de la vida

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