El amor

leondenisEl amor es la celestial atracción de las almas y de los mundos, la potencia divina que une a los universos, los gobierna y los fecunda. ¡El amor es la mirada de Dios! No designéis con semejante nombre la pasión ardiente que excita los deseos carnales. Eso no es más que una sombra, una grosera imitación del amor.

No; el amor es el sentimiento superior en el que se funden y se armonizan todas las cualidades del corazón; es la coronación de las virtudes humanas, de la dulzura, de la caridad, de la bondad; es el nacimiento en el alma de una fuerza que nos impulsa, por encima de la materia, hacia las alturas divinas; nos une a todos los seres, y despierta en nosotros felicidades íntimas que llegan mucho más lejos que todas las voluptuosidades terrenas.

Amar es sentirse vivir en todos y por todos: es consagrarse hasta el sacrificio, hasta la muerte, a una causa o a un ser. Si queréis saber lo que es amor, considerad las grandes figuras de la humanidad, y, sobre todo, a Cristo, para quien el amor era toda la moral y toda la religión. ¿No dijo: “Amad a vuestros enemigos, y haced el bien a aquellos que os persiguen”…?

Al emplear este lenguaje, Cristo no nos exige un afecto que no pueda caber en nuestro corazón, sino la ausencia de todo odio y de todo espíritu de venganza; una disposición sincera para ayudar, cuando llegue la ocasión, a aquellos que nos afligen. Una especie de misantropía, de laxitud moral aleja, a veces, a los buenos espíritus del resto de la humanidad. Hay que reaccionar contra esa tendencia al aislamiento, considerando todo cuanto existe de grande y de hermoso en el ser humano, acordándose de todas las muestras de afecto, de todos los actos bienhechores de que se fue objeto.

¿Qué es el hombre separado de sus semejantes, privado de la familia y de la patria? Un ser inútil y desgraciado. Sus facultades se debilitan, sus fuerzas se aminoran y la tristeza le invade. En la soledad, no se progresa. Así pues, hay que vivir con los hombres y ver en ellos a unos compañeros necesarios.

El buen humor es la salud del alma. Dejemos que nuestro corazón se abra a las impresiones sanas y fuertes. ¡Amemos para ser amados! Si nuestra simpatía debe extenderse hasta todo cuanto nos rodea seres y cosas, hasta todo lo que nos ayuda a vivir y aún hasta los miembros desconocidos de la gran familia humana, ¿qué amor profundo e inalterable no deberemos a nuestros padres? al padre cuya solicitud sustentó nuestra infancia, a quien durante mucho tiempo trabajó para allanar ante nosotros el rudo sendero de la vida, y a la madre que nos llevó en su seno y nos alimentó, que veló con angustia nuestros primeros pasos y nuestros primeros dolores. ¿Con qué tierna abnegación no deberemos rodear su vejez y reconocer su afecto y sus asiduos cuidados?

A la patria debemos igualmente nuestro corazón y nuestra sangre. Ella recoge y transmite la herencia de las numerosas generaciones que trabajaron y sufrieron para edificar una civilización cuyos frutos recibimos al nacer. Guardiana de los tesoros intelectuales acumulados por las edades, vela por su conservación y por su desarrollo, y, madre generosa, los distribuye entre todos sus hijos.

En ese patrimonio sagrado, ciencias y artes, leyes, instituciones, orden y libertad; en todo el inmenso engranaje que ha salido del pensamiento y de las manos de los hombres; en todo lo que constituye la riqueza, la grandeza y el genio de una nación, tenemos todos parte. Sin la patria, sin esa civilización que ella nos lega, no seríamos más que salvajes. ¡Por mucho que hagamos por ella, nunca le devolveremos lo que ella hizo por nosotros! Veneremos la memoria de aquellos que contribuyeron con sus vigilias, con sus esfuerzos y sus sacrificios a reunir y a aumentar esa herencia; la memoria de los héroes que defendieron la patria en las horas horribles; la de todos aquellos que, hasta en el umbral de la muerte, proclamaron la verdad, sirvieron a la justicia y nos transmitieron, enrojecidos con su sangre, las libertades y los progresos de que gozamos.

El amor, profundo como el mar e infinito como el cielo, abarca a todos los seres. Dios es su centro. Como el Sol se eleva indiferentemente sobre todas las cosas y da calor a la Naturaleza entera, el amor divino vivifica a todas las almas; sus rayos penetran a través de las tinieblas de nuestro egoísmo y van a iluminar con resplandores temblorosos el fondo de todo corazón humano.

Todos los seres han sido hechos para amar. Las parcelas de la vida moral y los gérmenes de bien que reposan en ellas, fecundados por el foco supremo, brotarán un día y florecerán hasta que queden reunidos en una comunión de amor, en una fraternidad universal. Cualquiera que sea quien lea estas páginas, sepa que nos encontraremos algún día, bien en este mundo, en existencias ulteriores, bien en una esfera más avanzada o en la inmensidad de los espacios, y que estamos destinados a influirnos en el sentido del bien, a ayudarnos en nuestra ascensión común.

Hijos de Dios, miembros de la gran familia de los espíritus, señalados en la frente con el signo de la inmortalidad, estamos destinados a conocernos y a unimos en la santa armonía de las leyes morales divinas, lejos de las pasiones y de las grandezas engañadoras de la Tierra.

Mientras esperamos ese día, que mi pensamiento vaya hacia ti, ¡oh, hermano o hermana mía!, como un testimonio de dulce simpatía; que te sustente en tus dudas, que te consuele en tus dolores, que te reanime en tus desfallecimientos; que se junte con el tuyo para pedir a nuestro Padre común que nos ayude a conquistar un porvenir mejor.

Leon Denis
Extraído del libro “El camino recto”

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