Yo no soy la casa

amaliaHablando una tarde con una amiga del corazón, nos dijo esta lo siguiente:

-Si vieras, ¡cuántas veces en Cuenca me acuerdo de ti!

-Lo creo, pues se que me quieres y el cariño recuerda siempre.

-Que mi afecto hacia ti evoca tu imagen en mi mente eso no hay que decirlo, por sabido se calla, pero es que te recuerda precisamente en los momentos que visito a algún desgraciado o hablo con un niño, pues se que te interesan los primeros y el estudio que haces con los segundos y justamente hace algún tiempo que veo con mucha frecuencia a una niña que indudablemente guarda una gran historia.

-Sí ¿quién es? ¿Cómo se llama?

– Felisa, es una hija del misterio, puesto que una mujer muy pobre la sacó de la inclusa de Cuenca para criarla y tanto la quiso la buena nodriza que se quedó con ella con gran satisfacción de su marido, humilde y honrado carpintero que habiendo perdido su único hijo ha cifrado en Felisa todo su amor paternal. Hasta ahora no tiene mi relato nada de particular, pues son muchas las familias pobres que se quedan con niños de la inclusa después de haberlos criado, aquí lo raro, lo particular es el temple del espíritu de Felisa, que a pesar de no tener más que cuatro años, se avergüenza de que la gente sepa que es de la Casa (así llaman a la inclusa en Cuenca) y pone especial cuidado en persuadir a cuantas personas conoce de que ella es hija del carpintero. Si tú la oyeras, de seguro que te llamaría muchísimo la atención como a mí me la llamó, que vino su padre adoptivo a trabajar en casa y ella le acompañó, y supo rodear la conversación para decirme: Señora, no haga caso V de la gente, porque es tan mala… se empeña en hacerme rabiar diciendo que mis padres me sacaron de la Casa. ¡Mire V. que mentira tan grande! Porque lo que es yo… yo no soy de la Casa, yo soy hija de mi padre y de mi madre, puede V. creerlo, la gente es muy mala. Después se queda pensativa y añade: También hay muchas personas buenas que me quieren, quizá porque yo me conformo con todo, porque eso sí, soy de muy buen contentar. Cuando mi padre no trabaja, mi madre no me da más que un pedacito de pan para todo el día, pero no me importa, porque me hago cargo que cuando no me dan otra cosa es que no pueden más. Lo único que me incomoda es cuando me dicen que no soy hija de mis padres ¡Mentirosos! Créame V. señora, lo que es yo, no soy de la Casa.

Mira, se pone tan seria para decirlo, que me la comería a besos, no puedes figurarte que amiga es las personas finas, cuando viene a casa se encanta. El otro día me oyó tocar el piano y se quedó extasiada, es cariñosa y agradecida en sumo grado, con decirte que la llevaron a una feria, le compraron almendras y se guardó tres, tardó dos días en verme y no se las comió, me las entregó religiosamente diciéndome: ¡Aquí tiene V. un recuerdo de la feria! Porque yo en todas partes pienso en V. la quiero de otra manera que quiero a las demás señoras. Y yo me encanto de oír sus explicaciones, porque ella me quiere demostrar que va a muchas casas y en ninguna está tan contenta como en la mía. Y esto dicho por una niña de cuatro años, ¿qué quieres que diga? Me hace muchísima gracia por una parte, y por otra me entristece el empeño que ella tiene en ocultar su origen. En tan corta edad ya conoce el valor de un nombre, puesto que su padre adoptivo me ha contado que ella sabe perfectamente que no es hija de ellos, pues cuando hace alguna travesura la dice irritado: Como me apures mucho la paciencia te llevo a la Casa que es la tuya, y entonces Felisa enmudece y se sienta en un rincón no atreviéndose a moverse en todo el día temiendo sin duda que la amenaza se cumpla y cree que su hogar tiene muy poco de risueño, porque su madre adoptiva se ha quedado ciega y tiene un cáncer en el estomago y su padre, de los doce meses del año trabaja tres, así es que están en una miseria espantosa, pero Felisa siempre sonríe, siempre tiene un caricia para la pobre ciega a la cual le guarda cuanto le dan a ella.

Ya ves, para no tener más que cuatro años, es mucho hacer, porque la pobrecita padece hambre, pues bien, si le dan pan y fruta viene corriendo y le dice a su madre: Como tú estás malita tienes que comer cositas buenas; y la pobre enferma se ha de poner seria para conseguir que Felisa se coma la fruta; te digo que es contar y no acabar de esta niña que razona como si tuviera veinte años. Siempre que la escucho me acuerdo de ti y digo: Si Amalia la oyera, ella que tanto valor le da a lo que dicen los niños ya preguntaría a sus amigos invisibles que es lo que ha sido Felisa, que tanto se empeña en ocultar que no tiene nombre.

-Me basta con lo que tú me dices para sentir interés por esa desgraciada criatura de tan precoz inteligencia que ya sabe medir el hondo abismo donde ha nacido y quiere subir a la superficie a costa de todo. ¡Pobre espíritu! ¡Cuánto le compadezco! Para él no hay infancia en esta existencia, de la cuan ha saltado a la aridez de la edad madura. Cuando tanto reflexiona, cuando tanto le entristece no tener padres conocidos, ¡qué profundo conocimiento debe tener ese espíritu de la vida terrena! En la cual el nacimiento tanto influye, pues si bien con el oro se compran pergaminos, con todo, el esposito siempre es señalado con el dedo, ya puede llegar a ser un genio, ya puede asombrar al mundo con su talento, que al celebrarle siempre dicen con acento compasivo: ¡pobrecillo! Todo se lo debe a sí mismo, no sabe de quién es hijo, ¡es inclusero! Es mentira la excomunión de las religiones, pero es cierta la excomunión de la deshonra. Dicen la religiones que las faltas de los padres caerán sobre los hijos hasta la cuarta y quinta generación; esto no es cierto en absoluto, lo que sí es una verdad innegable, que los hijos del adulterio y los hijos naturales llevan sobre su frente el estigma de su infortunio, sin haber pecado son víctimas de la culpa de sus padres y legan a sus hijos un apellido dado por la caridad.

-Ya veo que te ha interesado el relato de la pobre niña, de la inocente Felisa que ya sufre las consecuencias de su ayer, pues indudablemente cuando no tiene padres conocidos es que merece sufrir tal humillación. Tú que estás en tan buenas relaciones con los espíritus, tú que tienes la inmensa fortuna de obtener tan sensatas comunicaciones, ¿por qué no le preguntas a uno de tus amigos sobre el pasado de Felisa? Porque te aseguro que no es una niña como las demás; en su corta edad yo veo que estudia el carácter de cada uno y se hace amable y cariñosa con todos sin llegar a molestar con sus caricias.

-No tienes que hacerme tal encargo, porque desde que comenzaste a hablar resonó en mis
oídos de una manera especial: Yo no soy de la casa, y al mismo tiempo me
parecía que voces confusas me contaban extrañas historias. Yo te prometo aprovechas la
primera ocasión que se me presente para preguntar que ha sido de Felisa.

II

Consecuentes en nuestro propósito, aprovechamos un momento oportuno y le dijimos al guía de nuestros trabajos lo que copiamos a continuación:

Tú ya sabes cual es mi actual misión en la tierra; no busco los laureles de la gloria, estos hay que cultivarlos en los albores de la juventud; no anhelo tampoco legar mi nombre a la posteridad, porque nada dejo tras de mí; sólo tengo un deseo vehementísimo, hacerles comprender a los desgraciados que ellos son los autores de su infortunio; amo a los pobres y a los oprimidos por la adversidad, porque entre ellos nací, entre ellos pasaron los días de mi infancia, las horas de mi juventud y los años de mi edad madura. Oí gemidos cuando no sabía apreciar el valor de una queja, escuché ayer cuando las ilusiones me ofrecían su cáliz perfumado, y en el presente oigo lamentos que resuenan en mi corazón y aunque no tengo familia íntima ¿quién no ama a la gran familia humana? ¿Quién no procura dejar a sus deudos una pingüe herencia? Hay un afán innato en el hombre en dejar algo tras de sí para que le recuerden, para que amen y respeten su memoria. Yo no ambiciono tanto, mi espíritu se dará por satisfecho con legar a sus compañeros de infortunio unas cuantas páginas que encierren semillas y verídicas historias de seres desgraciados que ellos mismos forjaron las cadenas de su esclavitud. Tú lo sabes esto, buen espíritu, y sin duda porque me comprendes nunca te has hecho sordo a mi ruego.

“Tu lo has dicho (nos dice un espíritu), porque te comprendo mejor que tú misma acudo siempre a tu llamamiento, porque tú nunca llamas a los espíritus para satisfacer la pueril curiosidad de este ni de aquel, porque tú interrogas la historia del pasado de los que dejaron de ser o de los que aún tienen en blanco el libro de su actual existencia con un fin altamente provechoso, porque tú no juegas con las comunicaciones de ultratumba ni las utilizas con fines rastreros; por eso siempre y en todas partes tendrás médiums que te faciliten los conocimientos y los pormenores que te sean estrictamente necesarios para que tú, en fácil y sencilla prosa o en descuidados versos, puedas escribir tus narraciones y tus historias, que formarán un día voluminoso libro que leerán con afán los desheredados de la Tierra”.

“Leo en tus pensamientos, por consiguiente no tienes que formular tu pregunta: te llamó vivamente la atención la dignidad de ese espíritu que, en cumplimiento de la más sabia de las leyes, al salir del claustro materno rodó por el torno de una inclusa. Más ¿qué menos le puede acontecer al espíritu que abandona a una pobre joven después de haberla deshonrado y durante algunos años vive y goza sin preocuparse ni por un segundo de la suerte que le puede haber cabido, ni presiente que un ángel de rubios cabellos y dulce sonrisa gime en un asilo de beneficencia mientras su padre nada en la abundancia y no sabe que desear porque posee todo cuanto inventó la vanidad humana, que todo lo superfluo le sobra y en brazos del placer muere de hastío?”

“La niña humilde que en esta existencia no tiene un apellido ilustre, es un espíritu que durante muchos siglos ha pertenecido a lo que llamáis la aristocracia, o sea la nobleza de los pergaminos, muy apreciados en la tierra. No ha sido malo, no ha sido cruel ni sanguinario, no se ha complacido con el mal ajeno, pero tampoco le ha conmovido el infortunio de sus semejantes; para él el pueblo ha sido una cantidad de ceros sin valor, su esclavitud, su miseria, su ignorancia no han despertado ni por un segundo su compasión, al hombre plebeyo lo ha confundido sencillamente con el bruto y como no le ha conocido derechos no se ha creído obligado a cumplir con él los deberes de la consideración y del respeto a su misma impotencia y debilidad. No ha sido enemigo del pueblo, porque nunca lo ha creído digno de ocupar su pensamiento, así es que le ha sido del todo indiferente su engrandecimiento o su esclavitud, teniendo una serie de encarnaciones completamente improductivas; para él las riquezas de sus mayores no le han servido más que para vivir con la magnificencia y la opulencia de un César;no ha hecho bien a nadie. Ese espíritu se trazó su círculo de acción y dentro de su órbita a vivido completamente estacionado sin hundirse en el fango de la degradación ni elevarse al heroísmo; y preciso era que comenzara a reconocer todas las situaciones de la vida.”

Insensiblemente, sin él darse cuenta, ha ido fijando sus miradas en el pueblo relacionándose con algunos individuos, impulsado por las evoluciones de la civilización, que suele manifestar su poderío por trascendentales revoluciones y en una de esas crisis sociales tuvo que huir de su palacio, incendiado por las turbas populares, yendo a pedir hospitalidad en casa de una pobre familia compuesta de dos huérfanas, la una de veinte años, la otra de ocho primaveras, y una anciana sirvienta. La joven y la niña miraron compasivamente al noble caballero, que les pidió con acento suplicante hospitalidad, siquiera por una noche, para salvarse de las iras del populacho que le perseguía por el solo delito de ser aristócrata, pues si bien nunca hizo un favor a nadie, jamás gravó al pueblo con impuestos onerosos ni acusó a los revolucionario, pero el pueblo es un león que a veces duerme centenares de años y que cuando se despierta es terrible en su furia, se apodera de su cerebro la fiebre de la destrucción y rompe, quema cuanto encuentra a su paso, por eso quemó el palacio del noble conde de San Félix y este, como he dicho, pidió refugio en una casa pobre donde una joven, una niña y una anciana le recibieron con los brazos abiertos a pesar de que corrían peligro; porque aquella época, amparar a un aristócrata era exponerse a morir violentamente, pero la juventud siempre fue generosa y la buena Noemí dejó su lecho al conde de San Félix, gozosa de salvarle de la muerte. Tres meses estuvo el conde oculto en casa de Noemí, que a pesar de vender fruta y estar todo el día ocupadísima, le cuidó y le consideró como a un hermano y él aprovechó el tiempo de su cautiverio tratando de seducir a su bienhechora, que al fin cedió a sus halagos y juramentos de amor eterno la víspera de la marcha del conde, que auxiliado por sus parientes debía embarcarse a la noche siguiente con rumbo a Inglaterra disfrazado de peregrino.

Triste y avergonzada quedó la infeliz, la crédula Noemí, mientras el conde se fue tranquilo y risueño, sin que durante el transcurso de ocho años se acordara de la buenísima Noemí, que se expuso a morir por salvarle de la muerte y perdió su reposo y su inocente alegría por satisfacer sus impuros deseos. Cuando el conde regresó a su patria y llegó a su ciudad natal, contemplando las ruinas de su palacio se acordó inmediatamente de Noemí, algo parecido al remordimiento le hizo sentir un malestar extraño y apresuradamente se dirigió al punto donde había encontrado un alma generosa que le había salvado la vida ocho años antes. La humilde casita estaba en el mismo lugar, el emparrado daba sombra a sus ventanas, las pirámides de sabrosa fruta estaban colocadas de igual manera que anteriormente, dos mujeres estaban sentadas a la puerta de la casa, pero… ninguna de ellas era Noemí. El conde se detuvo sin saber qué hacer, pero al fin se decidió y entabló con la más anciana el diálogo siguiente:

-¿No es esta la frutería de Noemí?

-Hasta hace cinco años, sí señor.

-¿Pues qué ha sido de ella?

– No lo quisiera usted saber, la pobre muchacha en mala hora tuvo compasión de un conde que le pidió albergue mientras los revolucionarios quemaban su palacio, ¡lástima que a él no le quemaran también!… más Noemí le salvó, le escondió en su casa no se cuanto tiempo, pero lo bastante para quedar deshonrada y tener un hijo precioso, más que un serafín. La pobrecilla lloró mucho, porque era la primera que en su familia daba un mal paso, pero crió a su hijo y fue una santa, porque era buenísima. Murió su hermana y a los pocos días ella, las dos de la peste.

-¿Y el niño?

-El niño está en un asilo y siempre que puedo voy a verle. ¡Pobrecito! Es tan bueno y tan hermoso como su madre.

El conde se conmovió con el sencillo y verídico relato de la anciana, la que tuvo un gran sentimiento cuando fue a ver al hijo de Noemí y le dijeron los empleados del asilo que el niño había sido reclamado por una comunidad religiosa e ignoraban su paradero. El conde de San Félix, aunque tarde, enmendó su yerro, pues hizo recoger a su hijo y como en la Tierra siempre el dinero lo ha vencido todo, le dio un apellido humilde haciéndolo abrazar la carrera eclesiástica. Nunca el niño tuvo el placer de conocer a su padre, pero al menos no vivió abandonado. El conde de San Félix jamás demostró a su hijo el estrecho lazo que los unía. Se interesó por su suerte desde muy lejos y creyó que su falta estaba borrada con darle al joven una carrera honrosa y lucrativa a la vez. Esto creyó el conde mientras estuvo en la Tierra, pero en el espacio vio mucho más claro y le hicieron comprender que había pagado con la más negra ingratitud el noble proceder de la desgraciada Noemí, cuya existencia plácida y serena envenenó haciéndola morir completamente desesperada por dejar a su hijo abandonado. Vio cuanto había sufrido el inocente niño el tiempo que estuvo en el asilo, apreció en todo su valor la triste soledad a que le condenó su orgullo, conoció que no le basta al hombre el pan del cuerpo, que necesita también el pan del alma y su espíritus por vez primera se apesadumbró, contempló su pasado y se avergonzó de su inercia y de su indiferentismo, operándose en su ser una reacción generosa; y poco acostumbrado a grandes deudas, quiso pagar con su humillación y sufrimientos las faltas cometidas en su anterior encarnación, volviendo a la Tierra con la débil envoltura de la mujer, no permitiéndose gozar ni por un segundo de las caricias maternales, queriendo y pidiendo a Dios que sólo los más pobres le amaran para conocer y apreciar esa gran familia de los humildes y oprimidos para la cual nunca tuvo en su opulencia una mirada de compasión.

Esto pidió el espíritu de la niña expósita conocida hoy en la Tierra con el nombre de Felisa. Pero como no se pierden en breves segundos los hábitos adquiridos en cien siglos, Felisa conserva sus tendencias aristocráticas y por eso repite hasta la saciedad que ella no pertenece a la inclusa. Tiene razón, es la primera vez que su cuerpo ha rodado por ese torno infamante que arroja al abismo de la caridad pública el fruto de insensatas pasiones convertido en inocente niño. Tenéis un adagio en la Tierra que dice así: Los niños y los locos dicen las verdades y es muy cierto, en esa pobre niña tenéis una prueba, ese espíritu no ha sido ni será nunca de la inclusa, podrá en cumplimiento de leyes inmutables nacer en el misterio y vivir ignorado más o menos tiempo, pero siempre encontrará quien le salve del naufragio de la humillación, porque no ha sido culpable con premeditación y conocimiento del mal que hacía, no ha hecho el bien porque no ha tenido iniciativa, pero tampoco la tuvo para hacer el mal y la falta más grave que cometió la quiso expiar enseguida. Ahí tienes, a grandes rasgos, lo que ha sido Felisa en la noche del pasado y el porqué repite con incesante afán: ¡Yo no soy de la Inclusa!

III

El espíritu nos ha dicho lo que ya nosotros en parte habíamos adivinado, que Felisa era un ser distinguido cuando tanto le abrumaba su deshonra actual. Si con atención profunda estudiáramos a cuantos seres nos rodean, adivinaríamos en algo lo que han sido ayer y levantaríamos una de las puntas del velo que cubre su porvenir y aunque sin completa certeza (porque esto es del todo imposible) siempre nos sería muy beneficioso conocer más a fondo a los seres que nos rodean, porque así los trataríamos mejor y aunque se dice que lo que fue y no es, es como si no hubiera sido, con todo, las reminiscencias que conserva el espíritu deben respetarse para no herirle en sus fibras más delicadas. Hay mendigo que se muere de hambre y si se le da un plato de comida con ademán despreciativo, lo acepta porque se muere de angustia, pero no lo agradecerá y será muy posible que maldiga la limosna. Le acusarán de desagradecido y en el fondo no lo es, es que le han herido, es que le han humillado, es que no han respetado su infortunio.

Debiéramos considerar que el hombre es un ser compuesto no sólo de espíritu y materia, lleva en sí otros componentes accesorios que son las reminiscencias de sus encarnaciones pasadas que claramente se manifiestan, pero que no se comprenden porque no se las estudia con detenimiento.
El estudio del Espiritismo sirve de poderoso auxilio para investigar el pasado y presentir el futuro; por eso nosotros, que hace muchos años nos dedicamos con algún fruto a leer y a comentar las obras más profundas de la filosofía espiritista, al oír hablar de la pobre expósita, de la inocente Felisa, sentimos vehementísimos deseos de saber algo de su pasado, que indudablemente nos daría la calve para descifrar el jeroglífico: “Yo no soy de la Casa”

Nuestros cálculos no nos han sido fallidos, algo hemos sabido y deseamos que nuestro progreso nos permita siempre obtener contestaciones satisfactorias de los moradores del espacio.

Amalia Domingo Soler
Periódico “La Luz del Porvenir”

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