Sócrates y Platón precursores del Espiritismo

socratesEl paradigma del espíritu, concepción que caracteriza al espiritismo o doctrina espírita, se encuentra enraizado en la tradición de la historia de la filosofía expresada a partir de Sócrates y Platón. La gran revolución que promueve el espiritismo en nuestro mundo, aún en estado de gestación, es el establecimiento integral de este arquetipo; de la era del espíritu de manera completa, en el mundo ya considerado de regeneración.

La piedra angular de la filosofía de Sócrates y que constituiría el eje de su propia vida, surgió a partir del hallazgo, en el frontispicio del templo de Apolo, en Delfos, de la máxima «Gnothi Seauton» (conócete a ti mismo). Se trata, pues, de la fase pre-paradigmática de la concepción de espíritu que se constituía tanto máximo objeto de conocimiento humano, cuanto inexorable sujeto de ese conocimiento. La clave que nos permite el nexo con este modelo la otorga el propio Kardec cuando afirma que «Si Sócrates y Platón presintieron la idea cristiana, se encuentran igualmente en su doctrina los principios fundamentales del espiritismo» (Introducción, ítem IV, en El Evangelio según el Espiritismo). Son ellos, por lo tanto, los que lanzan los primeros fundamentos del paradigma de espíritu y en los que encontramos igualmente, de forma nuclear, la figura excelsa de Cristo antecediendo las bases de su enseñanza universal.

Con esta obra del Pentateuco espiritista, la tercera obra fundamental de la Codificación, Allan Kardec realiza una revisión del Cristianismo en la que se pretende desligar los aparejos dogmáticos y jerárquicos que se les adosaran en su devenir histórico de lo que considerara la esencia de su propuesta originaria, que no sería otra que la construcción de lo que el filósofo alemán Werner Jäger denominara paideia.

La matriz, por tanto, del pensamiento universal en el devenir histórico del desenvolvimiento del ser, se encuentra fundamentada en el proceso educativo que el propio Sócrates activara miméticamente en las membranas de sus contemporáneos que, a partir de su participación, marcaría un nuevo rumbo sintetizando, incluso, las ideas de Oriente y Occidente. Deja de haber, desde aquel momento, una construcción teorética del mundo para tornarse una vivencia existencial de las ideas constructoras de los valores de trascendencia humana.

Al igual que Cristo, Sócrates no escribió nada de sus propuestas educativas. Éstas fueron transmitidas por su discípulo Platón, que asumió incomparablemente supensamiento. Sin embargo, no fue por dicha cesión que pervivieran sus ideas, sino porque aquellas quedaron impregnadas en la psicosfera por la coherencia entre pensar y hacer que ejemplificara su vida; por las vibraciones esparcidas de aquellas enseñanzas que más tarde recogería, cual semillas latentes en la mente de los seres, las manos amorosas de Cristo.

Son las actitudes concretas de Sócrates, los gestos familiares de su vida intelectual y moral los que se eternizaron en el tiempo, adosados al sistema de pensamiento expresado en la doctrina de Platón. Lo vemos en uno de sus diálogos de juventud, el Alcibíades, donde Sócrates celebra la independencia y soberanía del alma en relación al cuerpo, proclamando la identidad espiritual del ser. La teoría de la metempsicosis en el Fedón viene apoyada en dicho principio. Observamos la misma lógica en el espiritismo, en la cuestión 196 de El Libro de los Espíritus: «Tu espíritu lo es todo; el cuerpo es una vestidura que se pudre: todo se reduce a esto».

De la identidad entre ser y espíritu se sigue la reencarnación, pudiendo el espíritu animar varios cuerpos, en sucesivas existencias, sin perder su identidad. La diferencia entre la metempsicosis de Platón y la reencarnación espírita, en palabras del propio Kardec, no sería tal si por metempsicosis se entendiera la progresión de las almas de un estado inferior a otro superior, consumando el desarrollo que transformaría su naturaleza. Es la elaboración del término palingenesia, que más tarde –utilizado de forma magistral por H. Mariotti– vendría a indicar el sentido de progresión del hombre, en su propia especie, sobre la marcha ascendente de la naturaleza.

La busca, igualmente, de un concepto de verdad inmanente al alma humana, extraído sabiamente de forma mayéutica del mundo de las ideas, donde el alma preexistente conocía tales conceptos, también es una confluencia doctrinaria plausible con el espiritismo. Podemos decir, por tanto, que la propuesta socrático-platónica inaugura una didáctica del espíritu enraizada en la idea de un sujeto autónomo, racional y afectivo, cuyo objetivo es el despertar del alma apoyada en la teoría de la anamnesis, donde conocer es recordar; el alma tiene la capacidad de recordar el conocimiento que olvidó, al animar un nuevo cuerpo (Véase Menón y Fedón). En este proceso educativo del alma destacan dos factores principales: la razón y el amor.

El diálogo racional procura hacerse valer por la lógica del sentido común que busca la verdad inmanente a su conciencia. Y este raciocinio se expresa en el amor, vehículo de ascensión sublime del alma. La idea de un hombre movido por el sentimiento y la razón la presenta Platón en la bella imagen del Carro alado, en el Fedro. El alma platónica, tanto como la espírita, es un alma migrante que anima varios cuerpos, en ciclos reencarnatorios, hasta poder escapar de la materia, para entrar en contacto directo con lo inteligible; para integrarse con La ley divina.

La emancipación que Sócrates había proclamado para la razón humana, en tanto encarnada, se proyecta hacia la trascendencia. Considera que antes, incluso, de volver a un nuevo cuerpo, el alma es dueña de su propio destino: «Almas efímeras, reiniciar nueva carrera y renacer en la condición mortal (…) La responsabilidad de la elección cabe a quien la hace. La divinidad no es responsable» (La República, 617). Vemos cómo no existe arbitrariedad o capricho de los dioses en el devenir de la vida humana, sino el mero resultado de las elecciones hechas por el alma.

En este año nos complace conmemorar el 150 aniversario de esta obra magnífica que constituye, en palabras de los propios autores espirituales, la bóveda del edificio del saber que viene a iluminar y liberar las conciencias por la comprensión de la verdad que nos ofrece, como pensamiento vivo. Esta obra que reinterpreta los orígenes del paradigma del espíritu, como fuente viva de eternidad, nos posibilita que asumamos con coraje el proyecto educativo de la humanidad que el Cristo nos confía para hacer brotar las potencialidades del ser humano, de todos nosotros, encarnados y desencarnados pertenecientes al planeta Tierra, y que lo conducirán a la felicidad tanto individual como colectivamente.

El Evangelio según el Espiritismo es la brújula religiosa, en sentido originario del término, de la doctrina espírita, por mucho que duela. Está dedicado a la explicación de las enseñanzas de la moral de Cristo, nuestro Señor, que viene a consolidar su conocimiento trascendente, aquel que anticipara Sócrates. Todos los capítulos presentan instrucciones de los Espíritus superiores, con lo cual su estudio se hace imprescindible a todo aquel que se preocupe de la formación moral, independientemente de la creencia religiosa. Es fuente inagotable de sugerencias para la construcción del mundo de regeneración, que mencionábamos estamos horadando, un mundo de paz y fraternidad.

A pesar de la dicotomía entre espíritu y materia en el contexto natural de la época socrática, el tiempo y el progreso han traído nuevos entendimientos para la ampliación de las investigaciones sobre el origen del universo, de la vida en sus infinitas dimensiones y de las relaciones que encadenan todo lo que existe. Estamos, por tanto, frente a nuevas y múltiples posibilidades para la comprensión de la realidad. Obviamente, la época y el conocimiento propuesto por Sócrates no permitían aún la amplitud del saber que el siglo de Kardec propició. Sin embargo, la exhortación, en su tiempo, al «conócete a ti mismo» fue motivo de revolución, así como lo fuera de su muerte, a ejemplo de Jesús algunos siglos después. Pero como toda verdad desafió las diferentes épocas de la humanidad, alcanzándonos rediviva hoy por el espiritismo– el Consolador prometido por Jesús, (Juan 14: 15ss)– como impostergable proposición de luz en la construcción del Espíritu inmortal.

Para Sócrates la vida no es un simple proceso teórico de pensamiento, sino una invitación al pensar y una forma de reeducación del pensar. El espiritismo, asimismo, nos ofrece una forma de pensar y de reeducar nuestro pensar sobre el mundo interno y externo, y sobre todo nos impulsa a pensar como espíritu. El hombre puede alcanzar este punto de sublimación por el dominio completo de sí mismo, conforme a las leyes que identifica al sondear su conciencia, como hiciera Sócrates, y que fueran mejor explicitadas, posteriormente, por el Espíritu de Verdad. Esa verdad se confirma en la respuesta de los Instructores a la cuestión 621 de El Libro de los Espíritus formulada por Kardec según la cual, la ley de Dios está escrita en la conciencia. Es así como el auto descubrimiento se torna un proceso intransferible e inaplazable de encuentro de Dios en nuestro ser: el Padre y yo somos uno. De manera sintética: la virtud y la felicidad, en Sócrates, se transfieren al interior del hombre. Del mismo modo, la Enseñanza universal de los Espíritus será el camino de la verdad y la vida, si la trasladáramos hacia nuestro interior por la vivencia de Su Evangelio.

Miguel Vera Gallego

Revista FEE

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