Ya era tiempo

amaliaVerdaderamente ya era hora de que se le quitase a la creencia religiosa, la camisa de fuerza que le habían puesto las absurdas exigencias sociales, imponiendo una misma religión a todos los individuos, lo mismo al sabio que al ignorante; y el sentimiento religioso es tan espontáneo como el amor: se ha de sentir, y ha de ir uno a buscar la imagen que le inspire adoración, el credo cuyas palabras consigan llevar la convicción a nuestra mente. Es inútil que se lleve al niño al templo y se le diga: póstrate y ora; si el Espíritu de aquel niño no está predispuesto para el formalismo de las religiones, nada sentirá; y decimos esto, porque lo sabemos por experiencia.

En nuestra primera edad, nuestra madre nos llevaba a la iglesia, y permanecíamos en el templo a veces largos ratos bostezando y aburriéndonos, y cuando nos reprendían por nuestra poca compostura y nos decían: Mira que estáis en la casa de Dios, contestábamos resueltamente: Dios no está aquí, Dios está en el río, allí sí que está Dios. Y decimos esto, porque a orillas del caudaloso Guadalquivir, sentíamos una alegría inexplicable y nuestro ser experimentaba lo que entonces no podíamos definir, pero que sin embargo sacábamos lógicas consecuencias; porque como siempre nos decían, Dios es muy bueno, y se complace en la dicha de sus hijos, nosotros calculábamos que donde nada gozábamos no podía estar Dios, y en el paraje donde el júbilo era inmenso allí debía encontrarse tomando parte en nuestra felicidad. Y fueron inútiles cuantos esfuerzos hicieron para despertar nuestra devoción, únicamente la cruz adornada de flores, o sea la Cruz de Mayo era lo que conseguía atraer nuestras miradas. Por eso decimos que es un absurdo imponer esta o aquella religión, se debe educar al niño dentro de los preceptos de la moral más pura, se debe despertar su admiración a la naturaleza, y hacerla amar desde el pequeño gusano hasta la flor más hermosa, haciéndole comprender que Dios es el alma del mundo; y cuando su imaginación esté dispuesta a conocer y a distinguir, entonces se le deben entregar los libros sagrados de las religiones, y que él elija a su placer, el culto religioso, lo repetimos, debe ser tan espontáneo como el amor, y sólo cuando cesen las religiones de imponer sus ritos, será cuando éstas tendrán sólidas bases, porque aquellos que las profesan, las profesarán en verdad.

Los verdaderos espiritistas racionalistas, no queremos como dicen nuestros detractores, la muerte de las religiones, no; lo que sí queremos es la absoluta libertad de cultos, que cada cual pueda tener su creencia religiosa o filosófica sin que sea mal mirado por estos ni aquellos. Una misma religión para todos es imposible es el absurdo de los absurdos, porque como cada ser es distinto de los demás, lo que para unos es perfectamente comprensible, para otros es completamente ininteligible, lo que para estos es muy razonable, para aquellos es ilógico, y por eso las religiones no tienen bases firmes, porque sus adeptos son piedras sueltas que no están unidas por la argamasa de una misma convicción. Y nosotros queremos que lo estén, no queremos por ahora la demolición de los templos. ¿Qué harían ciertas multitudes sin el freno de esta o de aquella religión? La luz deslumbra a los que han estado muchos años viviendo entre tinieblas. Por esto el racionalismo religioso, el Dios de la ciencia, sin más templos que la Creación, sin más culto que las buenas obras que en su nombre haga a la humanidad, no sirve para ciertos espíritus, que necesitan ver altares con vírgenes y cristos, y santos y ángeles; pero así como para las pequeñas inteligencias no sirve el racionalismo religioso, tampoco sirve para los libres pensadores los milagros de los profetas, las apariciones de las vírgenes y las demandas de los cristos.

He aquí porqué queremos la verdadera libertad del culto, ya que afortunadamente pasaron los tiempo gloriosos de los autos de fe, de las excomuniones y de la confiscación de los bienes de los herejes y de los impíos. Queremos la luz para todos, y la luz es toda creencia que satisface nuestras aspiraciones y la profesamos con verdad, (dejando aparte las horribles hecatombes de las guerras y persecuciones religiosas) en la vida normal, cuando no hay violencia de ninguna especie, la creencia que mejor comprendemos es la que más luz nos da, tanto es así, que el Espiritismo, a pesar de ser manantial de vida, para los que no lo estudian racionalmente y no lo comprenden en su verdadero sentido, les produce el resultado contrario: en lugar de darles luz les hunde en la sombra.

¿No tiene el hombre para cada edad distinto alimento? ¿Se le da al niño los manjares y las sustancias alimenticias que se le da al adulto? No, bien distintas son en calidad y en cantidad. Pues háganse cargo que el Espíritu tiene sus edades como las tiene el cuerpo, con la sola diferencia que las edades del primero se componen de los siglos, y las del segundo, de años. El Espíritu niño, necesita como los pequeñuelos, juguetes y figuras con que entretenerse, por esto les hacen falta las imágenes de los santos, los magníficos trajes de los sacerdotes, las fiestas de las iglesias con sus músicas, sus cantos, sus luces, sus pláticas, sus nubes de incienso, porque todo esto forma un conjunto que agrada, que conmueve, y hasta entusiasma, porque el niño para sentir necesita ver escenas de efecto. Pero cuando el Espíritu ha llegado a la edad madura, no se impresiona con el culto externo de las religiones, busca el fondo de las cosas, no se contenta con la superficie, y su profunda mirada se fija con más anhelo en el capullo de la flor naciente, en el nido del pajarillo, en el manantial que nace entre escondidas rocas, en las capas de la Tierra que cada una de ellas le habla de un movimiento geológico: busca a Dios en la naturaleza y allí lo encuentra.

Muchos espíritus entrados en la edad madura habitan hoy en el planeta Tierra; por esto hay tantos libres pensadores, y son inútiles todos los esfuerzos de las religiones para atraerlos a sus templos y ejercer sobre ellos su antigua dominación. ¿Puede la madre detener la libre acción de su hijo, cuando este llega a los 25 años, como cuando tenía seis primaveras, que era ella la que disponía de todas sus acciones? Bien sabemos que cuando el hombre es mayor de edad, hasta la ley le autoriza para ser libre; pues del mismo modo los espíritus que hoy pueblan el globo terráquea, tienen derecho para pensar por sí mismos la mayoría de ellos, porque han entrado en su mayor edad.

Somos tan amantes de la verdad, tenemos un afán tan profundo por extirpar de raíz el cáncer de la hipocresía social, deseamos tan ardientemente que todos los ideales desplieguen su bandera, que cuando vemos un acto de emancipación, cuando vemos que una familia honrada, respetada por sus virtudes, rompe el estrecho molde de la vieja rutina, y sigue fielmente sus consejos y sus enseñanzas, de hacer el bien por el bien mismo; cuando vemos que la verdadera religión tiene leales adeptos, sentimos un placer inmenso, ¡Somos tan amantes del adelanto! ¡Tan amigos de la verdad! Rendimos tan ferviente culto a la íntima libertad de la conciencia, que cuando vemos que se manifiesta ese legítimo derecho del hombre, decimos con profunda satisfacción ¡Ya era tiempo! ¡Ya era tiempo que llegaran los días de la verdadera libertad, de esa libertad sagrada que es la esencia de la civilización!. El derecho de pensar es innato en el hombre, y el deber de los pueblos civilizados, es respetar mutuamente los ideales religiosos y filosóficos de cada uno.

Amalia Domingo Soler
Extraído del libro “La luz que nos guía”

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