Cuestiones sociales

LedenisLas cuestiones sociales preocupan vivamente a nuestra época. Nos hemos dado cuenta de que los progresos de la civilización, el crecimiento enorme de la potencia productiva y de la riqueza y el desarrollo de la instrucción no han podido extinguir el pauperismo ni curar los males de los más. Sin embargo, los sentimientos generosos y humanitarios no se han extinguido.

En el corazón de las multitudes se albergan instintivas aspiraciones hacia la justicia, como el sentimiento vago de una sociedad mejor. Se comprende, en términos generales, que se hace necesario un reparto más equitativo de los bienes de la vida. De aquí mil teorías y mil sistemas diversos que tienden a mejorar la situación de las clases pobres y a asegurar a cada uno por lo menos lo estrictamente necesario. Pero la aplicación de estos sistemas exige por parte de unos, mucha paciencia y habilidad, y por parte de los otros un espíritu de abnegación que falta con mucha frecuencia.

En lugar de esa mutua benevolencia, que aproximando a los hombres, les permitiría estudiar en común y resolver los problemas más graves, con violencia y con la amenaza en la boca es como reclama el proletario su puesto en el banquete social; y con acritud, el rico se confina en su egoísmo y se niega a abandonar a los hambrientos los menores restos de su fortuna. Así pues, se ahonda la fosa y las malas intenciones, las codicias y los odios se acumulan de día en día. El estado de guerra o de paz armada que pesa sobre el mundo mantiene estos sentimientos hostiles.

Algunos gobiernos, algunos Estados, dan enojosos ejemplos y asumen tremendas responsabilidades al desarrollar los instintos belicosos, con detrimento de las obras pacíficas y fecundas. ¿Cómo se podrán reconciliar las clases unas con otras; cómo se podrán apaciguar las malas pasiones, cuando todo nos invita a la lucha y las fuerzas vivas de las naciones son empleadas en la destrucción?

Primera Nota del Autor: Deplorando los males causados por la guerra, no caigamos por eso en un “pacifismo” debilitador. Para asegurar la integridad moral y material de Francia, reconozcamos la necesidad de un ejército que los progresos de la civilización permitirán tal vez un día emplear en obras de utilidad general. Segunda Nota del Autor: Los acontecimientos trágicos de estos tres últimos años no han hecho más que justificar suficientemente esta nota de nuestras precedentes ediciones. 1917

De los sistemas preconizados por los socialistas para llegar a una organización práctica del trabajo y a un sabio reparto de los bienes materiales, los más conocidos son los de la cooperación y la asociación obrera; los hay incluso que llegan hasta el comunismo. Hasta ahora, la aplicación parcial de estos dos sistemas sólo ha producido en nosotros insignificantes resultados. Verdad es que para vivir asociados, para participar de una obra en la cual se unen y se funden numerosos intereses, se necesitarían cualidades que son ya muy escasas. La causa del mal y el remedio no suelen estar donde se les busca. Vanamente nos esforzaríamos en crear combinaciones ingeniosas. Los sistemas suceden a los sistemas y las instituciones dejan paso a las instituciones, pero el hombre sigue siendo desgraciado, porque continúa siendo malo.

La causa del mal está en nosotros, en nuestras pasiones y en nuestros errores. Esto es lo que hace falta que cambie. Para mejorar la sociedad hay que mejorar al individuo. Para ello es necesario el conocimiento de las leyes superiores de progreso y de solidaridad y la revelación de nuestra naturaleza y de nuestros destinos, y este conocimiento sólo pueden proporcionárnoslo la filosofía de los espíritus. Se exclamará quizá ante esta idea: ¡Creer que el Espiritismo, tan desdeñado, puede influir en la vida de los pueblos y facilitar la solución de las cuestiones sociales está tan distante de las opiniones que se sustentan hoy día…! Sin embargo, por poco que reflexionemos en ello, nos veremos obligados a reconocer que las opiniones y las creencias ejercen una influencia considerable en la formación de las sociedades.

La sociedad de la Edad Media era la fiel imagen de las concepciones católicas. La sociedad moderna, bajo la inspiración del materialismo, apenas ve en el Universo más que la concurrencia vital y la lucha de los seres, lucha ardiente en la cual todos los instintos están desencadenados. Tiende a hacer del mundo actual la formidable y ciega máquina que destroza las existencias y en la cual el individuo no es más que una rueda frágil y pasajera salida de la nada para volver a entrar en seguida en ella. Con esta noción de la vida, todo sentimiento de verdadera solidaridad desaparece. ¡Cómo cambia el punto de vista en cuanto el nuevo ideal viene a esclarecer nuestro espíritu y a normalizar nuestra conducta!

Ricos o pobres, convencidos de que esta vida no es más que un eslabón aislado de la cadena de nuestras existencias, un medio de purificación y de progreso, concederemos menos importancia a los intereses del presente. En cuanto quede establecido que todo ser humano ha de renacer muchas veces en este mundo y pasar por todas las condiciones sociales siendo mucho más numerosas las existencias dolorosas y oscuras, y acarreando la riqueza mal empleada abrumadoras responsabilidades todo hombre comprenderá que al trabajar por el mejoramiento de vida de los humildes, de los pequeños y de los desheredados, trabaja para sí mismo, puesto que tendrá que volver a la Tierra, y hay diez probabilidades contra una de renacer pobre. Gracias a esta Revelación, la fraternidad y la solidaridad se imponen; los privilegios, los favores y los títulos pierden su razón de ser.

La nobleza de los actos y de los pensamientos reemplaza a la de los pergaminos. Considerada así, la cuestión social cambiaría de aspecto; las concesiones entre clases se harían fáciles, y se vería cesar todo antagonismo entre el capital y el trabajo. Al ser conocida la verdad se comprendería que los intereses de unos son los intereses de todos, y que nadie debe ser sacrificado por los demás. De aquí se deduce la justicia en el reparto, y con justicia, en lugar de rivalidades rencorosas, una mutua confianza, la estimación y el afecto recíproco y, en una palabra, la realización de la ley de fraternidad, la única que debe regir entre los hombres. Tal es el remedio que la enseñanza de los espíritus proporciona para los males de la sociedad. Si algunas partículas de la verdad, ocultas bajo dogmas oscuros, han podido suscitar en el pensamiento tantas acciones generosas, ¿qué no se podrá esperar de este concepto de la vida y del mundo, apoyado sobre los hechos?

Por él, el hombre se sentirá unido a todos los seres, y destinado, como ellos, a elevarse, mediante el progreso, hacia la perfección, bajo la acción de leyes sabias y profundas. Un ideal semejante vivificará a las almas, las llevará por la fe hasta el entusiasmo, y provocará por todas partes obras de abnegación de una sociedad nueva, sobrepasando los actos más sublimes de la antigüedad. La cuestión social no abarca solamente las relaciones de las clases entre sí; conviene también a la mujer de todas las categorías, a la mujer, esa gran sacrificada, a la que sería equitativo dar, con el ejercicio de sus derechos naturales, una situación digna de ella si se pretende ver a la familia más fuerte, más moral y más unida. La mujer es el alma del hogar; ella es la que representa los elementos de la dulzura y de paz en la humanidad.

Emancipada del yugo de la superstición, si pudiese hacer oír su voz en los consejos de los pueblos, si su parte de influencia pudiera hacerse sentir, se vería desaparecer al punto el azote de la guerra. La filosofía de los espíritus, afirmando que el cuerpo es una forma prestada y que el principio de la vida está en el alma, establece la igualdad del hombre y de la mujer desde el punto de vista de los méritos y de los derechos. Los espiritistas conceden a la mujer un puesto preferente en sus reuniones y en sus trabajos. Ocupa en ellos, incluso, una situación preponderante, pues ella es la que proporciona los mejores médiums, ya que la delicadeza de su sistema nervioso la hace más apta para desempeñar este papel.

Los espíritus afirman que, encarnándose con preferencia en el sexo femenino, el alma se eleva con más rapidez, de vida en vida, hacia la perfección. Es porque la mujer adquiere más fácilmente estas virtudes soberanas: la paciencia, la dulzura y la bondad. Si la razón parece dominar en el hombre, en la mujer el corazón es más amplio y más profundo. La situación de la mujer en la sociedad es generalmente más oscura; es a menudo esclava. Así pues, sólo es grande en la vida espiritual, pues cuanto más humillado y sacrificado es en la Tierra un ser, más mérito tiene ante la eterna justicia. Sin embargo, sería absurdo tomar como pretexto los goces futuros para perpetuar las iniquidades sociales. Nuestro deber es el de trabajar, en la medida de nuestras fuerzas, por la realización en la Tierra de los designios providenciales.

Ahora bien, la educación y el engrandecimiento de la mujer, la extinción del pauperismo, de la ignorancia y de la guerra, la fusión de las clases en la solidaridad, la buena distribución del globo, todas estas reformas hacen parte del plan divino, que no es otro sino la ley misma del progreso. Sin embargo, no perdamos de vista una cosa: la ley inexorable sólo puede asegurar al ser humano la felicidad personalmente merecida. La pobreza en los mundos como el nuestro no podría desaparecer por entero, pues es condición necesaria para el espíritu que ha de purificarse mediante el trabajo y el sufrimiento.

La pobreza es la escuela de la paciencia y de la resignación, como la riqueza es la prueba de la caridad y de la abnegación. Nuestras instituciones pueden cambiar de forma, pero no nos liberarán de los males inherentes a nuestra naturaleza atrasada. La felicidad de los hombres no depende de los cambios políticos, de las revoluciones ni de ninguna modificación exterior de la sociedad. Mientras ésta continúe corrompida, sus instituciones lo estarán igualmente, cualesquiera que sean los cambios a que den lugar los acontecimientos. El único remedio consiste en esa transformación moral cuyos medios nos proporcionan las enseñanzas superiores. Que la humanidad consagre a esta tarea un poco del ardor apasionado que pone en la política; que arranque de su corazón el principio mismo de su mal, y los grandes problemas sociales quedarán bien pronto resueltos.

Léon Denis
Extraído del libro “El Camino Recto”

Deja un comentario

*

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.