La terapia del amor

aguaCon sólo escuchar o leer la palabra amor, la mente hace diversas asociaciones. A menudo el campo de las relaciones sentimentales es de los primeros en activarse: pensamos en nuestras parejas, en los amores que nos dejaron y en los que dejamos nosotros, en los amores que desearíamos tener y en los que no nos convienen. En esta ocasión, sin embargo, la propuesta es dirigir nuestra mente hacia el centro espírita.

Los trabajadores de los centros espíritas de todo el mundo estamos en terapia. Cada una de las actividades que realizamos, cada oportunidad de convivencia que el centro nos ofrece, las lecciones morales, los tratamientos espirituales, en fin, todo lo que vivimos en un centro espírita es parte de una terapia. ¡Es la terapia del amor! No por otra razón el lema del espiritismo nos dice que «fuera de la caridad no hay salvación».

La caridad nos prepara para el amor en la medida que nos convierte en agentes terapéuticos de nuestra propia liberación. La figura del médico que prescribe una medicina para el síntoma de una enfermedad se sustituye por la del terapeuta que ama y se cura a sí mismo. En la terapia del amor no existe una cura impuesta desde fuera hacia dentro. Los centros espíritas nos dan oportunidades múltiples de comprender que somos artífices de nuestro destino. Cada uno es responsable de crear un futuro más feliz para sí mismo reestructurando pensamientos, sentimientos, comportamientos verbales y actitudes. Mientras lo hacemos, ofrecemos al mundo que nos rodea una psicosfera más sana, pero el primer foco debe ser buscar el equilibrio de uno mismo. Así vemos como en la terapia del amor, empezamos, sin egocentrismo, por el auto-amor. La caridad nos conduce en este camino de auto-conocimiento y el centro espírita es un espacio terapéutico.

¿En qué consiste la terapia del amor? En desarrollar la paciencia, la tolerancia y la indulgencia con los compañeros de ideal espírita. Cada una de estas virtudes son aspectos de la caridad moral. Tener paciencia es ver, en el compañero que no hace las cosas tal y como nos gustaría que las hiciera o en el plazo que deseamos que las hiciera, el ser inmortal en proceso de evolución. Tener tolerancia es ver, en el compañero que dice cosas que no nos gustan o de una manera que no aprobamos, a alguien que tiene todo el derecho a pensar libremente. Tener indulgencia es ver, en el compañero que se equivoca, a alguien que vive experiencias que desconocemos y que no nos compete juzgar. Tenemos muchas oportunidades de aprender a ver a las personas de un modo nuevo en los centros espíritas, pero muchas veces las miramos, pero no las vemos. Si este es el caso, la solución es ponerse las gafas de la misericordia.

Por el compañero que nos saca de quicio, por el dirigente intransigente, por el que sólo viene cuando tiene problemas, por el que siempre llega tarde, por el que sólo dice cosas inoportunas, y cada una de las veces que nos veamos llamados a un escalón más elevado de paciencia, tolerancia e indulgencia, ¡las gafas de la misericordia! Hay que tenerlas siempre a mano porque la convivencia en los centros espíritas demanda grandes dosis de paciencia, tolerancia e indulgencia. Poco a poco, de tanto ponernos las gafas de la misericordia, un día no nos costará nada convivir con tantas personas difíciles…

Este día estaremos curados y la terapia finalmente habrá funcionado. Enternecidos, recordaremos todas y cada una de las situaciones en las que nos pusimos las gafas de la misericordia pensando que lo hacíamos por los demás. Nos daremos cuenta de que era por nosotros mismos que lo hacíamos. Era nuestro propio proceso terapéutico.

Este día, nos sentiremos invadidos de un gran y profundo amor por nuestros compañeros de ideal espírita. Rescates amargos que sólo el tiempo puede explicar llegarán a su fin. Nueva luz se proyectará sobre tareas de mayor alcance elaboradas en los planos espirituales superiores. Finalmente veremos a todos y a cada uno de los espíritas como el Maestro del amor nos ve desde que este mundo todavía no era mundo.

El centro espírita es un espacio terapéutico por excelencia. Aprendemos en la crítica silenciada a amar incondicionalmente; aprendemos en el respeto a los puntos de vista distintos y en la aceptación de diferentes maneras de hacer las cosas a amar incondicionalmente. Tal vez no haya mejor maestro del amor incondicional que el perdón que damos por anticipado a las faltas ajenas, lo que se suele llamar indulgencia. Como todo esto es tan difícil de hacer, ¡practiquemos poniéndonos las gafas de la misericordia! Un día no las necesitaremos, pero mientras nos cueste aceptar al otro tal y como es, busquemos herramientas para educar a nuestros corazones. Así es como nos disponemos a ver el mundo tras las lentes de la paciencia, la tolerancia y la indulgencia hasta que la caridad moral nos haya curado. De esta terapia tan exigente surge el ser consciente que, fortalecido por el conocimiento de la doctrina Espírita, progresa en el camino de una vida plena, sana y feliz.

Janaina Minelli de Oliveira
Revista Espírita de la FEE

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