El Juez recto

Chico_dibujoAl tribunal de Eliaquen Ben Jefté, juez respetable y sabio, compareció el negociante Jonatan Ben Cafar arrastrando a Zorobabel, un miserable mendigo.

– ¡Este hombre – clamó el comerciante, furioso – se burló de mí y me hizo una estafa de vastas proporciones! Me vendió un collar de perlas falsas, por cinco piezas de oro, aseverando que valían cinco mil. Compré las joyas, creyendo haber realizado un excelente negocio, descubriendo, al final, que el precio de ellas es inferior a dos huevos cocidos. Reclamé directamente contra el mistificador, pero este vagabundo ya me gastó mi valioso dinero. ¡Exijo para él las penas de la justicia! ¡Es ladrón despreciable y condenable!…

El magistrado, sin embargo, como cultivaba la justicia suprema, recomendó que el acusado a su vez se pronunciase:

– Gran Juez – dijo él, tímidamente – reconozco haber transgredido los reglamentos que nos rigen. Entretanto, tengo mis dos hijos tirados en la cama y en balde procuro trabajo digo, pues siempre me lo niegan, con el pretexto de mi edad y mi pobre presentación. Realmente, engañé a mi prójimo y soy criminal, pero prometo rescatar mi débito tan pronto como pueda.

El Juez meditó largamente y sentenció:

– Para Zorobabel, el mendigo, cinco bastonazos entre cuatro paredes, a fin de que aprenda a sufrir honestamente, sin asaltar la bolsa de sus semejantes, y para Jonatan, el mercader, veinte bastonazos en la plaza pública, de modo que no abuse más de los humildes.

El negociante protestó, desesperado:

– ¿Qué oigo? ¿Soy víctima de un ladrón y debo pagar por faltas que no cometí? ¡Iniquidad! ¡Iniquidad!…

El magistrado, sin embargo, batió fuerte con un martillo sobre la mesa, llamando la atención de los presentes, y esclareció, en voz alta:

– Jonatan Ben Cafar, la justicia verdadera no reside en la tierra para examinar las apariencias. Zorobabel, el vagabundo, jefe de una familia infeliz, te hurtó cinco piezas de oro, con el propósito de socorrer a los hijos desventurados, con todo, tú, a tu vez, intentaste robar a él, valiéndote del infortunio que lo persigue, apoderándote de un objeto que creíste que valía cinco mil piezas de oro al irrisorio precio de cinco. ¿Quién es más nocivo a la sociedad, delante de Dios: el mísero hambriento que roba un pan, con el fin de matar el hambre de sus hijos, o el hombre ya atendido por la bondad del Eterno, con los dones de la fortuna y de la habilidad, que absorbe para sí una panadería entera, a fin de abusar con cálculo la indigencia ajena? Quien hurta por necesidad puede ser un loco, pero quien acumula riquezas, indefinidamente, sin movilizarlas en el trabajo constructivo o en la práctica del bien, con absoluta despreocupación por las angustias de los pobres, muchas veces pasará por inteligente y sagaz, a los ojos de aquellos que, en el mundo, adormecen en el egoísmo y en la ambición desmedida, pero es malhechor delante del Todopoderoso que nos juzgará a todos, en el momento oportuno.

Y, bajo la vigilancia de guardias robustos, Zorobabel recibió cinco bastonazos en una sala, de puertas lacradas, para aprender a sufrir sin robar; y Jonatan cosechó veinte, en la vía pública, de modo de no explotar más, sin escrúpulos, la miseria, la simplicidad y la confianza del pueblo.

Espíritu Neio Lúcio
Médium Francisco Cândido Xavier
Extraído del libro “Alborada Cristiana”

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