Temperamento

Richard SimonettiChristian Friedrich Samuel Hahnemann, nacido el 10 de abril de 1755, en Sajonia, un Estado alemán, fue el genial idealizador de la Homeopatía, hoy reconocida como especialidad médica en innúmeros países, inclusive Brasil. Sus formulas dinamizadas actúan en el periespíritu, donde se origina la mayor parte de los males humanos, conforme nos enseña la Doctrina Espirita.

Hahnemann desencarnó el 2 de junio de 1843, a los 88 años, después de una existencia provechosa, enteramente devotada al bien de la Humanidad. Tan notable fue ese misionario de la Medicina, que conquistó la honra de participar en la Codificación de la Doctrina Espirita, a partir de las primeras experiencias de Kardec, en 1855, por tanto solo 12 años después de su retorno a la Espiritualidad.

En 1863, Hahnemann transmitió, en París, un breve e importante mensaje, colocada en el capitulo IX, ítem 10 de El Evangelio según el Espiritismo (Ed. FEB), que transcribo para la apreciación del lector:

Según la idea muy falsa de que uno no puede reformar su propia naturaleza, el hombre se cree dispensado de hacer esfuerzos para corregirse de los defectos en los que se complace voluntariamente, o que exigirían mucha perseverancia; así es, por ejemplo, que el hombre inclinado a la cólera se excusa casi siempre con su temperamento; antes de considerarse, achaca la falta a su organismo, acusando de este modo a Dios, de sus propios defectos. Esto es también una consecuencia del orgullo que se encuentra mezclado a todas sus imperfecciones.

Sin duda hay temperamentos que se prestan más que otros a los actos violentos, como hay músculos más flexibles que se prestan mejor para los movimientos de fuerza; pero no creáis que ésta sea la causa primera de la cólera y estad persuadidos de que un Espíritu pacífico, aun cuando estuviese en un cuerpo bilioso, siempre será pacífico; y que un Espíritu violento, en un cuerpo linfático, por eso no será más dócil; sólo que la violencia tomará otro carácter; no teniendo un organismo propio para secundar su violencia, la cólera se concentrará, y en otro caso será expansiva.

El cuerpo no da la cólera al que no la tiene, como tampoco da otros vicios; todas las virtudes y todos los vicios son inherentes al Espíritu; sin esto, ¿en dónde estaría el mérito y la responsabilidad? El hombre contrahecho no puede enderezarse porque el Espíritu no toma parte en esto, pero puede modificar lo que es del Espíritu cuando tiene una voluntad firme para ello. Espíritas, ¿no os prueba la experiencia, hasta dónde puede llegar el poder de la voluntad, por las transformaciones verdaderamente milagrosas que veis operarse? Decid, pues, que el hombre sólo permanece vicioso porque quiere permanecer vicioso; pero el que quiere corregirse siempre puede hacerlo. De otro modo la ley del progreso no existiría para el hombre.

Hahnemann aborda una cuestión vital: el temperamento, el conjunto de los trazos psicológicos y morales que determinan la índole del individuo, su modo de ser. Por no aceptar la existencia del Espíritu – el ser pensante, que sobrevive a la muerte del cuerpo – las ciencias medicas y psicológicas tienden a situar el temperamento como fruto de condiciones orgánicas.

La agresividad, la depresión, el suicidio, los trastornos mentales, los vicios, estarían relacionados con disposiciones neuro-cerebrales, como una programación biológica para influir en las iniciativas individuales. Hasta los deslices extraconyugales entrarían en ese rol de calamidades atribuidas a la Biología.

Según algunas científicos, mirando a la perpetuación de la especie, nuestros genes controlarían nuestras acciones, induciéndonos al adulterio, visto que, cuanto mayor la promiscuidad, mayor la posibilidad de generar prole numerosa. Imagine, lector amigo, la defensa para el adulterio procesado por la mujer que desea el divorcio:

– ¡Señor juez, no tengo la culpa! ¡Son los genes que me atormentan! ¡Me inducen a prevaricar!

En el fondo todo estaría relacionado con la genética, explicando hasta los comportamientos anti-sociales, como el robo, asalto, asesinato, suicidio…

Delante del delegado:

– ¡Ah! Doctor, yo no quería ser asaltante, pero es incontrolable, está en mi naturaleza. De las profundidades de mi cerebro las neuronas repiten: ¡Robar! ¡Robar! ¡Robar!

Algo semejante ocurre con el comportamiento vicioso. Pretenden algunos científicos que el borrachín tiene en la estructura cerebral determinada área activada, para estimular la tendencia para el vicio. Reclama el alcohólico:

– ¡Mi cerebro es una esponja etílica! ¡Si no lo encharco de agua que el pajarito no bebe, no me tranquilizo!

Hahnemann advierte que tales raciocinios son erróneos. El temperamento es un atributo del Espíritu. Y aunque haya en el cuerpo un determinado orden genético que pueda ejercer cierta influencia, esa condición orgánica es efecto, no causa. El cuerpo no determina; apenas expresa. Es el espejo del Espíritu. Lo mismo ocurre con relación a las enfermedades que, generalmente, reflejan problemas espirituales. En el Espíritu están las causas más frecuentes de nuestros desajustes físicos y psíquicos.

La depresión, por ejemplo, puede tener un componente genético, pero el origen del mal está en el Espíritu que, al reencarnar, imprime en la estructura física algo de su manera de ser, resultante de las experiencias del pasado, ajustando en el automatismo reencarnantorio elementos hereditarios compatibles.

Debemos, si, tratar de los efectos en el cuerpo, buscando la Medicina de la Tierra. Pero es preciso, sobre todo, tratar de las causas en el Espíritu, buscando la Medicina del Cielo. Esta se relaciona con la actividad religiosa, a partir de conceptos de orden moral que trabajan a favor de nuestra renovación. En ese particular, el Evangelio es el gran compendio medico del Alma, con prescripciones perfectas para cambiar nuestra manera de obrar, nuestro temperamento, nuestras tendencias.

¿Por hablar en eso, lector amigo, delante de problemas envolviendo animo exaltado y agresivo, desavenencias y resentimientos, pesimismo y desanimo, y todo lo que nos cause trastornos, usted ha consultado el Evangelio?

Tal vez no haya nada de eso con usted. ¡Si así fuera, felicidades! Ciertamente hubo un error de las divinidades celestes al colocarlo en este valle de lágrimas.

Richard Simonetti
Revista «Reformador»
Traducido por Jacob

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