Una vida sencilla y de sacrificio engrandece las almas

ErraticidadHermanos míos: Sé que cuanto os puedo decir no es del agrado de todos, como yo desearía. Pero como no soy un espíritu elevado, no podéis esperar de mí grandes enseñanzas. Mas os puedo informar de lo que yo personalmente he conocido al llegar a esta vida: nada engrandece tanto a un alma como llevar una vida sencilla y de sacrificio.

¡Que si se hace el bien a otros hermanos, no importa en el grado ni la importancia en que se haga! A veces parece tan nimio, que hasta se olvida. Pero llega el día; día venturoso para todo aquel que ha practicado el bien, que exclama admirado: «¡Qué grande es Dios! ¡Qué inmensa Su bondad y qué grande. ¡Su amor! ¡Pero si yo sólo di un pequeño consuelo a este hermano, y hoy viene a llenar mi alma de íntima satisfacción! ¿Cuántos no serían si yo hubiese aprovechado todos los instantes que permanecí en la tierra, obrando y practicando la verdad de cuanto Jesús nos legó cuando estuvo entre nosotros en la Tierra?

Vosotros tenéis pruebas concluyentes de ello: la de esos espíritus agradecidos que sacasteis de la turbación y os están tan agradecidos que constantemente os siguen, os ayudan y os preservan de desvíos y caídas. Después saldrán a vuestro encuentro el día que abráis los ojos a este mundo de luz. Por ello os aconsejo, hermanos de mi alma, que esparzáis la luz de la Verdad entre los pobrecitos ciegos de la tierra y habréis laborado por vuestro propio progreso.

Llorar con los que lloran y habréis enjugado vuestras lágrimas. Repartir parte de vuestras subsistencias, si os sobran, entre los que padecen frío y hambre y veréis, si tenéis amor y fe al hacerlo, que la dicha por haber obrado bien os conforta y llena de un bienestar inigualable. Pero si engolfados en los atractivos materiales de vuestra vida, no queréis hacer ningún sacrificio, entonces, cuando llegue esa hora de rendir cuentas, os dirán: «Volver otra vez a la vida de la carne y cumplir con las decisiones que tomasteis aquí antes de encarnar, porque la vida que habéis tenido ha sido nula.»

Comprender, hermanos míos, cuál no será el remordimiento de quienes se ven impelidos a soportar nuevas y quizás más duras pruebas. Comportaos vosotros como lo hacían aquellos primitivos cristianos y no olvidar que os halláis en una escuela, donde hay que aprender a poner en práctica todas las potencias de vuestras almas.

Perdonar, hermanos, si mi lenguaje ha sido duro, pero me expreso así, como lo haría un amoroso padre que amonesta a sus queridos hijos, porque los quiere y desea lo mejor para ellos. Recibir con todo cariño mi ósculo de amor y paz. Un hermano que os quiere y admira.

Jaén, 31 de enero de 1943
Extraído del libro «Desde La Otra Vida»

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