Toda una biblioteca

simonettiEmpirismo, como sabe el apreciado lector, es el principio según lo cual todo conocimiento proviene de la experiencia.

Un político norte americano que hacia un discurso para una comunidad indígena, haciendo promesas de campaña con los beneficios que prestaría a los indios si fuese elegido. Durante su habla y principalmente al final, los indios gritaban al unísono: ¡oia, oia! Satisfecho con tal receptividad, el político caminaba distraído por el campo en dirección a su automóvil, cuando, inadvertidamente, piso sobre un montículo de estiércol, o caca de buey. El asesor indígena luego advirtió: ¡Cuidado con la oia!

Pues es, lector amigo, el político literalmente aprendió por la propia experiencia que oia no era
exactamente un saludo. Eso es empirismo.

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John Locke (1632-1704), filósofo inglés, sistematizo esa idea, situando nuestra mente como una tabula rasa, un estado de vacío completo, al nacer. Sería una página en blanco, que iríamos rellenando durante la existencia. Dos etapas serian observadas:

-La sensación, adquirida por intermedio de los sentidos, puertas de contacto con la realidad
exterior.

-La reflexión, que sistematiza el resultado de las sensaciones.

No habría, por eso, tendencias o ideas innatas. Seria todo fruto de la experiencia y de las presiones del ambiente. Curiosamente, el propio Locke era evidente negación de su teoría. Hombre brillante, se destaco como profesor, medico, ensayista, científico, filosofo, religioso, político… Fue consejero de un lord inglés, tutor de sus hijos y medico de toda la familia. Antes que recibiese el diploma de médico, gracias a sus conocimientos teóricos, se dispuso a efectuar el parto de una de las hijas de su patrón y, en seguida opero al abuelo de la joven, extrayendo un tumor de su pecho, en delicada cirugía.

Raro ejemplar de político honesto, ayudo a redactar una constitución para colonias inglesas, destacando un programa de tolerancia política, social y religiosa. Colaboro en el desarrollo de las industrias de Inglaterra y fue pionero en el principio de participación de los operarios en las ganancias de las empresas. Batallo, en el campo de los ideales, a favor de la imprenta libre considerándola fundamental para evitarse regímenes dictatoriales y monarcas déspotas.

Incansable en la defensa de la libertad de conciencia, admitía que todas las religiones tienen puntos básicos en común y que no es razonable haber hostilidad entre los religiosos. Y era un hombre de fe. El hecho de Locke creer en Dios es algo inusitado, por cuanto el empirismo es incompatible con la experiencia religiosa. No podemos tener un contacto con el Creador a partir de los sentidos físicos. Tan amplios eran sus conocimientos, tan brillante su erudición, tan grande su competencia, en variados sectores de actividades, que no hay como contener todo eso en los estrechos límites de una única existencia.

Locke fue un Espíritu milenario en tránsito por la carne, trayendo gran experiencias de vidas anteriores. Y aunque adepto del empirismo en el enfoque del mundo, privilegiaba, como todo Espíritu superior, la sensibilidad, el sentimiento elevado, en el trato con los problemas humanos y al semejante. Por eso, decía alegre: El hombre que vive de acuerdo con la razón tiene el corazón de una máquina de coser.

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En los últimos tiempos, ya presto a desencarnar, Locke llamo a los amigos y les dijo que se podían alegrar por él. Finalmente iría a encontrar el camino para la verdad infalible, mas allá de todas las dudas humanas. Como filósofo y como religioso, que admitía la existencia y supervivencia del alma humana, le falto el conocimiento fundamental, la reencarnación. Sabría, entonces, que al nacer no trajo una página en blanco, como suponía, pero toda la biblioteca contenida en sus registros espirituales, que hicieron de él una de las más destacadas personalidades del siglo XVII.

Efectivamente, con la reencarnación comprendemos porque cada individuo revela, a lo largo de su vida, tendencias y vocaciones variadas, no compatibles con las influencias del presente. Son frutos de experiencias pasadas, y cuanto más viejo, mas ha vivido el Espíritu, mayor el acervo de volúmenes que componen su biblioteca existencial, favoreciéndole el discernimiento y la actuación en el medio en que se sitúa.

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Cuando leemos el prefacio de un libro, estamos presentando al autor y, sobretodo, ofreciendo al lector informaciones como el contenido. En la producción de los ejemplares reencarnatórios, en la formación de nuestra biblioteca para la eternidad, el prefacio funciona un poco diferente. Es hecho antes de ser escrito el libro.

Prólogos especiales: Los padres.

Ellos trazaran, por la educación, las directrices, básicas, ofreciendo condiciones para que el autor escriba algo de productivo, que enriquezca su colección de experiencias reencarnatórias, sin perder tiempo con amenidades o comprometerse con libertinajes. Oportuno destacar, a ese propósito, la cuestión 383, del Libro de los Espíritus:

¿Qué utilidad tiene, para el Espíritu, el hecho de pasar por el estado de infancia?
Respuesta: Puesto que el Espíritu encarna con el objeto de perfeccionarse, durante ese período es más accesible a las impresiones que recibe y que pueden cooperar a su adelanto, al cual deben contribuir aquellas personas que están a cargo de su educación. En la infancia, el Espíritu es extremamente sensible a las influencias que recibe de los adultos, particularmente de los padres. Pueden ayudarlo a superar sus limitaciones, a vencer las malas tendencias, a desarrollar la virtud y el discernimiento. En la adolescencia, cuando el Espíritu despierta para la vida presente, y asume la situación de sí mismo, todo va a depender de él, de su iniciativa.

El propio Locke, con su notable facilidad en hacer amigos y convivir con las personas, dotado de espíritu de tolerancia y respeto por las convicciones ajenas, ciertamente traía esas virtudes del pasado, pero tuvo el refuerzo de un hogar bien ajustado, orientado por principios religiosos. En su época la violencia contra los pequeños, en las escuelas y en el hogar, era algo natural. Se educaba a base de golpes. Según sus biografías, la familia Locke era una excepción. Había respeto y paciencia con los niños, que eran estimulados a la cooperación y a la solidaridad.

Cuando el filósofo alcanzo la mayoría de edad, el padre le dijo:

-Hijo mío, debo pedirte disculpas.
-¿Por qué, padre?
-Hace varios años, en un momento de descuido, perdí la calma y te pegue.

Un padre bien digno del hijo que tenía. Valeroso prologo de un libro que nos honraría escribir.

Richard Simonetti

Extraído del libro “Livro Rindo e Refletindo com a História”
Traducido por Jacob

 

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