Las aterciopeladas manos de Dios

madresÉl estaba en el autobús urbano. Joven, llevaba la camiseta número diez de la selección de fútbol. El amarillo se destacaba en el vehículo repleto. Llamó la atención el niño que llevaba en sus brazos por los gritos extraños que emitía, a intervalos regulares. Denotaba ser portador de deficiencia, algún problema que, como legos, no identificamos.

El niño demostraba, además, tener problemas neurológicos graves, ya que se mantenía un tanto relajado en el regazo paterno, los brazos a lo largo del cuerpo, la cabeza colgando a un lado. De vez en cuando, el cuerpo se proyectaba hacia adelante en un movimiento de caída, como si la gravedad le emitiese un llamamiento, al que él accedía sin resistencia.

El padre, sin alterarse o demostrar inquietud, volvía a acomodar a su hijo, secándole la baba con delicadeza, preocupándose por su comodidad. Ninguna señal de aburrimiento. Al contrario, infinita ternura en cada gesto. Al llegar a su destino, se levantó del asiento donde estaba sentado, tomó su preciosa carga en los brazos, le acomodó la cabeza en su hombro derecho, bajo los reclamos insistentes del niño. Y se fueron los dos, pareciendo uno solo, ambos con la camiseta amarilla. Uno erguido, caminando firme, bajo el sol de invierno riendo luces doradas. El otro, utilizándolo como apoyo a su frágil y desgarbado cuerpo. Cuánto amor en pocos gestos. Cuánta ternura en cada acción.

El niño, exteriormente, no denotaba percibir los cuidados que se le dedicaban. Sin embargo, bajo una mirada más atenta no escapaba el hecho de que las expresiones de los sentimientos amorosos lo calmaban. Es como si la ternura tejiese una red, para en ella  mecer al ser deficiente e indefenso.

Recordemos cuántos padres y madres existen en la Tierra, tejiendo cariño en la vida de los hijos dependientes. Hijos con discapacidades físicas y mentales. Padres y madres que abrazan a los hijos, de tal manera enajenados que jamás, en esta vida, les manifestarán gratitud bajo cualquier forma.

Hijos con problemas. Seres amados. Almas que se reencuentran bajo el impulso del amor y de la grandeza de las renuncias. Por la noche, cuando dejan sus cuerpos, en el desprendimiento parcial por el sueño, los padres y los hijos se encuentran en jardines espirituales, entre la abundancia de flores, perfumes y colores. Es allí donde el Espíritu del hijo los abraza y llora de emoción: Gracias, padres queridos, por ampararme, capullo de flor defectuoso en la primavera de la vida. Y los padres, entre cariños, responden: Hijo amado, cuenta con nosotros. Seremos en la Tierra, en esta vida, tus piernas, tus brazos, tu mente. El amor que nos une supera toda dificultad.

Luego, regresan a los cuerpos físicos y, cuando la mañana se despereza y el sol extiende su colcha dorada sobre el día naciente, ellos abren los ojos en la carne y reinician sus luchas.

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Benditos sean los que aman, los que abrigan otras vidas renunciando a las propias. Benditos sean, padres y madres de la Tierra, manos aterciopeladas de Dios en el planeta, sosteniendo vidas débiles.

Redacción del Momento Espírita.

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