Desvelando lo invisible: pruebas históricas, científicas y filosóficas

Fantasma“Sólo se ve bien con el corazón; lo esencial es invisible para los ojos” (Antoine De Saint Exupery)

¿Es posible desvelar lo invisible? Y, en caso afirmativo, en qué consiste. Nuestro planteamiento pasa por conocer qué es lo realmente real. ¿Es lo real lo visible, lo palpable, lo que consideramos material o sólido? En contraposición ¿debemos entender, entonces, que lo invisible es lo no real? ¿La verdad es visible? Lo bello, el bien ¿son cosas tangibles, materiales y, por tanto, reales? ¿Es lo obvio lo real, entonces? Acaso, ¿puede ser visible lo desconocido? ¿Tiene forma lo real o más bien es ideal?

En el mito de la caverna nos relata Platón (véase el Libro VI de La república) una historia bastante extraña. Nos describe un espacio cavernoso en el que se encuentran unos hombres prisioneros desde su nacimiento por cadenas que les sujetan el cuello y las piernas, de tal suerte que únicamente pueden mirar hacia la pared del fondo de la caverna, sin poder girar nunca la cabeza. Debido a las circunstancias de su prisión estos hombres se hallan condenados a tomar únicamente por ciertas todas y cada una de las sombras proyectadas sobre la pared, ya que no pueden conocer nada de lo que acontece a sus espaldas (es una realidad bidimensional). Continúa Platón la narración contando lo que ocurriría si uno de estos hombres fuese liberado y, volviéndose, contemplara la realidad que sucede a sus espaldas, aquella que es causa de la primera y compuesta sólo de apariencias sensibles.

Asimismo, nos describe Platón la necesidad de aquel hombre liberado de ascender hacia el exterior de la cueva, apreciando de este modo otra realidad nueva ante sus ojos. Y nos asegura Platón, posteriormente, que si éste intentara volver para liberar a sus antiguos compañeros de cautiverio contándoles que han estado viviendo engañados toda su vida, viendo sólo imágenes reflejadas, sombras y apariencias y que el mundo real les espera fuera, en el exterior, éstos lo tomarían por loco y se negarían a creer en otra realidad que no fuera la realidad de las sombras que se reflejan en el fondo de la caverna. Y que serían capaces incluso de matarlo.

Hoy la física cuántica cuestiona la naturaleza de lo que llamamos realidad como lo hiciera el propio Platón. Nos advierte que aquello a lo que llamamos realidad puede ser muy bien sólo sombras y que la realidad última podría ser muy diferente a lo que pensamos. Los átomos, por ejemplo, ya no son cosas; son sólo tendencias, posibilidades. Desde esta sinergia entre filosofía y ciencia podemos considerar tres momentos o fases fundamentales en la historia del pensamiento que la física o la filosofía natural nos ha procurado para aproximarnos a la realidad.

El primer momento es la física mecanicista de Newton, que implantaría el gran avance en el campo tecnológico, revolucionando el pensamiento de la humanidad. Se encarga de lo inmediato y perceptible que personaliza el consciente. Y todo se podía explicar a partir del concepto de mecanismo, llegándose a afirmar que el hombre ya conocía todo lo que existía en el universo. ¡Era la felicidad de la ignorancia!

El segundo momento vino con la relatividad de Einstein. La relatividad a pesar de ser perceptible no es tan obvia. Esta teoría se basa en una fórmula (E= m.c2) que dice que la materia es energía, y esto no es tan evidente. La relatividad forma parte de un nivel consciente de conocimiento subjetivo. Pero es un nivel que trae objetividad (conocimiento heurístico). De esta forma fuimos caminando más rápido tanto hacia dentro como hacia fuera, esto es, sumergiéndonos en el átomo y las partículas subatómicas (microcosmos) como partiendo hacia el macrocosmos, a la física que explica lo absolutamente grande. Ello refleja el principio de causalidad, al sustentarse en la teoría del todo.

La tercera etapa la determina la física cuántica que, aunque todo el mundo hable hoy de ella, en verdad ya tiene cien años. Sucede simplemente que es ahora cuando estamos teniendo la madurez para comenzar a entender las consecuencias de lo que significa. Y es ahora cuando se nos hace inteligible una nueva forma de ver el mundo, que no es una forma objetiva ni subjetiva, sino probabilística. Esto quiere decir que conforme pensamos la realidad ella se convierte; lo que pensamos per-vierte la realidad. Por tanto, el mundo es un mundo de posibilidades en el que vamos a tener un abanico de contingencias y el observador que es una inteligencia, una conciencia, va a escoger una de esas posibilidades para tornarla realidad. Nos abre, pues, al inconsciente, a un nivel más profundo de la realidad. En fin, lo que nos dice la cuántica es que existen leyes universales y que estas leyes muestran que las conciencias influencian la realidad; todos nosotros somos capaces de cambiar la realidad y que la realidad no es real.

Schopenhauer, que es un filósofo de los grandes, ya nos habló de esto mismo. En uno de sus trabajos nos presenta el mundo como voluntad y representación. Y dice que las personas no consiguen percibir la verdad, la realidad. La realidad sólo presenta nuestros deseos y que mi razón es la herramienta que uso para transformar mis deseos en realidad. Es decir: no vemos lo que es, sino lo que queremos que sea (para uno es dulce lo que para otro es amargo). Una expresión coloquial nos auxiliar a comprender. ¿Recuerdan aquello de «Quien ama a un feo, hermoso le parece»? El deseo o afecto que sentimos por alguien puede hacer que nos parezca bonito su físico cuando en realidad no lo es. Sucede lo mismo con los sabores, con el gusto, la vista, con nuestros cinco sentidos, que son con los que percibimos el mundo. Esto muestra que nuestra visión del mundo es una visión particular. «El mundo es mi representación», dirá Schopenhauer.

Los cinco sentidos son la base de todas las percepciones físicas. Conocemos por medio de su interpretación. Sin embargo, cuando le sumamos lo que Charles Richet, el fundador de la metapsíquica, denominó de “sexto sentido” no sólo experimentaremos un mayor grado de consciencia existencial, sino que pasamos, igualmente, a desvelar los secretos de la vida invisible. Es a través de la atención a nuestro mundo interior, utilizando las sensaciones como guía, que penetraremos en la realidad de manera más profunda. «Dios no podría darle al hombre una guía más segura que su propia conciencia», nos indican los Instructores superiores (véase la cuestión 876 de El libro de los espíritus). En realidad nunca vamos a hacer ver a nadie lo que no quiere ver, porque sólo vemos lo que deseamos ver. El camino, pues, es la incursión en nuestro ser, el auto-descubrimiento de lo que somos y de lo que tenemos que poner en marcha. Ver lo que no soy y sentir lo que sí soy, diríamos con la filosofía.

A lo largo de la historia ha habido numerosos intentos de mostrar lo que se considera transcendente. Y las mayores dificultades para admitir esto, la idea de lo psíquico o de lo espiritual, son los factores de invisibilidad del plano extra físico y la desinformación al respecto del asunto. Desde el punto de vista histórico, la idea de espíritu siempre ha estado presente en todas las culturas. El hecho religioso ha sido una evidencia desde la época prehistórica: los megalíticos enterraban a sus muertos procurándoles toda clase de objetos, incluso alimentos. Esto presupone necesariamente la intuición de una segunda existencia, de una existencia más allá de la visible y material. A mediados del siglo XIX la experiencia de la existencia de una dimensión desconocida pero altamente desvelada se hace de tal modo patente que desembocó en lo que vino a considerarse un psychic-boom, una explosión psíquica que sobrecogió al mundo entero. Y que el propio Sir Conan Doyle la definió como toda una «Invasión debidamente organizada», por parte del mundo espiritual.

El argumento que utilizan algunos científicos (no la ciencia) para desacreditar las evidencias del espíritu es la cuestión de la réplica del experimento. Y ahí encontramos la prueba de la desinformación más manifiesta respecto a la dimensión espiritual, al pretender echar por tierra más de un siglo y medio de investigaciones de verdadero rigor científico por parte de los más célebres personajes en todas las áreas del conocimiento que la historia ha ostentado. No obstante, todos estos estudios, investigaciones y experimentaciones que vinieran a corroborar la realidad extra-física no hicieron sino seguir la estela de la ciencia del espíritu, de la doctrina espírita organizada por el insigne codificador Hippolyte Leon Denizard Rivail bajo el pseudónimo de Allan Kardec. Él estableció el método adecuado y necesario al objeto de estudio de una realidad nueva e invisible que se mostraba a los ojos: el espíritu. Y con rigor científico creó todo un Programa de investigación científica que sólo en la actualidad, sólo hoy los filósofos de la ciencia han establecido como característica de las series de hipótesis que constituyen teorías científicas; y que Tomas Kuhn conceptuó como paradigmas, modelos de aproximación a la verdad científicamente corroborada. La continuación de esta obra, puesto que el espiritismo como ciencia es progresiva y dinámica –y aquí tenemos el segundo requisito de la ciencia, el de falsabilidad- vino con los Camille Flammarion, Léon Denis, Gustavo Geley, Gabriel Delanne, Amalia Domingo Soler, entre otros muchos, así como por las obras mediúmnicas que extienden la Codificación y que están aportando valor significativo a la obra del Cristo.

Hoy no es por falta de datos, por falta de información y literatura, que persistamos en la ignorancia rechazando una dimensión transcendente, la realidad espiritual estructurada a partir de distintos órdenes vibratorios. Quienes afirman que no hay evidencia científica válida de las habilidades psíquicas no saben de lo que están hablando. Quienes mistifican respecto a la realidad mediúmnica pueden ser considerados ignorantes metafísicos. Por tanto, lo que la filosofía de Platón y de Schopenhauer ya hablaban y lo que la neurociencia nos explica hoy es lo mismo que explica la física cuántica en su anhelo de aproximación a la verdad: al hecho de saber cómo interpretamos los estímulos del medio. Las explicaciones de la conciencia cuántica revelan cosas como las experiencias de casi muerte, las proyecciones astrales, la reencarnación, las multidimensiones incluso, desprovistas de toda ideología. Transcendemos la vida pero nuestra mente nos impide verlo. No somos capaces de ver “lo que es” en verdad, porque sólo vemos lo que queremos que sea la realidad. La evolución, que es la capacidad de ser cada vez mejores, nos va a dar la facultad de ver lo que es en sí. El conocimiento de sí mismo, pues, es lo que nos abre los ojos para ver la verdad. Si consideramos que lo que percibimos tan real puede ser absolutamente falso o que lo es sólo para nosotros, el mundo comienza a transformarse ante nuestros ojos.

Esta idea entronca con el sentido de radicalidad de la filosofía considerada, al igual que el hombre, como un fin en sí. Luego sólo se conoce aquello que somos. Porque no hay conocimiento, sino auto-conocimiento, como expresa el giro de la filosofía intelectualista propuesto por Sócrates hace más de 25 siglos y rescatado por Agustín de Hipona en El libro de los espíritus. Con el desarrollo de la percepción extra física dejaremos de ser un limitado prisionero para comenzar a proyectarnos en niveles de vida palpitante, conscientes de los recursos que Dios nos confiere para alcanzar nuestra plenitud como seres eternos que somos.

Miguel Vera Gallego
Revista Espírita de la FEE

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